Un cuento de músicos

EL SUEÑO DE LOS MAESTROS

 

Crescencio Salcedo se ha vuelto invisible. La gente que camina hacia las oficinas, los escolares y los que salen de compras ya se han acostumbrado a su presencia. Nadie nota sus ojos blanquecinos, su cabello gris y su rostro de hambre. Crescencio, después de mucho viajar y componer, ha terminado por vender flautas en la Avenida La Playa. Su cuerpo está forrado en una piel oscura y cuarteada. Sus bastos dedos labran la guadua con una navaja mocha, desmenuzando las fibras y dando paso al aire. Los secos labios de Crescencio soplan el polvillo de la caña hacia los autos de la avenida. De vez en cuando, para atraer compradores y espantar tristezas, toca alguna de sus flautas. De la guadua surge la melodía de un porro, la música festiva de un hombre sin dientes.

Sin tamboras, el porro de Crescencio está solo en la avenida. La melodía  monta el viento y quiere dejarse llevar, pero se pierde en el bataqueo de los motores, el redoble de los escapes y la crepitación metálica bajo las tapas. Nadie baila, nadie se detiene a conversar: cada paso y cada palabra tienen su destino.

Cresencio suspira. Tenis, mocasines y botines pasan junto a sus alpargatas. En esta ciudad no hay olor a sal, no hay atardeceres carmesí. Las gaitas y las cumbias se mueren en la guadua.  Crescencio observa el cielo que se alcanza a ver entre los edificios, y por hacerlo no nota la mano menuda que toma una de sus flautas y los ojos negros que cuentan los hoyitos con codicia del ritmo. Los ojos negros miran a Crescencio y esperan. Al rato, el viejo gira su cabeza y mide al adolescente escuálido.

- ¿Cuánto vale? – pregunta el muchacho.

Cresencio cuenta los rotos en los pantalones del joven y dice, como hablando consigo:

- Veinte centavos.

El muchachito sonríe con dientes destemplados, pero duda un momento y vuelve a preguntar seriamente:

- ¿Cuánto vale?

- Veinte centavos, diez si escoges una más pequeña.

El adolescente, otro mestizo como Crescencio, mete la mano al bolsillo y saca la moneda. El viejo la recibe y está a punto de sonreír. El clientecito no sabe dónde guardar la flauta. Crescencio toma la caña y la envuelve en un periódico.

- ¿Sabes tocarla? – le pregunta al entregarla.

- Sólo un poquito, me va mejor con las claves y la caja.

El sabanero lo mira con detenimiento. Observa el color de la piel, los rasgos, el tamaño de los ojos. El cuerpo en el que hay más de africano que de zenú.

- ¿Dónde naciste, chico? – pregunta.

Él demora un poco en responder:

- Aquí, en Medellín.

El viejo parece desilusionado, así que el muchacho añade:

- Pero mi bisabuelo era cubano, llegó con Cisneros.

Cresencio asiente:

- Ya lo decía yo.

Se despiden. Crescencio queda en la acera, mientras su cliente se marcha zigzagueando entre la gente. Anda con la energía de una descarga, con el paso elástico de quien ha crecido entre el tráfico de la ciudad. Camina avenida abajo, hacia el Parque Berrío, y aprieta con firmeza el paquetito que hace su flauta. Se mueve con el ritmo de los autos y de las mil voces que hablan a su lado. Los buses cruzan la calle con la persistencia de un pregón, mientras recuerda el porro que el viejo interpretaba en la acera: la melodía la conoce, la tocan en su barrio todos los diciembres y él mismo también la ha tocado con su tío. La imagen de su tío le recuerda que va a llegar tarde, así que se apura para tomar uno de los buses que recorren el centro y trepan las montañas. Apretado entre la gente, en el calor de la tarde, Fruko se dice: “Sí, esa canción la conozco, es: Yo no olvido el año viejo“.

 

 

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