Cine de Nueva Zelandia

Cine de Nueva Zelandia

IMÁGENES DE AOTEAROA[1], EL CINE DE NUEVA ZELANDIA

¿Algún colombiano ha imaginado una película nacional recibiendo tres premios Oscar? Probablemente no. Nadie cree posible ver a un director colombiano recibiendo el premio al mejor guión, y a un par de colombianos recibiendo reconocimientos a las mejores actuaciones. Esa sería una sorpresa descomunal, casi comparable a la que proporcionó el Nobel de Gabriel García Márquez en 1982. Una sorpresa igual a la que sacudió a los neozelandeses en 1994 gracias a la pelóicula El piano, de Jane Champion. Aunque una parte del equipo era australiana y francesa la empresa productora (CIBY 2000), durante varias semanas el orgullo de ser neozelandés se proclamó de isla en isla porque, aunque los premios Oscar no sean la tabla más justa  para medir la calidad de un arte o el valor de un pueblo, aquello fue motivo de fiesta nacional.

Una comparación entre Nueva Zelandia y Colombia no es ociosa: también los neozelandeses han sentido durante casi toda su historia que el centro del mundo está más allá del horizonte, también ellos son víctimas del cultural cringe, ese complejo de inferioridad cultural para el cual en Colombia aún no se inventa un nombre. Los neozelandeses también comparten con los colombianos una situación de relativa diversidad cultural, con una minoría maoír y una mayoría “blanca” que ha sido dueña de los centros de producción y de la construcción de una identidad nacional. Si Colombia no parece tener mucho cine y carece, de hecho, de una industria cinematográfica, también es cierto que Nueva Zelandia tiene una tradición cinematográfica aún más escasa que la colombiana, a pesar de lo cual, este conjunto de pueblos e islas acaba de volver a atraer la atención de los espectadores con otro intenso filme: Somos guerreros (Once Were Warriors, 1994), de Lee Tamahori[2].

Algunos espectadores se preguntarán de dónde ha salido este cine neozelandés que de pronto empieza a ocupar las salas del mundo. Los organizadores de algunos festivales también se lo preguntan y por ello, en noviembre de 1997, la cuadragésima segunda Semana Internacional de Cine de Valladolid invitó a una delegación de actores, directores y productores neozelandeses y presentó una muestra del cine de Aoteranoa, que permitió a los miles de espectadores y a los cinéfilos profesionales conocer y comprender el camino que empieza a llevar a esta cinematografía al reconocimiento mundial.

 

PRIMERAS IMÁGENES

La historia del cine en Nueva Zelandia, como en Colombia, se inicia a fines del siglo XIX con espectáculos ambulantes y primitivos documentales que filmaban y exportaban sólo por su contenido exótico. Las primeras películas que se vieron en Nueva Zelandia se presentaron hacia 1896, y las primeras filmaciones fueron realizadas en 1898 por un director de ferias que incluía estos primeros cortos entre sus espectáculos.

Como en el caso del cine canadiense y el de tantas otras naciones, las primeras películas neozelandesas eran documentos de hechos históricos o postales con movimiento que permitían apreciar todo lo que de bello y singular tenía el paisaje. Como parte relevante de este “paisaje” estaban los maoríes y sus costumbres y las agroindustrias nacionales: el ganado, las lecherías y las fábricas de mantequilla, que resultaban tan llamativas como los trapiches colombianos. En este comienzo y hasta los años veinte, la poca gente que se dedicó a la producción cinematográfica lo hizo para noticieros de distribuciòn local con sólo un par de cortometrajes de ficción.

El cine de Nueva Zelandia de los años veinte y treinta estuvo encabezado por Rudall Hayward, quien realizó en ese período seis películas argumentales y multitud de cortos cómicos, de noticias o industriales. Entre sus cintas se cuentan: My Lady of the Cave (1922), Rewi´s Last Stand (1925), que tuvo un remake sonorizado y realizado por el mismo director en 1940, The Te Kooti Trail (1927), The Bush Cinderella (1928), On the Friendly Road (1936) y la cinta que realizó antes de morir: To Love a Maori (1972). Como refieren los autores del libro, “Aotearoa. El cine de Nueva Zelandia”, a pesar del compromiso de Hayward con el cine de su país, su historia no difiere mucho de la de otros pioneros del cine en el mundo: sus películas sólo le reportaron descalabros económicos.

Antes de Rudall Hayward, la presecia de Nueva Zelandia en el nitrato era ante todo un decorado: Hinemoa, How Chief Te Poga Won His Brinde y Loved by a Maori Chieftess, de Gaston Méliès (1912), A Maori Maid´s Love (1915) y algunas secuencias de The Mutiny of the Bounty (1916), realizadas por el australiano Raymond Longford, The Betrayed (1912) y The Adventures of Algy (1925), producidas por Beaumont Smith, otro australiano.  Un poco después, contemporáneas de Hayward, aunque tan ajenas y desconocedoras del contexto neozelandés como las mencionadas, se realizaron algunas producciones para la inglesa Sphere Films y la Universal de Hollywood.

A pesar de algunas diferencias, la situación de los años veinte y treinta no fue mucho mejor que la de las décadas anteriores: la producción neozelandesa estable estaba reducida a los cortos publicitarios y a los noticieros. Otro productor importante de esta época fue Edwin Coubray, quien con su empresa, la New Zealand Radio Films, fue responsable de gran parte de este material y estableció una producción constante de noticieros que continuó con la llegada del cine sonoro (las Coubray-Tone News) y fue escuela de los pocos cineastas que en aquel tiempo se desarrollaron en Aoteranoa.

Paralelamente a la producción privada y desde 1907, el Departamento de Turismo de Nueva Zelandia realizó ininterrumpidamente documentales publicitarios que, si bien resultaban rutinarios y superficiales, dejaron un registro y fueron empleo y escuela de muchos técnicos neozelandeses. Con la llegada de la Segunda Guerra Mundial, la producción estatal se concentró en la National Film Unit que se dedicó a la realización de las cintas patrióticas y publicitarias que resultan típicas en los tiempos de guerra: noticieros, imágenes contra el despilfarro y la defensa de un estilo de vida. Tras la guerra, esta productora continuó su labor abordando temas nacionales de manera monográfica con épocas de interrupción debidas a los cambios de gobierno y una serie de filmes que, siempre sirviendo a las corrientes políticas dominantes, continúa hasta la fecha.

En 1940, el fundador de la escuela documentalista inglesa, Jhon Grierson, fue invitado por el gobierno neozelandés para realizar un informe sobre la producción cinematográfica estatal. En su informe, Grierson da cuenta de una situación que ha sido la de muchas cinematografías nacientes:

“Se pueden hacer muchas bellísimas filmaciones de los paisajes, pero eso no basta para presentarse al mundo como algo más que una simple instalación turística en la que se fabrica mantequilla (…) Creo que si se quiere mostrar al mundo la importancia de Nueva Zelandia, hay que mostrar las cosas que la hacen importante (…) No se avergüencen  de describir los problemas y lo que hacen para solucionarlos. Por encima de todo, tienen que mandar películas que hablen de la gente de manera que se pueda ver su rostro y recordar que Nueva Zelandia no es un conjunto de manchas en el extremo del mapa, sino un auténtico país, con un resplandor en la mirada y un auténtico latido de vida en el corazón.”

Un eco de estas palabras puede percibirse en las películas contemporáneas neozelandesas en las cuales, según decía un representante de la New Zealand Film Commission, “se han ido poblando esos paisajes vacíos”. En la época de Grierson, en cambio, si sus recomendaciones se aplicaron, no fue en la productora estatal que lo contrató sino en la muy escasa producción independiente. Como ejemplo de ello está una cinta distribuida en 1952 y realizada por Pacific Films: Broken Barrier, la primera que abordaba el tema de manera crítica y compleja las relaciones interraciales en Nueva Zelandia, a partir de una historia de amor entre una maorí y un blanco. Por increíble que pueda parecerle a algunos, Broken Barrier fue uno de los tres únicos largometrajes producidos entre 1940 y 1970 en Nueva Zelandia, todos producidos por Pacific Films de Roger Mirams, Alun Falconer y Jhon O´Shea.

 

LA NEW ZEALAND FILM COMMISSION (NZFC): UN FOCINE QUE SÍ FUNCIONÓ

Durante décadas, el cine neozelandes no parecía tener futuro y, aunque no esta cinematografía no haya alcanzado una situación ideal, es cierto que su historia cambió completamente tras la creación de una institución estatal para el fomento de la producción cinematográfica. A solo veinte años de su creación, la New Zealand Film Commission ha contribuido a la financiación de unas sesenta y siete películas y se ha dado a la tarea de recopilar el material fílmico del país. En la Seminci de Valladolid, los representantes de esta comisión narraron una anécdota que resulta ilustrativa: cuando Broken Barrier (1951), de Roger Mirams y Jhon O´Shea, había concluido el circuito de exhibición local, sus realizadores recibieron una oferta de Alemania para su distribución y entonces fue necesario confesar que los negativos se habían extraviado. La información resultó chocante para el alemán, quien dijo: “En ese filme está su vida como nación, ¿cómo pueden haber perdido el negativo?” A lo cual alguno de los cinematografistas respondió: “Si la gente no te toma en serio tu terminas por no tomarte a ti mismo en serio”.

El cambio ha sido drástico. Los cineastas neozelandeses han aprendido a tomarse en serio. Aunque el papel fundamental de la Comisión se relacione con el dinero, sus logros tienen efectos mayores. Durante la Seminci, en una conversación con los miembros de la NZFC surgió una pregunta:

- Los que hemos crecido en los países iberoamericanos tenemos la tendencia a pensar que el centro del mundo queda en otro lugar, ¿algo así sucede en Nueva Zelandia?

- Es verdad, siempre nos ha sucedido lo mismo –contestó uno de ellos-, pero en los últimos veinte años esa percepción ha cambiado: también en Nueva Zelandia sabemos que tenemos nuestro propio centro. Cuando eramos niños pensabamos que el centro del mundo estaba en Manhattan, con la línea de los rascacielos al fondo, en un apartamento ocupado por Doris Day, pero esta generación piensa diferente gracias al cine.

Un cambio cultural que ha requerido mucho trabajo. Cuando se estrenó Sleeping Dogs (1977), de Roger Donaldson, algunos sabían que el dinero de la producción se había conseguido con dificultad, y todo el país supo que a pesar del masivo éxito entre el público, la cinta no reportó beneficios económicos suficientes, de manera que el director no pudo seguir haciendo películas. Esta situación terminó por convencer a los políticos de la necesidad de contar con un fondo para incentivar la producción cinematográfica en Nueva Zelandia, lo que dio lugar a la creación de la Interim Film Commission y, finalmente, a la fundación de la New Zealand Film Commission en 1978. El nombre “Film Commission” se suele asociar con organizaciones que ofrecen el propio país o ciudad como una locación para el rodaje de filmes. En el caso neozelandés, la NZFC es una institución estatal que por delegación del Parlamento neozelandés “Fomenta, participa y apoya la producción, promoción, distribución y exhibición de películas hechas en Nueva Zelandia, por neozelandeses sobre temas neozelandeses”. Es evidente que la NZFC no fomenta cualquier tipo de cine o la creación de una industria solo por sus resultados económicos.

La NZFC tiene un presupuesto anual de unos ocho millones y medio de dólares, de los cuales solo un pequeño porcentaje son aportes directos del gobierno; la mayor parte del dinero procede de la lotería y de las ganancias devengadas por las películas financiadas. El dinero no es mucho, si se compara con lo que cuesta una producción promedio en Hollywood, pero alcanza para apoyar entre tres y cuatro películas anuales, siempre con un porcentaje destinado al mercadeo de la cinta. Según declaraban los representantes de la Comisión, lo que resulta particulamente difícil es el sostenimiento de esta iniciativa tras cada cambio de administración:

“El gobierno siempre ha sido tacaño en el apoyo a las artes, pero desde mediados de los años ochenta el desarrollo de la ideología económica de derecha no ha sido particularmente amistoso con las artes… ni con la educación o la salud, ni con cualquier otra política de carácter social. Es cierto que era necesario reestructurar la economía neozelandesa, cosa que se ha logrado, pero ahora estamos ante el problema de describir las artes y entre ellas el cine, en términos que la administración pueda valorar. El gobierno se interesa por el éxito comercial del cine y ese es un verdadero problema, porque si se tuviera éxito, que de hecho no se tiene, entonces no necesitaríamos del apoyo del gobierno, pero luego resulta que si  no existe ese éxito, no se ‘merece’ ese apoyo, así que es un conjunto de argumentos muy difícil de comprender. Otro de los problemas que tenemos, a causa de esta política de derecha, es que no hay una regulación que verdaderamente favorezca el cine de Nueva Zelandia: no hay cuotas de exhibición en la televisión, no hay requisitos de distribución que hagan circular las cintas nacionales, y estas circunstancias hacen difícil crear una industria que mantenga a la gente con empleo… Dicho esto, es necesario añadir que los artitas son gente muy terca que acaba saliéndose con la suya y, en ese sentido, los directores de cine no son la excepción.”

La muestra de cine neozelandés presentada en la Seminci de Valladolid de 1997 dio pruebas de esa afirmación sobre la tozudez de los artistas:  unas veinte películas entre argumentales, documentales y cortometrajes. Cintas difíciles de encasillar en géneros conocidos, películas irregulares pero con un ingrediente común: una clara identidad de la Nueva Zelandia que es la suma de la herencia británicas y maorí, existencias que se enfrentan al medio para obtener de él la esquiva riqueza por la que lucha el colono, una sociedad con tensiones raciales, con relaciones familiares que se transforman a lo largo del tiempo, pero en las que se encuentran trazas de machismo, puritanismo y de una admiración ingenua por lo extranjero, como en tantos otros países del mundo.

Es larga la lista de filmes presentados en la muestra de Valladolid, pero entre tantos que vale la pena mencionar está  An Angel at my Table (1990), de Jane Campion, el mejor largometraje argumental del ciclo, que obtuvo premios en Venecia y Valladolid. Este filme narra la vida de la escritora neozelandesa Janet Frame, de una manera lineal, con excelentes interpretaciones y una profunda mirada a la sociedad neozelandesa. Heavenly Creatures (1994), de Peter Jackson, un filme sorprendente sobre una amistad enfermiza entre dos adolescentes y su conclusión con el homicidio de una de las madres, una película intensa, que rompe constantemente los esquemas y permite conocer las enfermedades de la sociedad blanca neozelandesa a través de la historia de estas dos jóvenes. Forgotten Silver (1996), de Peter jackson, un falso documental sobre un supuesto pionero del cine en Nueva Zelandia, una broma excelentemente elaborada que demuestra el talento de sus creadores y el anhelo de los neozelandeses de tener un verdadero cine nacional. Patu! (1983), de Geoff Stevens, un documental sobre la gira que en 1980 realizó por Nueva Zelandia un equipo sudafricano de rugby y las protestas que contra esta gira se alzaron como repudio a la política de apartheid. Junto a estos cuatro filmes que sirven como estupendos ejemplo del conjunto, se proyectaron muchos otros de muy buena calidad: Utu (1983) de Murphy, Leave All Fair (1984) de Reid, Vigil (1984) de Ward, Illustrious Energy (1988) de Narby, War Stories (1995) de Gaylene Preston, y Cinema of Unease (1995) de Sam Neill y Judy Rymer, entre otros.

 

DESAFÍOS DEL CINE NEOZELANDÉS   

En la actualidad, además de los problemas mencionados, el cine neozelandés se encuentra ante dos retos que debe resolver: la emigración de sus talentos y la participación maorí.

Ante la ausencia de una verdadera industria cinematográfica neozelandesa (se producen solo cinco largomentrajes por año[3]), se presenta en ese país la situación de que sus artistas busquen una realización profesional en Australia, Gran Bretaña y los Estados Unidos, una tendencia que en ocasiones se revierte a favor de la cinematografía nacional, como en el caso de la actriz Kerry Fox, que actualmente trabaja en Londres en una película sobre neozelandeses, o el director Lee Tamahori, que busca financiación en Hollywood para una gran epopeya maorí, pero que en general significa para el país la perdida de sus mejores talentos.

El segundo reto por el que atraviesa el cine neozelandés es la participación que los maoríes reclaman dentro de la producción nacional. Al respecto hay posiciones encontradas: de un lado están los que opinan que ya existe una importante participación del cine maorí en el cine neozelandés y apoyan esta afirmación en cintas como Once Were Warriors, donde el guionista, el autor de la novela original y los actores son maoríes. Las personas que sostienen esta afirmación consideran que no hay verdades en cuanto a la narración cinematográfica y que también pueden existir cintas maoríes dirigidas por blancos. En otro lugar de la discusión están los que reclaman un tratamiento más sensible de la situación maorí y los que llegan hasta el punto de afirmar que este cine sólo puede existir si está integralmente producido por maoríes. De cualquier manera, tanto los unos como los otros están de acuerdo en que un cine que refleje la complejidad de la cultura maorí y a ésta en relación con la cultura dominante neozelandesa será, con toda probabilidad, uno de los más grandes aportes que el cine neozelandés puede hacerle al cine mundial.

En estos tiempos cuando en Colombia se discuten temas como los de la redacción de normas de apoyo al cine y en que se ha acabado de aprobar la ley que funda el Ministerio de Cultura, el ejemplo neozelandés puede ser útil tanto a los cineastas como a los administradores. Las políticas públicas y la realidad de Aotearoa, demuestran que el centro del mundo está donde una nación lo sienta como tal. Un cine nacional implica la construcción de la identidad de un pueblo, y su respaldo de público depende menos de copiar fórmulas eficaces que de ahondar en lo que se conoce bien. De una manera irrefutable, el proceso del cine en Nueva Zelandia recuerda que en países como los latinoamericanos, sin un Estado que defienda a los artistas, la ilusión de hacer sueños para la memoria nunca dejará de ser una ilusión.

 

REFERENCIAS:

- Lindsay Shelton, Clive Sowry, John Grierson, Merata Mita, Peter Calder y Helen Martin: “Aotearoa. EL cine de Nueva Zelanda” Ed. Seminci. Valladolid, 1997.

- The New Zealand Film Archive: www.filmarchive.org.nz

- The New Zealand Film Commission: www.nzfilm.co.nz

Publicado en: Revista Kinetoscopio No. 43. Ed. CCA. Medellín. 1997

Página en internet de la Revista Kinetoscopio


[1] La palabra maorí “Aotearoa” fue el nombre original de Nueva Zelandia, palabra que significa “Larga nube blanca”.

[2] Este artículo fue escrito en 1997 y en otro espacio se hará una actualización más amplia, sin embargo vale la pena incluir algunos datos de la primera década del siglo XXI: con la llegada del nuevo siglo, el cine neozelandés continuó conquistando atención y mercados, aunque no lo hizo necesariamente con temas “neozelandeses”. En este proceso, sin duda el caso más notable ha sido el del realizador Peter Jackson quien ya había alcanzado la atención de la crítica en el Festival de Cannes de 1987 con el filme gore Bad Taste, género en el que se convirtió en un autor de culto gracias a Braindead (1992), antes de obtener su primera nominación al Oscar y un premio en el Festival de Venecia con Heavenly Creatures (1994). A diferencia de muchos realizadores que se alejan de sus países al triunfar de Hollywood, Jackson ha creado empresas y ha seguido haciendo cine desde Nueva Zelandia, Jackson es el director y productor de la trilogía del Señor de los Anillos, una serie que filmó en locaciones neozelandesas, con lo cual impulsó el desarrollo de la industria cinematográfica y del turismo cultural en su país.

[3] En 1997, año en que se entrevistó a los representantes de la New Zealand Film Commission y en que se publicó este artículo en la revista Kinetoscopio, los neozelandeses realizaron 5 largometrajes de ficción; en 2007 la cifra era de 18 (de los cuales sólo la mitad recibieron recursos estatales a través de la NZFC), con lo cual se hace evidente que en una década se dio un crecimiento constante. Información actualizada sobre la labor y el desarrollo de la NZFC se puede consultar en su página de internet.

 

Imágenes: (1) Mapa de Nueva Zelandia. (2) Fotograma de Heavenly Creatures.

 

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