Managua: El cementerio de los Árboles

Managua: El cementerio de los Árboles

David estornuda, viaja en una camioneta blindada con aire acondicionado. El conductor lo recoge en el hotel que desde 1969 imita a una pirámide y lo lleva a un barrio de caminos largos donde se alternan las murallas con los portones.

Hay pocas luces en las calles de Managua.

La camioneta llega a un portal enmarcado por una pared que termina en una serpentina de cuchillas. El portón se abre cuando el auto se acerca y se cierra cuando pasa, la camioneta avanza unos cientos de metros hasta la entrada de la casa. Cuando David sale siente el vaho de la noche: el calor y el olor de los jazmines. Las hojas crujen a su paso. Una empleada vestida de blanco abre la puerta y lo acompaña hasta un gran salón. Desde el sofá, una joven delgada se levanta para darle un beso de bienvenida. Es Liz.

– Ha pasado el tiempo.

– No, nada -dice ella-. Por acá no pasa.

Desde el corredor del segundo piso Ari lo ve llegar y ve cómo su mujer se levanta, lánguida y pálida. Ari es grande, al borde de la gordura. Cuando niños, David era el gordo y Ari era alto, delgado y fuerte. Ari tuvo una melena poblada, pero se está quedando calvo. Ari aguarda, se huele las manos y vigila el beso.

Los cuchillos golpean las frágiles lozas de Jerusalén.

– A Liz le encantan las artesanías, todas, pero especialmente las molas de los kunas. Los cojines los mandó a hacer con molas.

– ¿Las trajeron de Panamá o de Colombia?

– De Panamá, de las islas de Guna Yala, pero son los mismos kunas. Las fronteras son cosas que van y vienen… ¿Sabías que el borde occidental de Nicaragua, la Costa Mosquitos, era colombiana? En un par de siglos el territorio de Colombia, del país que llamaban la Gran Colombia, se desarmó entre Venezuela, Brasil, Ecuador, Perú, Bolivia, Honduras, Nicaragua, Panamá y las Guayanas. El último pedazo se fue en 2012 con el mar de San Andrés y Providencia…

Liz interrumpe a su esposo:

– ¿De qué se trata la película que haces con los franceses?

– De amor y revolución.

Ari se ríe:

– ¿En serio?

Liz se despide y se encierra en una habitación. Ari lleva a David al corredor frente a la piscina, las aguas brillan en una pradera que se disuelve en la noche. Las luciérnagas parpadean.

– Lo mejor de Nicaragua fue el volcán y la llegada a Managua, la noche que visitamos el volcán Masaya su luz era otro Sol que se veía desde lejos y cuando nos asomamos al fondo todo era rojo y naranja, rojo y naranja. La lava es pánico y es vida… Y el aterrizaje también fue hermoso: fue una sorpresa pasar del mar al bosque, uno está llegando del azul y de pronto todo se vuelve verde… Y antes de aterrizar se pueden ver unas ramas coloridas entre el pasto, unos colores que se oxidan entre el verde. Hay un cementerio de ramas metálicas…

– Sí, de los Árboles de la vida.

– Unas ramas de metal que se oxidan entre los verdaderos árboles.

Ari abre un single malt. Desde niños ese ha sido su alcohol favorito: fue con whisky que se emborracharon por primera vez. La etiqueta era azul y el líquido ambarino. David recuerda los colores y el sabor a madera, Ari recuerda el castigo de su padre y las piernas blancas de la prima de David que estaba de cumpleaños. Ari recuerda los golpes en el suelo frente a las piernas de la prima. 

Un joven alto sale de la casa. Es el hombre que conducía la camioneta.

– Johnny es de San Andrés.

– Mucho gusto.

– Cuando Johnny era pelao, trabajaba de lanchero, un lanchero rápido. Traía encargos a las costas de Centroamérica. Was that so, Johnny?

Right Mr. Lion.

– He was like a thumb, like a thumb. It’s true, Johnny?

– Yes, everybody called me “Tom Thumb”.

– So it was, but then he gave all some surprises… Johnny es un poeta, como tú. Johnny, ¿cómo dice ese poema de Ernesto Cardenal sobre el árbol?

Johnny mira a su patrón y pone cara seria, La cara del poeta, le dice Ari. Johnny es un tipo orgulloso que el patrón salvó de la cárcel. Johnny huele a mar y declama el Salmo 1, el poema de Ernesto Cardenal:

Bienaventurado el hombre que no sigue las consignas del Partido

ni asiste a sus mítines

ni se sienta en la mesa con los gánster

ni con los Generales en el Consejo de Guerra.

Bienaventurado el hombre que no espía a su hermano

ni delata a su compañero de colegio.

Bienaventurado el hombre que no lee los anuncios comerciales

ni escucha sus radios

ni cree en sus slogans.

Será como un árbol plantado junto a una fuente.

– ¡Ese no es ningún Árbol de la vida! ¿Sí o no, Johnny?

– No, Mr. Lion, no es.

El joven se acerca al patrón y le dice algo al oído.

– Go help them, Johnny.

Cada mañana, cuando despierta, Johnny anota sus sueños y lee un rato antes del agua.

Ari se toma un single malt de un trago. Pone un pequeño hielo en su vaso y se sirve un whisky doble.

– ¿Porqué te dice Mr. Lion?

– Todos en las islas me dicen Mr. Lion.

– ¿Y cómo te va con un raizal en Nicaragua? ¿Alguien se molesta?

– Nada, no les importa, a los nicas no les importa de dónde viene Johnny o de dónde vengo yo. La clave es que no hay preguntas. Si en medio de un negocio alguien te empieza a hacer preguntas es porque la vuelta se jodió, esa es la primera señal de que las cosas van a acabar mal.

– Eres un paranoico.

– Sí, pero sólo los paranoicos tienen vidas largas… ¿Sabes cómo atrapan a los pulpos pequeños? Con una misma cuerda los pescadores amarran jarritas de barro haciendo una larga fila. La cuerda la dejan en el fondo del mar y unos días después pasan y la recogen, y con ella se vienen las jarras amarradas y dentro los pulpos que creyeron que se escapaban de la muerte en esas cavernas. 

La piscina es una lámina de reflejos azules.

Ari huele a madera dulce, desde la adolescencia usa el mismo perfume. Liz odia ese perfume, cree que es un olor barato y que ella merece a alguien mejor, aunque cuando lo conoció creyó que él era lo mejor que podía encontrar, y por él dejó a un hombre en el que piensa esta noche.

– Nadie molesta a Johnny y nadie me molesta a mí. Aquí y en todo el mundo la gente cierra los ojos… ¿Te trataron bien los nicas?

– Sí, siempre. Desde la Embajada: me invitaron a pasar por la visa un sábado, cuando no hay atención al público, y la embajadora se sentó conmigo a conversar y me entregó unos folletos turísticos. Estaba más emocionada que yo. Me pareció muy bonita su manera de tratarme…

– Aquí la gente es muy cálida, todos somos muy cálidos en estos tristes países. ¿Te recibieron en la sala VIP del aeropuerto?

– Sí, con protocolo y banderas.

– Las dos banderas siempre están ahí: la de Nicaragua y la del Frente Sandinista de Liberación Nacional. Con eso te avisan cómo son las cosas: un Estado y un único partido…

Ari tiene una habitación donde se acumulan los libros que lee y subraya y guarda para volver a leer.

– ¿Y el trabajo? ¿Cómo estuvo el trabajo?

– Muy bien, los días empezaban con el productor francés y la directora en el desayuno, y después salíamos a buscar locaciones, siempre con la gente del gobierno que a veces nos organizaba paseos en vez de location scouting… No me gustó eso de no controlar la agenda, pero ni modo. Los anfitriones siempre nos movieron en una nevera con ruedas.

– ¿Y tu rinitis?

– Estornudé todo el tiempo… Y no es que me molesten los paseos, no, pero la luz no dura tanto. El primer día nos llevaron a la Loma de Tiscapa y a la plaza Hugo Chávez y a la avenida donde los Árboles se iluminan en la noche.

Desde la Loma de Tiscapa el general Sandino observa las calles.

– Sí, la loma donde agarraron a Sandino después de firmar la paz. En la Loma de Tiscapa junto a la silueta de Sandino hay otro Árbol de la vida, otra de esas latas retorcidas que dan color a las avenidas solitarias, todo es una pantalla…

– ¿Qué cosa?

– Los Árboles, los acuerdos de paz, los presidentes, todo… La segunda invasión de los gringos a Nicaragua, por ejemplo, terminó en 1933 pero dejaron un presidente cuidándoles el negocio: al primer Somoza lo hicieron elegir en el 36. Después vinieron los otros dos Somoza y una revolución, y otra guerra con los gringos que habían encarnado en los Contras.

Ari toma impulso y continúa:

– Y ahora el FSLN son dos personas: Ortega y su mujer, el presidente y la vice. Ellos mandan juntos, pero es ella la que se hace cargo de las comunicaciones: de su oficina salen varios boletines diarios que en algún momento del día el responsable de un barrio o de un edificio le lee a los demás: Acuerdo con Sierra Leona, Reunión de cineastas latinoamericanos, y así todos los días… En Nicaragua hay tres clases de nicaragüenses: los muy ricos, que son las mismas familias ricas de la época de los Somoza, con residencias por el mundo y casas en el barrio Colina, y negocios que se alimentan de Nicaragua… En los años cincuentas una de esas familias, que estaba en tratos con el segundo Somoza, construyó esta casa.

La hacienda olía a jazmines y al sudor de los caballos.

– A esa gente no le importa el país, ni en la época de los Somoza ni ahora, y siempre están compinchados con el presidente de turno. Hoy les toca repartirse la torta con los nuevos ricos que son los ricos de la revolución y los de la Piñata de Chamorro…

En una mesa hay dolmas y suero, David deja el whisky y se come un par de rollitos. Ari se toma otro trago.

La cocinera pone un amor perdido en cada plato.

– En el otro extremo de la lista está la mayoría de los nicaragüenses, gente pobrísima que no se ve por las calles de las embajadas ni de los hoteles, y que depende del régimen para sobrevivir, gente que se informa con los boletines de la vicepresidenta… Pero además de los muy ricos y los muy pobres hay una pequeña clase media, con alguna educación y ambiciones, la clase media que hizo las picadas y que salió a las calles en abril. Ellos tumbaron los Árboles que viste cuando aterrizabas, unos manifestantes a los que volvieron mierda. Los Ortega reemplazaron los Árboles y ya no hay picadas.

A diferencia de David que tenía la vida asegurada, Ari no terminó el colegio y empezó a trabajar muy pronto. La rabia lo acompaña desde niño.

– Le pregunté al conductor del gobierno por los Árboles, le pregunté qué significaban.

– ¿De verdad? –Ari deja la lección y sonríe-. ¿Y qué te respondió?

– Nada, el tipo cambió de tema, pero le insistí: ¿Y estos árboles? ¿Son un símbolo prehispánico? El hombre me dijo que eran los Árboles de la vida, pero después se quedó callado y luego en mi hotel, en la pirámide, le pregunté a varias personas para ver sus reacciones, que fueron puras evasivas, hasta que alguien me dijo que los Árboles los puso la esposa de Ortega, y ese mismo hombre me dijo que la vicepresidenta anda en tratos con el Diablo. El tipo dijo que la señora es una bruja y que los Árboles llevan los tres seis por todos lados.

– Podría ser, las ramitas son muy retorcidas y según como las mires parecen seis.

Dos cocuyos chisporrotean junto a la piscina.

– Mientras el tipo me contaba lo de los números escondidos yo recordé que la primera vez que vi el triángulo de la bandera nicaragüense me pareció un símbolo masónico.

– ¿No pensaste en uno de los volcanes?

– No, para nada… Y mientras hablaba también pensé en los indios esclavizados que durante la colonia usaban las hostias como una excusa para adorar al Sol que ponían en las custodias.

David no tiene rabia, pero carga una pequeña amargura acumulada con los abusos de los recreos. David hubiera querido estar con Ari en el colegio.

– No paramos de pensar, ¿verdad? -Ari se bebe otro trago doble y mira las luces de la piscina vacía-. Los cucarrones se deben estar ahogando, tanto chapaliar para nada… Sí, eso de las custodias es cierto y es cierto que los conversos mataban cerdos en las calles, ya ves que nada cambia, siempre es la ley del más fuerte y el disimulo de los débiles.

– Ahora me vas decir que el sincretismo cultural es pura hipocresía.

– Sí, no tengo duda, todo es poder y mentira, querido, y también miente el poderoso. En el primer libro de la República Platón define la Justicia como el interés del más fuerte. Todas las leyes se hacen para defender a los fuertes y cada libro santo es un monumento a los poderosos que lo hicieron escribir…

Ari aplasta un cucarrón que chocó contra una lámpara y cayó a sus pies.

– Sería una ironía que esas ramitas fueran los tres seis del demonio, porque el lema del presidente Ortega en su campaña era Nicaragua Cristiana, Socialista y Solidaria, imagínate… En la revolución sandinista se repetía una frase diferente: La solidaridad es la ternura de los pueblos.

– No sabía. ¿Los Ortega son cristianos? ¿Pentecostales?

– Son cristianos, sí, pero católicos, aunque al papa Juan Pablo II le corearon el himno de la revolución cuando vino. En el 2005 un cardenal los casó.

La voz de Rosario Murillo cruza Nicaragua y es como la de los pastores en los templos. La vicepresidenta tiene una voz que vibra con parábolas y moralejas: ¡Hay gente que tiene ojos y no puede ver!

– Aquí el pueblo es rezandero, como no hay esperanzas se agarra de lo que puede: de las telenovelas, de las religiones, de los trabajitos de mierda. La mayoría de la población es católica pero casi la mitad se pasó a otras iglesias cristianas, como en las Antillas y en toda Centroamérica… Esa es otra invasión de los gringos, una invasión sutil, con arrocito para los hambrientos y tejas en los barrios pobres, con pastores que gritan ¡Jesús! mientras levantan las uñas al cielo… Este miserable continente se la pasa de invasión en invasión.

Ari aplasta otro cucarrón y se sirve un whisky.

– Unas invasiones con cruces y otras con espadas.

– Es lo mismo, todas las espadas cristianas tienen forma de cruz, ¿las has visto?… Unas invasiones para llevarse el oro, otras para controlar el canal de Panamá y agarrar tierra para las bananeras, y estas para quedarse con todo.

Las piernas de la prima siguieron a la vista durante la paliza. Ari no lloró. Esa tarde, adolorido, con la piel cruzada por marcas rojas, se consoló entre esas piernas blancas.

– ¿Es guapa tu directora francesa?

– Sí, Claire es guapa y antes era deslumbrante… Cada mañana, antes que el otro productor y yo bajáramos, se ponía un vestido de baño negro y hacía una docena de piscinas, y después flotaba un rato, y en el desayuno se fumaba un par de cigarrillos mientras trabajábamos.

Los ojos de Ari están rojos.

– ¿Y qué opina de Nicaragua?

– Claire admira a los nicaragüenses: Me encanta la presencia de la Revolución por la ciudad, me decía. Me encanta la dulzura de los nicaragüenses y todo lo que han conseguido, me repetía. Es verdad que hay problemas económicos, pero es increíble lo que este pueblo logró solo y tan cerca de los Estados Unidos… La primera vez que me soltó esa frase pensé decirle que los nicaragüenses no estaban solos, que los soviéticos apoyaron a los sandinistas, pero ella ya lo sabía y yo no abrí la boca porque es cierto que los nicaragüenses acabaron con los Somoza aunque su país está al lado de los gringos.

– ¡Los gringos que se quedaron con la mitad de México y que inventaron la Escuela de las Américas!… Los gringos que invadieron Panamá y asesinaron a miles para agarrar a Noriega, a un agente de la CIA… 

Azul y rojo, carne y metal.

Ari se huele las manos y continúa:

– Son una mierda los gringos, sí, pero su país siendo imperio, mientras la Colombia donde crecimos cada vez es más chiquita. Allá no hay nada que admirar…

David asiente, en los recreos del colegio los niños seguían a los abusadores y a los gritones, aunque él sabía que los gritones solo piensan en sí mismos.

El portón se abre. Johnny regresa acompañado.

– Tú también me mentiste -dice Ari antes de beberse otro single malt.

Las luciérnagas llevan sus luces por el potrero, mientras los cucarrones mueren bajo el resplandor de otros.

– Sí, y no valió la pena.

David se levanta y mira las centellitas que se alejan.

– Lo mejor fue el volcán Masaya. Llegamos en medio de la noche, dejamos el carro y subimos hasta la boca…

Ari nunca volvió a ver esas piernas.

– Y esa noche, mientras subíamos la cuesta pensaba que el volcán olería a azufre, pero no, ese sitio es puro. El alma de la tierra está al lado de Managua: en el fondo de ese cráter late el corazón del planeta que es colorado, caliente e inquieto… Esa piedra líquida está viva, más viva que la carne, y los humanos somos insectos que caminamos sobre una cascarita de arena con los dioses que inventamos. Somos la sombra del fuego que un día nos disolverá a todos.

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Julián David Correa

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Imagen: Árbol de la vida en la Plaza Hugo Chávez (Managua)

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