Andrés Caicedo 1971

Andrés Caicedo 1971

ANDRÉS CAICEDO 1971

UNA MIRADA A SU OBRA A TRAVÉS DE UN AÑO FUNDAMENTAL*

.

Este ensayo explora la obra de Andrés Caicedo como escritor, cineasta y gestor cultural, partiendo de la pregunta de porqué el año 1971 es definitivo en sus procesos creativos (ese es el año en que escribe varios cuentos y un guion, participa en la creación del Centro Cultural Ciudad Solar, funda el Cine Club de Cali y dirige su inconclusa película Angelita y Miguel Ángel). Ese es un año en el que Andrés Caicedo demuestra que su trabajo recorre las fronteras entre el cine y la literatura, y que lo hace con recursos del gótico y con atención a realidades violentas de Colombia.

.

INTRODUCCIÓN

.

“Me arranco los recuerdos

como si fueran alacranes en la cara.”

(Caicedo, El atravesado 31)

.

Con los años Andrés Caicedo se ha convertido en un ícono de la cultura colombiana (una figura canónica, para decirlo en el argot académico). Caicedo hizo parte del grupo literario Los dialogantes y del Grupo de Cali, también conocido como el “Caliwood”, una generación de cineastas y cinéfilos caleños. Andrés Caicedo escribió cuarenta y dos cuentos y una novela, seis obras de teatro y cuatro guiones, Caicedo hizo teatro y crítica cinematográfica, dirigió un filme inconcluso y fue gestor cultural: fue uno de los fundadores del centro cultural Ciudad Solar y la revista Ojo al cine, y creó el Cine Club de Cali.

¡Qué viva la música! (1977), la novela de Andrés Caicedo, se sigue imprimiendo y en el año 2015 tuvo una versión cinematográfica dirigida por Carlos Moreno. En junio de 2021, al momento de publicar este ensayo, la editorial Planeta presentó la recopilación Todos los cuentos de Andrés Caicedo, que incluyó 22 relatos inéditos recuperados por Sandro Romero. En 1995 el Teatro Matacandelas de Medellín compuso Angelitos empantanados (Historias para jovencitos), una creación colectiva basada en su vida y obra, una experiencia teatral que siguen llevando a las tablas. En el año 2008 el escritor chileno Alberto Fuguet publicó una biografía de Caicedo basada en sus textos: Mi cuerpo es una celda (una autobiografía). En 2017 una selección de sus críticas cinematográficas que escogieron Luis Ospina y Sandro Romero se publicó como el libro Ojo al cine de la editorial Penguin Random House, un título que ha tenido ventas mucho mejores que cualquier otro libro de crítica cinematográfica en las últimas décadas en Colombia. La correspondencia de Caicedo también ha marcado un hito y tiene dos ediciones: la de la Cinemateca de Bogotá que preparó Luis Ospina en el año 2007 con el apoyo de Rosario Caicedo y Sandro Romero y que se retoma en este ensayo, y la de la editorial Planeta que prepararon Ospina y Romero y que se lanzó en el 2020. En el caso de la edición de la Cinemateca de Bogotá se trata de dos tomos: 1971-1973 y 1974-1977, y en el caso del Grupo Editorial Planeta son también dos libros: 1970-1973 y 1974-1977. La correspondencia de Andrés Caicedo muestra a una persona que siente que tiene mucho para decir, un corresponsal obsesivo con los detalles que es tan apasionado con su propia obra como con la de otros y para el que las referencias cinematográficas son más frecuentes que las referencias literarias.

Andrés Caicedo nació en Cali en 1951 y se suicidó en 1977, tras recibir las primeras copias de su novela ¡Que viva la música! Su breve vida estuvo llena de intensidad, y uno de sus años más intensos fue 1971, fecha en la que Cali fue la sede de los VI Juegos Panamericanos y de un profundo descontento popular que llevó a la gente a las calles en el mes de febrero. 1971 fue el año en el que Caicedo filmó con Carlos Mayolo la inconclusa película Angelita y Miguel Ángel, año en el que participó en la fundación de un centro cultural y creó su cine club, y fue el año en el que escribió los cuentos El atravesado, los tres Destinitos fatales, Calibanismo y Patricialinda, junto con Angelita y Miguel Ángel (el segundo cuento de Angelitos empantanados o historias para jovencitos, selección de la que también hacen parte El pretendiente y El tiempo de la ciénaga, ambos de 1972)

¿Por qué 1971 fue un año tan importante en el proceso creativo de Caicedo? ¿Qué nos dicen las creaciones de Andrés Caicedo del año 1971 sobre su obra y sobre las realidades que lo rodeaban? Fueron varios los monstruos que caminaron hacia Caicedo: el monstruo de las calles, el monstruo del zarzo y el monstruo que habita en los libros y en la sala oscura.

.

Afiche del documental Balada para niños muertos (2020) de Jorge Navas.

.

1. LAS OBRAS DE 1971

.

El año 1971 es un punto de giro en la vida de Andrés Caicedo, un punto de giro como el que se incluye en los guiones para impulsar la transformación de un personaje. Juan Fernando Ramírez Arango ha dicho en su muro de Facebook[1] que en 1971 Caicedo estaba a seis años de haber empezado a escribir y a seis de suicidarse. Una coincidencia. Para el cineasta Jorge Navas[2], realizador de Calicalabozo (1997) y Balada para niños muertos (2020), entre otros filmes, en 1971 la ciudad de Cali estaba llena de energía por la realización de los VI Juegos Panamericanos, y esa energía contagió a muchos y entre ellos a Andrés Caicedo. Navas también ha dicho que 1971 fue decisivo en la obra de Caicedo porque ese es el primer año en que vive fuera de la casa familiar y esa independencia le permitió entregarse a las letras y a sus proyectos culturales con la misma compulsión con la que se entregaba a todo en la vida.

A pesar de lo modesto del cine nacional, 1971 también es un año importante para la cinematografía colombiana. Según Luis Ospina:

«El año de 1971 fue muy importante para el cine colombiano. En Cali Andrés Caicedo fundó el Cine Club de Cali. En Bogotá se fundó la Cinemateca Distrital en el edificio del Planetario bajo la dirección de Isadora de Norden. Ese mismo año Carlos Mayolo y Jorge Silva rodaron Monserrate. Mayolo y yo filmamos nuestro primer documental Oiga vea y Carlos Álvarez terminó ¿Qué es la democracia? (…) Antes de la Cinemateca Distrital había pocos refugios para los cinéfilos. A excepción del Cine Club de Colombia que dirigía Hernando Salcedo Silva, existían pocos refugios para los cinéfilos empedernidos. La Alianza Francesa ofrecía lo mejor del cine francés. El Teatro Coliseo era lo más parecido a una sala de arte y ensayo, ya que ofrecía una excelente programación de cine europeo. Los cine clubes universitarios se nutrían de lo que traían las embajadas del bloque soviético, del Instituto Goethe, de la distribuidora de cine ruso Mundo Films y la colección de las Hermanas Paulinas, que aparte de dar cine religioso distribuía cine revolucionario latinoamericano.”

Esa era en 1971 la situación para los cineastas y cinéfilos en la capital de Colombia, y en Cali las condiciones eran aún más precarias, razón por la cual se hacía necesaria la creación del Cine Club de Cali y resulta sorprendente que Carlos Mayolo y Luis Ospina realizaran en ese año el documental Oiga vea, un filme tan importante en la historia del cine colombiano. El cortometraje Oiga vea es esencial en el desarrollo del Caliwood y de sus sueños: los VI Juegos Panamericanos contaban con una cobertura oficial, y para estos noveles documentalistas fue imposible obtener una credencial que les permitiera filmar desde dentro las competencias, de manera que se entregaron a filmarlas desde afuera, desde la perspectiva de la ciudadanía caleña que tampoco pudo entrar a las competencias y vio pasar las comitivas por sus calles, y vio saltar a los atletas desde los trampolines que se asomaban sobre los muros.

Boleta del primer ciclo de cine del cine club de Cali (1971)

El Cine Club de Cali se inauguró el 10 de abril de 1971 con Bande à part (1964) de Jean Luc Godard. En esa época en la que cada copia de un largometraje representara cinco latas con cinta de 35mm y en la que las condiciones de las productoras de cine obligaban a que las copias se destruyeran al vencimiento del contrato de distribución, estaban muy limitadas las opciones de los cinéfilos y mucho más las de los gestores culturales que acometían la empresa de crear salas alternativas o cine clubes. A pesar de eso Andrés Caicedo logró una programación diversa en la que se mezclaban las cintas sancionadas por el concepto de cine de autor de la nueva ola francesa con clásicos del cine popular de Hollywood y de su Serie B. Este cine club enriqueció la oferta cultural de Cali con una programación de películas que Andrés Caicedo acompañaba con conferencias que lo obligaban a vencer su tartamudez, el Cine Club de Cali le dio al tímido Andrés Caicedo la oportunidad de hallar puntos de encuentro con personas que compartían sus pasiones, personas como Ramiro Arbeláez, Carlos Mayolo y Luis Ospina, pero además:

“Además, el dinero recibido por las entradas alcanzaba no solo para rentar las películas y pagar los espacios en el teatro, le dejaban un margen de ganancia que le permitió independizarse durante algunos años, su primer lugar de acogida no fue otro que Ciudad Solar, donde también realizó un cine club con películas de 16 mm. Igualmente, en el auditorio de Economía en la Universidad del Valle proyectó películas los viernes, estos cine clubes no tenían un nombre formal, pero todos sabían que los organizaba Andrés Caicedo.”

La cinefilia y la vida cotidiana de Andrés Caicedo se encontraron en 1971, según se revela en este párrafo del artículo de L. C. Bermeo Gamboa con motivo de los 50 años del Cine Club de Cali. Para ese mismo artículo declaró Rosario Caicedo, hermana de Andrés:

“Yo siempre vi a Andrés como un misionero del cine, esa era su religión, y con esa fe ciega logró convertir a muchos caleños, la gente que asistía se empezó a fascinar por el cine de tal forma que esto fue creando una sensibilidad muy auténtica y ecléctica que más adelante sería determinante para la cultura caleña.”

La creación del Cine Club de Cali no solo transformó la vida de Andrés Caicedo, sino que dejó una huella que todavía permanece en la ciudad. Para el artículo de L. C. Bermeo Gamboa, Ramiro Arbeláez declaró que el legado del Cine Club está en la sala del Museo La Tertulia que finalmente acogió el proyecto y en la apertura de la Facultad de Comunicación Social de la Universidad del Valle.

El 26 de julio de 1971 se inauguró el Centro Cultural Ciudad Solar gracias a su fundador, Hernando Guerrero, y a la labor de otros gestores entre los que estaba Andrés Caicedo. En Ciudad Solar empezaron a vivir el fotógrafo, diseñador y editor Hernando Guerrero, la ecuatoriana Mirta García, el fotógrafo “Pakiko” Ordóñez, Miguel González, Pilar Villamizar protagonista de la película Angelita y Miguel Ángel, y Andrés Caicedo. La primera junta directiva de Ciudad Solar estuvo formada por Hernando Guerrero, Francisco “Pakiko” Ordóñez, Miguel González y Willy Coronel.

En La Ciudad de “unos pocos buenos amigos” Katia González hace un recuento del origen de Ciudad Solar y resalta su importancia para la historia de las artes colombianas:

“Como lo sostiene Miguel González, Ciudad Solar ‘pasa a la historia’ porque apoyó al Cine Club de Cali dirigido por el escritor y crítico de cine Andrés Caicedo; porque allí se realizó la primera película (inconclusa) de Caicedo y el cineasta Carlos Mayolo; y, porque en su Galería de Arte expusieron por primera vez los artistas Oscar Muñoz (1971) y Fernell Franco (1972).”

Ciudad Solar fue el primer hogar de Andrés Caicedo fuera de la casa de sus padres y fue el laboratorio de creación donde pudo desarrollar los proyectos que caracterizan su 1971.

.

Ramiro Arbeláez, Andrés Caicedo y Luis Ospina en la cabina de proyección del Teatro San Fernando.

.

En 1971 Andrés Caicedo rodó parcialmente una película, escribió un guion y siete cuentos que recogen las sombras de las calles, las casas, las salas oscuras y los libros. En la obra de Caicedo durante 1971 las señales del gótico son tan frecuentes como en los tres breves cuentos de Destinitos fatales. La violencia social, por otra parte, no solo es tema central de El atravesado, sino que esta presente en el cuento Patricialinda, donde a los conflictos propios de toda adolescencia: las malas notas en el colegio, los primeros amores y desamores, las fiestas y el reto de saber bailar, se empiezan a sumar otros como el de saber pelear y conseguir un arma. Son tres temas los temas comunes a los relatos que Caicedo escribió en 1971: los conflictos de la adolescencia y la vida escolar, las violencias del Valle del Cauca y las referencias góticas.

En Patricialinda (Caicedo, Destinitos 88-97) un adolescente que siente “el cucarrón negro” de la angustia cuando tiene que salir de las sombras del cine al sol de Cali un domingo a mediodía y siente también ese cucarrón ante el temor de ser abandonado por la mujer que ama. Patricialinda es una historia de amor juvenil que deja ver por las costuras una guerra que ha durado décadas y en donde los adultos que se mencionan en la historia, el abuelo del protagonista y el padre de Patricialinda, se enfrentan a enemigos que cambian de nombre (a veces son liberales, a veces son los jóvenes del sur, de los barrios pobres de Cali), pero que siempre son enemigos que se barren bajo tierra con la “limpieza social” que se ejerce en alianza con la policía.

En Calibalismo (Caicedo, Destinitos 98-105) el narrador dice: “cómo hubiera escrito Poe si hubiera conocido el cine, eso es lo que me pregunto yo.” (101), en este cuento se trata otra vez de un chico de colegio, apasionado del cine, pero en esta ocasión es un muchacho que explora su cuerpo con una niña de 13 años en la segunda fila de un teatro. El pequeño cuento se abre en el título con una promesa de canibalismo que no se cumple del todo, y que se justifica al final diciendo que es una mentira.

En Destinitos fatales (Caicedo, Destinitos 131-132), en cambio, sí hay algo de canibalismo. Destinitos fatales son tres breves cuentos de explícito homenaje al cine y a la literatura gótica: en el primero un hombre joven ha creado un cine club que no sabe si tendrá mucho éxito porque, según dice:

“el público cineclubista está compuesto por gente despistada que acude en su mayoría a ver acá ‘el cine de calidad’ (…) Imbéciles que abuchean una película de John Ford con John Wayne porque ‘El ejército de los EEUU siempre mata muchos indios’, que le dicen imbécil a Jerry Lewis.” (131).

En efecto a las sesiones del cine club acude cada vez menos gente y, en medio de un ciclo de vampiros, el cinéfilo se da cuenta con resignación que su último y único cliente es “el Conde”.

En el segundo cuento de Destinitos fatales un hombre joven toma un bus que nunca se detiene y en el que, se da cuenta muy tarde, los únicos pasajeros y el conductor lo miran con hambre. Cuando el bus para todos se le van encima y lo primero que le arrancan es un pedazo de mejilla. El cuento cierra con una frase que se aplica perfectamente a los hechos de las marchas de febrero de 1971 y a otros crímenes de las violencias en Colombia: “Pero mañana no va a salir nada en el periódico.” (132)

El tercero y último de los Destinitos fatales es el más breve de todos, apenas 18 líneas. El protagonista del cuento es un “hombrecito”, un joven lector ingenuo y bondadoso que siempre anda con un grueso libro de Edgar Allan Poe porque: “Lo que pasa es que desde hace un tiempo para acá me di cuenta que yo vivo mi vida montado en un globo, y el libro de Édgar me sirve de lastre” (132). El chico está a punto de descubrir la crueldad.

Andrés Caicedo en su cine club. Dibujo de autor desconocido.

Angelitos empantanados o historias para jovencitos es una selección de cuentos compuesta por tres textos: I. El pretendiente (1972), II. Angelita y Miguel Ángel (1971) y III. Tiempo de ciénaga (1972). El cuento Angelita y Miguel Ángel (Caicedo, Destinitos 162-195) inspira el filme del mismo nombre, el relato se narra de forma polifónica con las voces de Angelita, del invitado Solano Patiño y de Miguel Ángel. La historia tiene varias alusiones de Andrés Caicedo a los textos y películas que le gustaban: Berenice es el nombre de la prostituta de la que Miguel Ángel se enamora, un mujer de quien le obsesionan sus dientes como en el cuento de Edgar Allan Poe; Irma La Dulce, es el nombre de un filme y un personaje que Billy Wilder (1906-2002) creó en 1963, y es la manera con la que Miguel Ángel se refiere a su madre, una mujer que no se levanta de la cama; y hay varias referencias a cuentos de terror en frases como “Ya por esa época Antonio Rodante había aparecido muerto de miedo” (188) y en “El ventanal de la bella Abigail Smith” (186) hay un fantasma, la esposa de don Carlitos Valderrama Rincón a la que “los policías dicen que todavía ven” (186). La presencia de la literatura gótica está en varios momentos, como en las descripciones de la casa de Miguel Ángel que está llena de recovecos y que tiene “la ventana por la que no entraba la luz” (173), como dice el protagonista al hablar de la habitación de su madre.

El más importante texto que Andrés Caicedo escribió en 1971 es El atravesado, la primera obra que publicó de manera independiente como un libro de tapas amarillas cuya impresión su madre le regaló por su cumpleaños en 1975. El atravesado es un largo cuento que Andrés Caicedo y otros (como Juan Gustavo Cobo Borda, 21) [3] han llamado una novela breve, un texto donde también se ve una Cali llena de violencia y desigualdades, aunque la Cali de esta historia se descose desde el centro de los colegios y de las familias que pueden educar a sus hijos. El atravesado es un vistazo a los muchachos que a través de la violencia se marginan de una ciudad que con sus poderosos agroempresarios, sus nuevos edificios y sus Panamericanos era una promesa de desarrollo:

“… y me pasé oyendo los disparos y los gritos, el último disparo que sonó a las 4, el último grito el de Edgar cuando encontró a su Rebeca tirada en una de las mesas del Mónaco con seis tiros en el cuerpo y mojado en aguardiente todo el cuerpo. Y le habían metido entre las piernas un papel en el que se leía Dejamos a Edgar Piedraíta vivo para que recuerde esta noche y para que aprenda. Miguel Urrea Jr.” (Caicedo, Atravesado 29)

Aún no eran los años de la guerra contra el narcotráfico, después las cosas se pondrán mucho peor.

Gabriel Eliajek-Rodríguez ha hecho una brillante investigación sobre el desarrollo del gótico y su presencia en las artes americanas, la “tropicalización del gótico”, como dice en su libro, y ha dedicado un largo espacio a la obra fílmica del Grupo de Cali, pero el rastro gótico también se encuentra en la literatura de Caicedo, tanto en los cuentos que ya se mencionaron como en El atravesado donde la realidad desbordada de las pandillas que pelean y de la sangrienta “limpieza social” son momentos de una pesadilla documental que se combinan con otros de completa ficción cuando el protagonista se arrastra por una caverna húmeda en la que encuentra a una araña gigante que mata a puñaladas. La búsqueda gótica de Andrés Caicedo se inicia con las sombras de la realidad: con el monstruo de las calles, el monstruo del zarzo, y el monstruo de los libros y la sala oscura.

.

2. EL MONSTRUO EN LAS CALLES

.

En su columna dominical del periódico El Espectador recuerda Esteban Carlos Mejía:

“Corría el último cuatrienio del Frente Nacional. El presidente era Misael Pastrana Borrero y el ministro de Educación, Luis Carlos Galán, recién graduado. Más de 30 instituciones superiores y colegios de bachillerato salieron a protestar, encabezados por la Universidad del Valle. Marchas multitudinarias, iracundas, cargadas de desprecio por el orden establecido. El viernes 26 de febrero de 1971, en Cali, los manifestantes fueron interceptados por la Policía (Dios y patria) y por el Ejército (Patria, honor, lealtad): ocho muertos y 47 heridos, según El País, periódico godo como pocos.”

Así como uno de los recuerdos más importantes del año 2021 será la explosión de un descontento social que entre otras manifestaciones está teniendo más de un mes de marchas y paros en un centenar de municipios con eventos de apoyo en una docena de países, también el año 1971 se recuerda en Cali como una fecha en la que los jóvenes se tomaron las calles. De este hecho dejó registro Carlos Mayolo en su cortometraje Una experiencia (1971) y Andrés Caicedo en su cuento El atravesado que cierra con estas líneas:

Portada de la primera edición de El atravesado. Dibujo de Andrés Caicedo basado en la carátula de un disco de los Rolling Stones.

“El 26 de febrero prendimos la ciudad de la Quince para arriba, la tropa en todas partes, vi matar muchachos a bala, niñas a bolillo, a Guillermito Tejada lo mataron a culata, eso no se olvida. Que di piedra y me contestaron con metralla. Que cuando hubo que correr corrí como nadie en Cali. Que no hay caso, mi conciencia es la tranquilidad en pasta, por eso soy yo el que siempre tira la primera piedra.” (Caicedo, Atravesado 59)

Para reflexionar sobre los sucesos de 1971 y 2021 el Museo La Tertulia de Cali desarrolló en mayo del año 2021 una conversación por Internet de la que hicieron parte Katia González, Mauri Balanta, Indira Gironza y Rosario Caicedo, la hermana de Andrés Caicedo. Al inicio de esta conversación que se tituló Cali 71/21, Tiempos de revuelta, Rosario Caicedo leyó algunas frases de El atravesado que recuerdan el descontento de 1971, como: “Porque ahora, con la administración de este presidente joven la policía se ha estado metiendo tanto en todo que ya uno ni puede andar por allí tranquilo… ¿Cómo va a ponerse triste uno si la policía no lo deja?” (Caicedo, Atravesado 58).

Durante el encuentro Cali 71/21 fue evidente que las causas del malestar social que se hizo manifiesto en 1971 también hacen parte de la obra de Caicedo, en la conversación Mauri Balanta dijo: “En Cali se han prolongado de manera contundente las relaciones coloniales (…) Cali ha tenido una lógica marginalizadora de otras poblaciones, incluyendo la negra aunque desde las oleadas de migraciones de los setentas es un enclave afrocolombiano.” Y en la misma charla añadió la documentalista Indira Gironza:

“El proyecto de la élite vallecaucana: goda, derechista y terrateniente ha definido el Valle del Cauca y eso determinó el baño de sangre de los años cuarentas en esta tierra. El suyo ha sido un proyecto pasado por sangre que hizo que en los treintas, cuarentas y cincuentas Cali fuera un epicentro del desplazamiento a consecuencia del despojo de tierras.”

Las afirmaciones de Balanta y Gironza coinciden con las de Katia González que en ese evento de La Tertulia mencionó la obra de Arturo Alape y su novela Noche de pájaros como una referencia donde pueden verse las razones del terror nocturno y del descontento social, Alape dejó constancia de las noches de Cali durante la Violencia, un tiempo en el que la capital estaba en toque de queda y los pájaros recorrían los municipios haciendo asesinatos selectivos. González recordó una expresión de la Violencia: “Azular la cordillera” (expulsar o asesinar a los liberales en las montañas), un eufemismo detrás del cual hay centenares de historias de sangre con sus consiguientes desplazamientos hacia la capital del Valle del Cauca, entre otras ciudades. Ese eufemismo es una de las muchas manifestaciones de lo que la tierra ha sido en Colombia: el objeto central de disputa y de despojo a los campesinos, primero por terratenientes y luego por narcotraficantes, según señaló González en su charla. Ese rastro de sangre estuvo vivo en muchas personas de la época de Caicedo y ha dejado huella en el espíritu de Cali, pero también dejó imágenes macabras en la prensa: el fotógrafo Eduardo Carvajal, amigo de Andrés Caicedo, lo recuerda en el documental Balada para niños muertos: “Nosotros veíamos las fotos del diario Occidente”.

Cali es una ciudad dividida: en 1971 se decía que eran dos ciudades a las que separaba la línea del ferrocarril. Hoy las fronteras son diferentes, pero existen, como se ha visto en las marchas, bloqueos y enfrentamientos del 2021. La ciudad dividida es tema central en Angelita y Miguel Ángel, el inconcluso filme de Caicedo, y es una imagen frecuente en sus cuentos del 71.

En la charla Cali 71/21 se mencionaron otros elementos relevantes en la historia de las manifestaciones populares de la capital del Valle del Cauca: la fortaleza del partido comunista de la época, el reconocimiento de la importancia de los sindicatos y los movimientos estudiantiles que durante la dictadura de Rojas Pinilla le hicieron una fuerte oposición que incluso fue avalada por los empresarios vallecaucanos quienes como tampoco comulgaban con el general le dieron a estos jóvenes el tratamiento de “Héroes de la democracia”, y el hecho de que en el contexto colombiano en esa época Cali fuera una ciudad mucho más conectada con lo que pasaba en otras partes, que fuera una ciudad diversa y capaz de resonar con lo que pasaba en otros países.

No es una casualidad que 1971 sea el año en que Cali fue la sede de los VI Juegos Panamericanos. “Ningún evento deportivo es inocente, son siempre eventos políticos”, dijo Katia González en el foro del Museo La Tertulia, y remató Yefferson Ospina, el moderador del evento: “En 1971, con una creciente desigualdad y descontento social en Cali, las élites necesitan hacer un evento mediático como los Juegos Panamericanos.”

Entre problemas estructurales y tragedias fortuitas la vida de Andrés Caicedo, como la de todos los caleños, ha sido tocada por la pólvora y la sangre: El 7 de agosto de 1956 a la 1:07 en el centro de Cali explotaron siete camiones militares que causaron la destrucción de varias manzanas y la muerte de decenas de personas. Al respecto dijo Rosario Caicedo en el documental Balada para niños muertos: “Andrés iba a cumplir 5 años cuando sucedió la explosión… Cuando estábamos en la calle vimos pasar un camión lleno de muertos, uno sobre otro y uno sobre otro y Andrés empezó a llorar.”

.

3. EL MONSTRUO EN EL ZARZO

.

La obra de Caicedo está permeada por las violencias nacionales y las violencias urbanas de Cali, aunque Andrés Caicedo y su familia no pasaron hambre, no fueron perseguidos políticos y no tuvieron que matar para sobrevivir. A pesar de todas sus fortunas, Andrés Caicedo fue sensible al desastre nacional y se sumergió en la caverna de los malos sueños colombianos, aunque lo hizo de la mano de un Edgar diferente al de El atravesado (lo hizo junto a Edgar Allan Poe), y de la mano del cineasta Roger Corman, entre muchos otros.

La familia materna de Andrés Caicedo tenía fortuna, y aunque su padre no era tan poderoso como su abuelo materno, a los Caicedo Estela no les faltaba nada. A pesar de su buena suerte la familia había sido marcada por una tragedia: la muerte de Francisco, el hermano menor de Andrés, que sufría de hidrocefalia y de espina bífida, y que murió cuando Andrés tenía siete años y el pequeño apenas dos. Según relata Rosario Caicedo, hermana de Andrés, en el documental Balada para niños muertos, la cabeza de este pequeño era gigante y su vida fue un continuo dolor: “Yo recuerdo los dos años de vida de Francisco José, de ‘Pachito’, como nosotros lo llamamos, como una pesadilla”, un dolor familiar que marcó a la madre y al hijo, según dice en ese mismo documental la cineasta y ex novia de Andrés Caicedo, Patricia Restrepo:

“La madre es la que posibilita el amor y la felicidad y cuando se tiene una madre ambivalente, en una tragedia, una madre que a la vez es triste y amorosa, creo que lo que crea es un héroe ambivalente, un héroe trágico que es lo que es Andrés. Él estructuró su psiquis alrededor de una tragedia.”

Andrés Caicedo creció como una persona que tartamudeaba, era un joven tímido, un lector y cinéfilo voraz, al que poseía una inquietud que siempre parecía estarlo llevando a un lugar diferente del que ocupaba, como dijo Luis Ospina en Balada para niños muertos: “Era muy difícil hablar con él porque siempre estaba afanado, siempre parecía que tenía que ir a otra parte”. Antes de morir, Andrés Caicedo había pasado por dos hospitalizaciones debidas a desórdenes psiquiátricos y a un intento de suicidio. En una de esas hospitalizaciones su novia de entonces, Patricia Restrepo, lo visitó con frecuencia y trató de construir con él los planes de una vida juntos, pero se impuso su voluntad de vencer a la muerte por el camino que definió en sus cuadernos: “Tú, premedita tu muerte también, es la única manera de vencerla.”

En la edición de Cara y Cruz de El atravesado Patricia Restrepo había definido el paso de Andrés Caicedo por el mundo de la siguiente manera:

“Yo pienso que Andrés tenía el horror por dentro, Andrés vivía en un mundo interior de mucho sufrimiento, de mucho temor, de mucho terror hacia la vida. Pienso que Andrés era una persona muy vulnerable y con mucho miedo, era como si estuviera en una burbuja de terror.” (34)

Andrés Caicedo se suicidó el 4 de marzo de 1977, pero hizo del 1971 el primer año en que sin abandonar su burbuja encontró varias maneras para compartir sus pesadillas y con ellas transformar la historia de las artes en Colombia.

.

3. EL MONSTRUO EN LOS LIBROS Y EN LA SALA OSCURA

.

Afiche del filme The Raven (1963) de Roger Corman.

Andrés Caicedo participó de varias excepciones: fue parte de una pequeña comunidad en una nación atomizada, sembró películas en un país de muy poco cine y escribió una literatura libre en un continente con letras apegadas al realismo decimonónico, o deslumbradas por revoluciones políticas y por el boom literario latinoamericano. Hay otras excepciones, pero para terminar esta pequeña enumeración habría que agregar una más: con su suicidio Andrés Caicedo fue consecuente con su palabra.

Caicedo, sus amigos y Cali son aves raras en la historia de las artes colombianas. Andrés Caicedo por un tiempo participó del grupo literario Los dialogantes, tuvo algunos proyectos con el Teatro Experimental de Cali (TEC[4]), en 1971 creó el Cine Club de Cali y ese mismo año fundó junto con Hernando Guerrero el Centro Cultural Ciudad Solar. Fue alrededor de ese cine club y de esa casa, y de las actividades que desde ambos proyectos se desarrollaban que se reunió una generación de artistas, lectores y cinéfilos que incluyó a Ramiro Arbeláez, Carlos Mayolo y Luis Ospina, entre muchos otros.

Andrés Caicedo hizo parte del Grupo de Cali, del Caliwood, un nombre que la ciudad hubiera podido recibir desde los comienzos de la modesta historia del cine colombiano: en 1922 en el Valle del Cauca se filmó el primer largometraje de ficción que tuvo reconocimiento internacional (Maria, dirigida por Alfredo del Diestro), una adaptación de la novela de Jorge Isaacs, en esa misma década se realizó Garras de oro (P.P. Jambrina, 1926), el más logrado largometraje de la historia del cine silente colombiano, y en 1941 se rodó el primer filme sonoro del país (Flores del valle, dirigida por Máximo Calvo). En un país sin industria cinematográfica y sin público para su cine, estos hechos son extraordinarios, y lo son tanto como la obra fílmica de dos compañeros de Andrés Caicedo: Luis Ospina[5] y Carlos Mayolo[6].

En 1971 no se estrenó ni un solo largometraje de ficción colombiano en salas de cine, toda la producción nacional fueron unos cortos y unos pocos documentales: 14 cortometrajes y cuatro largometrajes documentales[7]. Muchos de esos documentos fueron las típicas “postales” nacionales, pero entre esos filmes hay algunos cuya mención es relevante aquí por su importancia cinematográfica o porque tienen que ver con la situación de Cali en esa época, y con la vida y obra de Andrés Caicedo: el largometraje Cali, ciudad de América de Diego León Giraldo[8], una cinta que muestra la sensación de progreso que en esos años llenaba a la capital del Valle del Cauca; el cortometraje ¿Qué es la democracia? de Carlos Álvarez, cinta que en varios libros de historia del cine aparece como representante del Nuevo Cine Latinoamericano hecho en Colombia, filmes que en el país hacían parte de lo que se llamaba el Cine Marginal o el Cine Político; Historia del TEC, cortometraje de Pedro Rey sobre este grupo caleño; El desconcierto de Ancón, corto de Diego León Giraldo sobre el evento al que algunos coloquialmente se refieren como el “Woodstock colombiano”; Iglesia de San Ignacio y Monserrate, dos cortometrajes bogotanos de Mayolo, el segundo realizado con Jorge Silva; y el clásico del cine nacional Oiga Vea de Luis Ospina y Carlos Mayolo, un cortometraje al que me referí en la primera parte de este ensayo. En ese año Mayolo también rodó el corto Una experiencia, que presenta las marchas caleñas de febrero de 1971 y que es, en palabras de Beatriz Caballero, la pareja que acompañó a Mayolo hasta su muerte: “[una] filmación de pedreas y peleas estudiantiles que abre un nuevo segmento en el que entranUmberto Valverde, la salsa y Cali” (Caballero, 10).

Foto de Carlos Mayolo en la portada del Cuaderno de Cine Colombiano – Nueva Época No. 21 de la Cinemateca de Bogotá.

La relación de Andrés Caicedo con la sala oscura fue apasionada y tuvo descendencia: un cine club, una revista de crítica cinematográfica (Ojo al cine, una revista de 5 números que circuló entre 1974 y 1976), un filme inconcluso basado en un guion suyo y otros dos guiones que trató de vender en Hollywood. En 1971 Andrés Caicedo y el cine dan a luz a su primer vástago: el Cine Club de Cali en el Teatro San Fernando que se inicia con una película de Jean Luc Godart, y paralelamente tuvieron un segundo retoño que es el guion del que nace Angelita y Miguel Ángel, un filme incompleto, una especie de aborto que a pesar de no haber terminado su gestación es un claro representante del universo caicediano y del Gótico tropical, la estética de la que harán parte varios largometrajes de Luis Ospina y Carlos Mayolo.

El filme Angelita y Miguel Ángel está basado en el cuento homónimo. Con la misma obsesión con la que emprendía todo, Andrés Caicedo inició la tarea de producirlo y realizarlo, y para su dirección se asoció con Carlos Mayolo quien ya había realizado algunos comerciales y documentales en Bogotá y Cali. La historia del filme es la de Miguel Ángel, un joven que vive encerrado con su mamá y su hermano en una casa grande y decadente. Miguel Ángel se enamora de Angelita y empieza con ella un romance. En una de sus primeras citas ambos se encuentran con un joven del sur de la ciudad que decide robarlos después de un malentendido en el que los novios creen que el muchacho los quiere asaltar. Tras la pelea y el robo los fragmentos que se filmaron de la película ofrecen tres finales posibles, el primero está escrito en el guion: “Angelita se lo lleva cogido de la mano. Es que lo arrastra, se lo quiere llevar, lo quiere hundir en el monte; comenzar a vivir ambos en un infierno verde porque el mundo acaba de empezar”; en el segundo final, que rodó Carlos Mayolo contrariando los deseos de Caicedo, el joven del sur regresa a su cuadra y se encuentra con su novia y ambos montan con el producto del robo un cine club para la gente del barrio, en este caso el final incluye registros documentales que concluyen con los rostros de unos niños disfrutando la película; y el tercer final que uno escoge Luis Ospina como cierre del documental que le dedica a Angelita y Miguel Ángel, en este corte el joven del sur y su novia se van a bailar salsa, y el filme termina en un plano general de una discoteca donde la gente baila feliz y llena de energía, y en el centro de todos están el muchacho y su novia. En el documental de Ospina ese plano se acompaña con el siguiente texto que se desplaza sobre la pantalla:

“Y la película termina dejando larga

y profunda constancia de esta juventud

que baila

con maestría,

que golpea el mosaico,

que se une bailando.

Es la salsa y el sabor.

La alegría bajo el sol.

El rebusque por la vida.

La esperanza.

El grito de guerra.

La confianza y la fe

en el ancho mundo

que es el mundo de ellos.

Fin”

.

Documental Angelita y Miguel Ángel (1991) de Luis Ospina.

.

En el documental de Luis Ospina que también se llama Angelita y Miguel Ángel dice Jaime Acosta:

“En la película de Andrés, Miguel Ángel, su madre y su hermano viven en una casa y ese universo es prácticamente un universo cerrado, algo que él contaba frecuentemente de cómo se había quedado una clase en un estado de limbo, de aislamiento (…) Siempre entre rejas, siempre sin luz, siempre oscuro, que era la manera como Andrés concebía la situación de su clase.”

Además de ser guionista, codirector y productor de este filme, Andrés Caicedo actuó como el policía que cuida la casa de la familia de Miguel Ángel, y que además es una especie de empleado de servicios generales que despierta en la mañana a la familia, coge los mangos y barre el piso. Los miembros de la fuerza pública que cuidan las casas de familias poderosas son frecuentes en los cuentos de Caicedo, en este filme el personaje del agente además tiene un encargo cómico: un fragmento que se alcanzó a filmar es el del policía trepado en un árbol de mangos, cogiendo con torpeza los frutos mientras está a punto de caer, una secuencia que es un homenaje a uno de sus actores más admirados: el comediante estadounidense Jerry Lewis (1926-2017). De hecho todo el filme está lleno de referencias cinematográficas: Edgar, el hermano de Miguel Ángel, ha decidido vivir encerrado viendo películas viejas y mientras Miguel Ángel desesperado trata de encontrar el teléfono para hablar con Angelita, el hermano decide proyectarle un western; cuando el protagonista llega a recoger a Angelita a su casa tiene una fantasía diurna en que ella se baja los pantalones en la escalera que lleva de la sala al segundo piso, y le muestra vientre, calzones y piernas, luego de lo cual se ve un primer plano de Miguel Ángel con esos calzones en la cara, lo que es un claro homenaje al surrealismo y al Perro andaluz (1929) de Luis Buñuel (1900-1983).

La locación en la que se filman las secuencias de la familia se corresponde con los códigos del cine y la literatura gótica: es una casa grande, llena de habitaciones, con corredores amplios que dan a un patio, corredores enmarcados en arcos, una casa que parece una hacienda decadente. Las habitaciones tienen las contraventanas y batientes de madera siempre cerradas y las ventanas están cubiertas con cortinas. Todo está desordenado, las habitaciones están atiborradas con grandes muebles de distintas épocas, y lámparas y vasijas y retratos decimonónicos, también hay un par de proyectores de 16mm y muchos carretes de cine. Aunque uno de los planos que se filmaron del muchacho del sur es opresivo, y en él se le ve atrapado en una bodega de películas, el joven es un personaje que pertenece a otro mundo: es un mensajero que lleva películas de teatro en teatro a bordo de su bicicleta (“llegó la mentira en cinta”, dice cuando entrega unas en el Teatro San Fernando), su vida está en la calle, vive en un barrio popular y pedalea todo el día con sus zapatillas de cuero banco que tienen la imagen del Ché Guevara.

Andrés Caicedo en el papel del policía en su filme Angelita y Miguel Ángel.

Cuando los personajes de esos dos mundos opuestos, de esas dos Cali, se encuentran el conflicto es inevitable: a Angelita se le cae un pañolón blanco con el que Miguel Ángel quería hacerle un adorno en el cabello, y el chico del sur se acerca a recogérselo, pero la pareja retrocede asustada: “¿Es tu novia? Si querés que te devuelva el pañuelo tenés que darme 20 garras.” Al chico le faltan varios dientes y lleva una camisa oscura y vieja, mientras Miguel Ángel está bien peinado y anda con su mejor ropa. Miguel Ángel saca unos billetes del bolsillo y busca uno de veinte, pero el muchacho del sur se los arrebata todos: “¿Alguna vez has peliado por moneda?”, le pregunta amenazante e inicia una pelea que concluye cuando derriba de un cabezazo a Miguel Ángel, tras lo cual se acerca a Angelita y le dice: “Tan fea que es la violencia, ¿no?”

Sobre el rodaje de Angelita y Miguel Ángel dijo Luis Ospina en Balada para niños muertos:

“Él [Caicedo] no tenía conocimientos técnicos y necesitó a alguien que sí lo tuviera, pero yo intuí que ese matrimonio [entre Carlos Mayolo y Andrés Caicedo] no iba a funcionar, yo no estaba, a mí me llegaban las cartas, y Andrés llegó a la conclusión que él no estaba hecho para hacer cine, para ese trabajo colaborativo, que lo suyo era la escritura, el trabajo solitario. Él escribía muy temprano en la mañana, a solas y disfrutaba estar solo.”

Luis Ospina y Carlos Mayolo fueron esenciales en la vida de Caicedo, en Luis Ospina encontró una cinefilia más voraz y erudita que la propia, y en Mayolo otra cinefilia que también era la del cineasta que quiere rodar y la del joven con vocación revolucionaria que cree que el cine también puede ser una herramienta para cambiar la realidad. Esa combinación de cinefilia omnívora, literatura gótica, calles y cañadulzales ensangrentados y algo de impulso revolucionario los puso a los tres en una senda de creación que era inédita en Colombia y en el continente. Sobre Carlos Mayolo y Luis Ospina escribió el crítico peruano Isaac León Frías:

“… En una época en la que la seriedad e, incluso, la gravedad y el dramatismo eran moneda común (casi condición ‘sine qua non’) en los abordajes documentales, los caleños Mayolo y Ospina instalan el sentido del humor, la ironía y el carácter provocador en el corto Oiga vea, sin que eso disminuya la dimensión critica que este posee. Esa misma perspectiva se acentuará más adelante en Agarrando pueblo, lo que produjo en su momento la acusación de anarquismo e irrespeto a los realizadores…” (72)

¿Qué es la democracia?, el cortometraje que en 1971 realizó el bogotano Carlos Álvarez es un buen ejemplo de ese cine lleno de gravedad y dramatismo.

Carlos Mayolo estaba afiliado al Partido Comunista, hacía documentales y algunos trabajos publicitarios, Luis Ospina era un cinéfilo de tiempo completo que se formaba en California en la USC (luego se pasaría a la UCLA en donde por dos años se veían todas las películas posibles antes de tocar una cámara), y Andrés Caicedo era un autodidacta apasionado. Con sus diferencias Mayolo, Ospina y Caicedo compartían el sentido del humor y la intención de hacer un cine que mostrara su realidad a través de los géneros que admiraban. 1971 es el año de producción del primer y único filme que realizó Caicedo, cinta que codirigió con Carlos Mayolo pero que no pudo terminar precisamente por las diferencias entre ambos. En esta cinta hay de sombras bajo el sol hay un claro planteamiento gótico que luego en las manos de Ospina y Mayolo se consolidará como el Gótico tropical.

En 1967 Gabriel García Márquez publicó en Buenos Aires Cien años de soledad, y esa novela fue una de las más retumbantes explosiones del boom latinoamericano. Junto con esa influencia, había otras dos que atravesaban la prosa colombiana en la época de Caicedo: las novelas de la violencia y las de una literatura realista apegada a lo rural con obras magistrales como María (Jorge Isaacs, 1867) o La vorágine (José Eustasio Rivera, 1924), o las de Tomás Carrasquilla (La marquesa de Yolombó, 1928, entre otras). En palabras de Lucía Inés Mena citada por Miguel Zapata Ferreira “La novela de la violencia refleja la situación sociopolítica de Colombia durante las décadas del cuarenta y cincuenta [pero esta definición debe extenderse] a aquellas novelas que, remontándose a épocas anteriores, buscan a través de la historia las raíces de la violencia” (191). Augusto Escobar Mesa en Literatura y violencia en la línea de fuego afirma que hay 70 novelas de la violencia en Colombia, y que una de sus características centrales es que privilegian lo testimonial sobre lo estético, una posición que fue necesaria para dejar registro de los hechos en los que la historia oficial no quiso indagar. A pesar de sus recursos modernos la prosa de Caicedo no hace parte del boom, ni responde al romanticismo o al realismo del siglo XIX, ni a pesar de su violencia puede considerarse una de las novelas de la violencia. Andrés Caicedo rompió con esas influencias, así como el cine del Caliwood se apartó del Nuevo Cine Latinoamericano. Sobre la obra literaria de Caicedo escribió Gustavo Cobo Borda: “El lenguaje de Caicedo había cancelado de antemano toda deuda con el pasado y con el porvenir. Por eso, me imagino, se mató: de física euforia” (22)

Lo gótico está presente en la vida de Andrés Caicedo y atraviesa la totalidad de su obra, lo gótico es evidente en su película, en los pequeños cuentos de Destinitos fatales y en la cueva húmeda de El atravesado, entre otras referencias, pero también es evidente en su gusto por el cineasta estadounidense Roger Corman  (n. 1926) y el escritor Edgar Allan Poe (1809-1849). En la edición de Cara y Cruz de El atravesado anota Juan Gustavo Cobo Borda que Berenice, el cuento de Poe, es uno de los favoritos de Andrés Caicedo y que allí se encuentra la obsesión romántica (erótica, objetualizante) de un primo por su prima (183-192), actitud obsesiva que luego se volverá a ver en el filme de Mayolo Carne de tu carne, en varios de los cuentos que Caicedo escribió en 1971, y en el mundo oscuro, opresivo, encerrado y cargado de objetos que es propio del Gótico y del filme Angelita y Miguel Ángel.

Afiche deThe Masque of the Red Death (1964) de Roger Corman.

Roger Corman, productor de cine, guionista y director es el indiscutible maestro del cine de Serie B en los Estados Unidos y es uno de los héroes fílmicos de Caicedo. Roger Corman creó en 1960 un clásico del género, la película The Little Shop of Horrors, y rodó varias adaptaciones de los poemas y cuentos de Edgar Allan Poe entre los que se cuentan: House of Usher (1960), The Pit and the Pendulum (1961), The Raven (1963), The Masque of the Red Death (1964) y The Tomb of Ligeia (1964). La presencia de Edgar Allan Poe es frecuente en la vida de Caicedo y en sus trabajos de 1971, dos ejemplos: es un libro de “Edgar” el que le sirve de lastre al hombrecito que siente que vive su vida montado en un globo (Destinitos fatales III. 132), y en el cuento Angelita y Miguel Ángel Berenice es el nombre que Caicedo le da a una prostituta por la que Miguel Ángel deja a su novia y de quien sabemos, al final del cuento, que el protagonista ha guardado siete dientes blancos y la punta de sus senos.

Existe una comunión entre Andrés Caicedo y Edgar Allan Poe, no solo por el contenido y tono de sus obras, sino en algunos rasgos personales. Julio Cortázar escribió refiriéndose a Edgar Allan Poe una frase que podría aplicarse al mismo Caicedo si se piensa en su fragilidad personal, en la violencia de El atravesado y en la oscuridad sus obras: “El hombre que se dispone a escribir es orgulloso, pero su orgullo nace de una debilidad esencial que se ha refugiado, como el molusco ermitaño, en un caparazón de violencia luciferina, de arrebato incontenible.” (8). Y sobre la obsesión y el delirio de grandeza de Poe también escribió: “Le dirá al editor de Eureka que su libro es tan importante que la primera tirada tiene que ser de cincuenta mil ejemplares pues provocará en el mundo una revolución de incalculables consecuencias.” (9). Una actitud así se encuentra en Andrés Caicedo quien en 1973 viajó a los Estados Unidos de América con un guion bajo el brazo (La estirpe sin nombre) y allí escribió otro más (La sombra sobre Innsmouth). Caicedo esperaba vender ambos guiones a Roger Corman y en sus cartas de ese año le dijo a Luis Ospina y al crítico peruano Isaac León Frías, director de una revista de la que Caicedo era colaborador, que ambos guiones eran muy importantes, que ambos textos eran mejores que cualquier película de terror que ambos hubieran visto en esos años. Ninguno de los guiones se vendió y Caicedo no pudo hablar con Roger Corman, “No hay ángeles en Los Ángeles”, le dijo a su hermana Rosario.

Se necesita pasión para transformar los monstruos en algo que pueda trascender las pesadillas y cambiar la vida de otros, se necesita algo de ingenuidad para mantener esa pasión. En 1971 Andrés Caicedo tenía ingenuidad y pasión, y había empezado a vivir bajo sus propias reglas. En Balada para niños muertos, ante una pila de libros de Caicedo traducidos a media docena de idiomas, Luis Ospina le recuerda al público que la obra de Andrés Caicedo es trascendente porque supo representar la adolescencia por la que todos pasamos en todas partes del mundo. Eso es verdad, pero además es cierto que la prosa de Caicedo también está hecha con nuestras sombras y violencias, y que con su obra demostró que podemos poner a nuestros monstruos a jalar la carreta de la escritura.

.

Fotograma del documental Balada para niños muertos.

*Por:

JULIÁN DAVID CORREA

.

BIBLIOGRAFÍA

– Angelita y Miguel Ángel (Serie Rostros y Rastros). Dir. Luis Ospina. Documental. Producido por la Universidad del Valle et al. Colombia, 1991. Fílmico

– Balada para niños muertos. Dir. Jorge Navas. Documental. Producido por Telepacífico et al. Colombia, 2020. Fílmico.

– Birri, Fernando et al. Hojas de cine: Testimonios y documentos del Nuevo Cine Latinoamericano. Vol. I: Centro y Sudamérica. México DF: Fundación Mexicana de Cineastas, UNAM y SEP, 1988. Impreso.

– Bermeo Gamboa, L. C. “Se cumplieron 50 años del Cine Club de Cali creado por Andrés Caicedo, así fue su historia”. Cali: El País. 11 Abril, 2021. Gaceta. Impreso.

– Caballero, Beatriz et al. Carlos Mayolo. Bogotá: Cuadernos de cine colombiano, nueva época. No. 21. Ed. Cinemateca de Bogotá (IDARTES, Alcaldía Mayor de Bogotá), 2015. Impreso.

– Caicedo, Andrés. Destinitos fatales. Bogotá: Biblioteca de literatura colombiana. Ed. Oveja Negra, 1984. Impreso.

El atravesado. Bogotá: Colección Cara y Cruz. Ed. Norma, 1997. Impreso.

Andrés Caicedo, Cartas de un cinéfilo 1971-1973. Bogotá: Cuadernos de cine colombiano, nueva época. No. 10. Ed. Cinemateca de Bogotá (Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte, Alcaldía Mayor de Bogotá), 2007. Impreso.

Andrés Caicedo, Cartas de un cinéfilo 1974-1976. Bogotá: Cuadernos de cine colombiano, nueva época. No. 11. Ed. Cinemateca de Bogotá (Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte, Alcaldía Mayor de Bogotá), 2007. Impreso.

– Cobo Borda, Gustavo. “El corto verano de la anarquía”. En: El atravesado. Bogotá: Colección Cara y Cruz. Ed. Norma, 1997. Impreso.

– Correa, Julián David. “Una conversación con Jorge Navas sobre Andrés Caicedo”. Bogotá, 2021. Entrevista.

– Escobar Mesa, Augusto. “Literatura y violencia en la línea de fuego”. En: Literatura y cultura: narrativa colombiana del siglo XX: Diseminación, cambios, desplazamientos. Bogotá: Ministerio de Cultura, 2000. Impreso.

– Eljaiek-Rodríguez, Gabriel. Selva de fantasmas. Bogotá: Ed. Pontificia Universidad Javeriana, 2017. Impreso.

– Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano. Documentales colombianos en cine, 1950-1992. Bogotá: Ed. Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano et al, s.a. Impreso.

– Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano. Largometrajes colombianos en cine y video. Bogotá: Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano et al, s.a. Impreso.

– González, Katia y otros: Conversación Cali 71/21, Tiempos de revuelta. Cali: Museo La Tertulia, 2021. En: https://www.facebook.com/museolatertulia/videos/1352715345128238

– González Martínez, Katia. “La Ciudad de ‘unos pocos buenos amigos’. Blanco y negro: el periódico del 41 Salón Nacional de Artistas de Colombia y el 7 Festival de Performance de Cali. Cali: Ed. Ministerio de Cultura de Colombia et al. 2015 Impreso.

– León Frías, Isaac. El nuevo cine latinoamericano de los años sesenta, entre el mito y la modernidad fílmica. Lima: Ed. Fondo Editorial Universidad de Lima, 2013. Impreso.

– Mejía, Esteban Carlos. “Una rebelión mínima”. Bogotá: El Espectador. Columnas de opinión, 4 de junio de 2021. Impreso.

– Oiga Vea. Dir. Luis Ospina y Carlos Mayolo. Documental. Producido por Luis Ospina y Carlos Mayolo. Colombia, 1971. Fílmico

– Ordóñez, Luisa Fernanda. Ojo al cine: Instantáneas de la producción crítica del Grupo de Cali. En: https://luisospinafilm1.jimdo.com/archivo/grupo-de-cali/revista-ojo-al-cine/

– Ospina, Luis. “Cinemateca de Bogotá: Un espacio para ver en el tiempo”. En Revista Cinemateca: Edición especial temporada inaugural. Bogotá: Ed. Cinemateca de Bogotá (Idartes, Alcaldía Mayor de Bogotá), 2019. Impreso.

– Piglia, Ricardo. Teoría de la prosa. Buenos Aires: Ed. Eterna Cadencia, 2019. Impreso.

– Rivera, Jerónimo. Filmografía de cine colombiano. En: www.jeronimorivera.com.

– Zapata Ferreira, Miguel. “La casa grande en la construcción de la historia de Colombia”. En Estudios de Literatura Colombiana No. 16, enero – junio de 2005. Medellín: Ed. Universidad de Antioquia.

.

NOTAS DE PIE DE PÁGINA


[1] Aviso (“post”) del 4 de marzo de 2021 por los 44 años del suicidio de Caicedo.

[2] En entrevista realizada por Julián David Correa el 2 de marzo de 2021.

[3] Piglia en su clase de agosto de 1995 hace un par de afirmaciones sobre lo que puede definir una novela corta o nouvelle: que el autor o sus editores la hubieran publicado de manera autónoma y que tenga una extensión de entre 60 y 120 páginas, aunque admite que esa es una definición muy básica que ampliará más adelante. Según estos primeros rasgos que Piglia presenta El atravesado es una novela breve. Andrés Caicedo también llamaba a esta obra novela, tal como lo recuerda Rosario Caicedo en una conferencia realizada el 30 de junio de 2021 en la I Jornada de Cuento Colombiano.

[4] El TEC lo fundó en 1955 un grupo de estudiantes del Instituto Departamental de Bellas Artes y Enrique Buenaventura (1927-2003), director, dramaturgo e investigador teatral.

[5] Luis Ospina (1949-2019): Cineasta y cinéfilo, cursó estudios de cine en la Universidad del Sur de California USC y en la Universidad de California UCLA. Dirigió 35 películas entre las que se cuentan: Agarrando pueblo (1978), Pura sangre (1982), Soplo de vida (1999) y Todo comenzó por el fin (2015).

[6] Carlos Mayolo (1945-2007): Cineasta y cinéfilo, jamás estudió cine excepto por su participación en talleres y por su cinefilia. En una época realizó cuñas publicitarias y dirigió los filmes Agarrando pueblo (1978), Carne de tu carne (1983) y La mansión de Araucaima (1986), entre otros.

[7] Según los registros de la Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano.

[8] Cali, ciudad de América está fechado en 1972 según la Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano y en 1971 según el blog del profesor de la Universidad de la Sabana Jerónimo Rivera.

.

IMÁGENES Y VIDEOS

(1) Andrés Caicedo. Fotógrafo desconocido.

(2) Afiche del documental Balada para niños muertos (2020) de Jorge Navas. Producido por UVTV y otros.

(3) Boleta del primer ciclo de cine del cine club de Cali (1971)

(4) Ramiro Arbeláez, Andrés Caicedo y Luis Ospina en la cabina de proyección del Teatro San Fernando. Fotógrafo desconocido.

(5) Andrés Caicedo en su cine club. Dibujo de autor desconocido.

(6) Portada de la primera edición de El atravesado, publicado por su autor en 1975. El dibujo es de Andrés Caicedo y está basado en la carátula de un disco de los Rolling Stones.

(7) Afiche del filme The Raven (1963) de Roger Corman, producido por Alta Vista Productions, una de sus empresas.

(8) Foto de Carlos Mayolo en la portada del Cuaderno de Cine Colombiano – Nueva Época No. 21 que publicó la Cinemateca de Bogotá en el año 2015.

(9) Documental Angelita y Miguel Ángel (1991) de Luis Ospina, producido por UVTV, entre otros.

(10) Andrés Caicedo en el papel del policía en su filme Angelita y Miguel Ángel. Fotograma de la película dirigida y producida por Caicedo y Carlos Mayolo en 1971.

(11) Afiche del filme The Masque of the Red Death (1964) de Roger Corman, producido por Alta Vista Productions, una de sus empresas.

(12) Fotograma del documental Balada para niños muertos (2020) de Jorge Navas, producido por UVTV entre otros.

.

.

¡Comparta su viaje! ¡Comparta su lectura!

Espacio para sus opiniones

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.