Rostros negros en una pantalla blanca

Rostros negros en una pantalla blanca

ROSTROS NEGROS EN UNA PANTALLA BLANCA

AFROCOLOMBIANOS EN EL CINE COLOMBIANO*

Este ensayo es una lectura de la película Chocó (Jhonny Hendrix Hinestroza, 2012) y con esa lectura es una mirada a la creciente diversidad del audiovisual colombiano y a las maneras como ese cine ha representado a las culturas afrocolombianas.

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– Negra re mi vira

A ronde vá?

Quérate en mi rancho,

No te queje má;

Mira que me aflije

Tu infelicirá…[1]

Candelario Obeso:

Canto a mi ejposa.

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El 23 de febrero del 2012 en la plaza de la Aduana de Cartagena se instaló una gran pantalla blanca con un centenar de sillas, un proyector de cine y decenas de reflectores. Esa noche, en la primera fila se sentó Juan Manuel Santos, el presidente de Colombia, con su esposa a un lado y la ministra de Cultura al otro. Esa noche hacía calor, pero una brisa generosa refrescaba con el olor del mar. Cuando se inició la proyección apareció el título de la película: Chocó, y tras el título y los créditos los espectadores pudieron ver a un grupo que despedía a una madre muerta, gente de rostros negros y ropas blancas que cantaba alabaos y encendía velas. Esos rostros negros y el presidente Santos hacían parte de la inauguración del 52° Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias, el FICCI, un encuentro que se inició con el primer largometraje del director afrocolombiano Jhonny Hendrix Hinestroza, una cinta que un par de semanas antes se había proyectado en el 62o. Festival Internacional de Cine de Berlín, la Berlinale, en una ciudad sobre la que caían pequeños copos de nieve.

Proyección en la plaza de la Aduana.

Jhonny Hendrix Hinestroza nació en 1975 en Quibdó, la capital del departamento del Chocó, y estudió Comunicación Social en Cali donde creó una compañía de cine. A lo largo de su vida este cineasta ha ido a muchos festivales, pero esa fue la primera vez que presentó un filme en la inauguración del encuentro cartagenero y que pudo hablar en la plaza de la Aduana ante autoridades políticas y culturales; el presidente Santos, en cambio, aunque no ha ido a tantos festivales ha estado en primera fila en todas las inauguraciones del FICCI desde que fue elegido presidente en el año 2010. Santos ha apoyado el cine colombiano: en el año 2003 cuando era ministro de Hacienda del presidente Álvaro Uribe impulsó la aprobación de la Ley de Cine gracias a la cual se realizó Chocó, y en el año 2012 firmó una norma para fomento de la realización de películas internacionales en el país.

En la plaza de la Aduana, en una ciudad donde la mayor parte de la población es negra, por primera vez se escuchan alabaos desde una pantalla blanca. Chocó es el primer largometraje sobre afrocolombianos hecho por un afro, pero los alabaos y los gualíes, y otras músicas de los afrodescendientes sí han estado en otras pantallas, en los años ochentas llegaron a los televisores del país gracias a la serie documental Yuruparí (1983-1987) que dirigieron Gloria Triana y Fernando Riaño. En el 11o. capítulo de Yuruparí, Fernando Riaño presentó a la comunidad del municipio de Guineal a través del gualí, el ritual fúnebre con el que se despide a los muchos niños que anualmente mueren en el Chocó. El documental El Gualí empieza con un mapa de América en el que se resalta Colombia, y luego el departamento del Chocó donde se ubica con un puntito a Guineal, después de lo cual aparecen imágenes de la población compuesta por afrodescendientes y unos pocos indígenas que caminan por calles de barro bajo la lluvia. La voz en off de una mujer acompaña esas ilustraciones:

“Chocó, esquina noroccidental de América del Sur, territorio inhóspito, región de selva tropical lluviosa, considerada la segunda zona de más alta lluviosidad en el mundo después de Cherrapunjee en la India. Para la mayoría de los colombianos territorio misterioso y desconocido. La abundancia del oro y del platino exigieron la presencia de los negros traídos del África, quienes en tiempo de la Colonia fueron obligados a realizar la explotación. Hoy sus descendientes son más del 90% de la población chocoana…”

Imagen de la serie documental Yuruparí.

Las comunidades que llevaba la serie Yuruparí[2] a los televisores de Colombia estaban formadas por personas con grandes talentos, aunque el Chocó de El Gualí  se presenta como una tierra desconocida para el resto del país, una tierra atrasada, sin médicos ni “tecnologías modernas” donde la muerte se acompaña de cantos: “Y pensando como nos ha enseñado a pensar la civilización nos asombramos de la alegría aparente de los rituales funerarios del negro chocoano”, añade la narradora hacia la conclusión del filme. En este documental el pueblo de Guineal y el Chocó de los afrocolombianos se presentan como una tierra “incivilizada”, y eso a pesar de que la serie Yuruparí siempre quiso ser respetuosa con las culturas populares de todo el territorio nacional.

Frases peores a las de El Gualí e imágenes de atraso material o falta de iniciativa individual son comunes en filmes previos, como en Los Acevedo en el Chocó (de 1927, la primera aparición de los afrocolombianos en el cine nacional[3]) y en Gold Platinumde Kathleen Romelli (1937), en San Andrés, paraíso tropical (Dirección de Información y Propaganda del Estado, 1954), en Tierra amarga de Roberto Ochoa (1965) o El oro es triste de Luis Alfredo Sánchez (1973), cintas todas donde los afrocolombianos son parte de un paisaje exótico o son víctimas de una sociedad que merece ser criticada[4].

Los audiovisuales mencionados son los primeros en los que aparecen afrodescendientes y hacen parte de la colección de cine afrocolombiano que prepara la Dirección de Cinematografía del Ministerio de Cultura y que aún no se encuentra en circulación. Esta caja de películas incluye 193 títulos, con producciones que van de 1927 al año 2011. Estos filmes son diversos: reportajes, documentales, capítulos de series, cortometrajes y largometrajes, y muy pocos están dirigidos o producidos por afrocolombianos aunque todos tienen que ver con distintas realidades y manifestaciones de las culturas afrodescendientes en Colombia. Una situación muy diferente se presenta con la biblioteca de literatura afrocolombiana que publicó en el año 2010 el Ministerio de Cultura, en esta colección de libros también impera la diversidad: hay novelas, cuentos, poesía, ensayo y cantos y coplas populares, pero todos los autores son afrocolombianos. Esta biblioteca está formada por 19 títulos que pueden descargarse en PDF de la página de la Biblioteca Nacional de Colombia: La bruja de las minas de Gregorio Sánchez Gómez (1895-1942); Las estrellas son negras de Arnoldo Palacios (1924-2015); Changó, el gran putas de Manuel Zapata Olivella (1920-2004); No give up, Maan! ¡No te rindas! de Hazel Robinson Abrahams (n.1935); Vivan los compañeros, cuentos completos de Carlos Arturo Truque (1927-1970); Cuentos escogidos 1964-2006 de Óscar Collazos (1942-2015); Sobre nupcias y ausencias, y otros cuentos de Lenito Robinson Bent (n.1956); Cuentos para dormir a Isabela: tradición oral afropacífica colombiana, recopilados por Baudilio Revelo Hurtado; Cantos populares de mi tierra y Secundino el zapatero de Candelario Obeso (1849-1884); Tambores en la noche de Jorge Artel (1909-1994); Evangelios de hombre y el paisaje humano litoral de Helcías Martán Góngora (1920-1984); Antología íntima de Hugo Salazar Valdés (1922-1977); Obra poética de Pedro Blas Julio Romero (n.1949); Obra poética: Cimarrón en la lluvia, jornadas del tahúr de Alfredo Vanin (n.1950); Obra poética de Rómulo Bustos Aguirre (n.1954); Antología de mujeres poetas afrocolombianas, recopilado por Guiomar Cuesta y Alfredo Ocampo; Ensayos escogidos de Rogelio Velásquez (1908-1965), recopilación de Germán Patiño, y Manuel Zapata Olivella, por los senderos de sus ancestros, recopilación de Alfonso Múnera.

Portadas de algunos libros de la biblioteca de literatura afrocolombiana.

En la plaza de la Aduana la proyección avanza y tras el rito funerario el público ve unas fichas de dominó en primer plano y unas manos negras sobre mesas rusticas, y con esas imágenes se inicia la secuencia de un grupo de hombres que juegan hasta el amanecer frente a una tienda donde el propietario, un paisa trasnochado, trata de dormir. Uno de los jugadores está borracho y exige plata prestada para seguir jugando, pero ante la negativa de los amigos inicia una pelea que el grupo y el tendero disuelven sin violencia. El borracho es un tipo joven, alto y guapo, un músico que toca la marimba de chonta en fiestas populares, un padre apático que no aporta dinero para el cuidado de sus hijos, y que a veces golpea y viola a su mujer, como sucede esa noche cuando regresa a casa. La bella mujer de ese músico se llama Chocó y ella es la protagonista del filme. Chocó y el hombre tienen un niño y una niña, Jeffre y Candelaria, y ese día Candelaria cumple años y le pide a su madre un verdadero pastel en vez del pancito con una vela con el que Chocó la quiere celebrar. Chocó trabaja lavando la ropa de otras familias y batea oro en una mina que llevan unos blancos. Chocó gana muy poco, apenas lo básico para que ella y sus hijos puedan vivir, y para que los pequeños puedan estudiar, así que su reto de ese día y uno de los conflictos del filme será la búsqueda del dinero para pagar la torta. A lo largo de la cinta las cosas se pondrán cada vez peor para Chocó: ella descubrirá que su hombre se acuesta con otras y será despedida de la mina, el dueño de la tienda la acosará y le propondrá pagar el pastel con sexo, su marido le robará los pocos ahorros que tiene y la volverá a violar, y al final todos estos conflictos se resolverán de las formas más violentas posibles. También hay algo de belleza y paz hay en esta película: la conversación con una familia que batea artesanalmente y que le da trabajo a Chocó, la pequeña Candelaria disfrutando de su torta, la secuencia en la que el músico le enseña a su hijo Jeffre a tocar la marimba de chonta, la perfección de los cuerpos y los planos generales de un paisaje donde todo es generoso y verde. A pesar de esos momentos de belleza el filme es cruel y la sensación que deja es de tristeza, y esa seguramente era la intención del realizador y su coguionista: la historia comparte con el público el dolor de un pueblo. Quizá el topic de este filme sea que la suma de los abusos que han recibido los afrodescendientes a lo largo del tiempo puede llevar a una conclusión violenta, una hipótesis que no dejaría tranquilo a ningún gobernante ni a ningún colombiano.

La película termina, el presidente Juan Manuel Santos, su esposa y la ministra han visto la cinta hasta el final, como sucedió con los cinéfilos en Berlín y como sucederá en otras salas de cine. En el año 2012 Chocó no será la película colombiana más popular en los teatros, pero tendrá público: 31.605 espectadores[5], al mismo tiempo circulará por varios festivales de cine y luego se presentará en televisión, y casi 10 años después de su estreno hará parte de RTVCPlay, una de las dos plataformas estatales que ofrecen largometrajes, cortos y series en Internet. Chocó hace parte del canon cinematográfico nacional.

Tráiler de la película Chocó.

Chocó es una película necesaria para Colombia y sin embargo es una película con problemas, como el que su guion este saturado de “realidades” afrocolombianas: la riqueza de su música, la oposición entre la minería tradicional y la semi industrial que pertenece a los blancos, el desempleo, los blancos que abusan y controlan el comercio, la paternidad irresponsable, la violencia intrafamiliar, la objetualización de la mujer, la infancia sin futuro, la pobreza. Chocó es una película tan ambiciosa que su protagonista y el filme llevan el nombre de la capital de la Colombia africana, y ya se sabe que abarcar tanto es apretar poco.

Chocó se inicia con una pequeña secuencia musical que funciona como exordio, que emociona y que es clara en su propuesta: los espectadores están a punto de contemplar la intimidad de una comunidad afrocolombiana, y ese exordio es a la vez una suerte de párodo que anticipa el desenlace del filme. Ese es un gran comienzo que se complementa bien con la siguiente secuencia y con la belleza fotográfica de la pelea durante el juego de dominó, un pequeño drama que se desarrolla en un plano general constante en medio de las sombras; pero luego cojea la inventio, el desarrollo de los personajes y sus conflictos, y la inventio falla entre otras cosas por la falta de solidez del personaje principal: ¿cómo es posible que esa mujer que ha sido abusada toda la vida de un momento a otro se cobre esos abusos de maneras tan violentas, con maneras que incluso son violentas con ella misma? ¿Cómo es posible que esta mujer no piense en lo que podría sucederle a sus hijos por lo que está a punto de hacer? No parece haber un momento de anagnórisis, ninguna revelación para la heroína, sólo un cambio abrupto que resulta aún más increíble después de la conversación con la familia de los mineros en donde se sugieren otras posibilidades para la relación con su pareja. A pesar de sus intenciones el filme rompe con una regla aristotélica básica: “Más vale un verosímil imposible que un posible inverosímil”.

Las manifestaciones culturales afrocolombianas se deben preservar, son parte del patrimonio cultural de la nación y están en el alma de millones de personas, y es un hecho que existe el riesgo de que los alabaos y los gualíes, y todas las obras de las culturas afrocolombianas se disuelvan en el olvido. La antropóloga Natalia Quiceno recoge la siguiente frase en su libro Vivir sabroso: “A mi mamá no la entierran callada, me dijo una cantadora de Bellavista al contarme que su mamá se había vuelto evangélica, o de la religión, como les dicen en el pueblo.” (172). Al peligro de olvido y aculturación que representan las evangelizaciones, entre otras causas, se suma el que pocos afrocolombianos han sido dueños de las imágenes que los han mostrado en el cine y la televisión, así que se entiende lo que Jhonny Hendrix Hinestroza y su equipo han querido hacer con Chocó, una labor en la que quizá hay algo de catártico.

Fotograma de la película «María de los esteros»

“Las muertes negras no conmueven a la ciudad (…) La afrocolombianidad si acaso es un bien cultural como pasa en el Petronio Álvarez donde todos quieren ser negros y todos celebran el mestizaje, pero después se quitan el turbante y nadie quiere hablar de la pobreza, la injusticia o la violencia de la vida negra”, dijo Mauri Balanta en Cali 71/21, Tiempos de revuelta. Ante la evidencia de los esfuerzos de una parte de la sociedad por eludir un diálogo sobre los conflictos de los afrocolombianos, ante el riesgo de la aculturación y el olvido, y ante la histórica falta de acceso a los medios de comunicación, es comprensible que cuando un realizador afro conquista la oportunidad de expresarse cinematográficamente salte a esa ventana con la ambición de decirlo todo, pero ese mismo ha sido el defecto de otras películas a lo largo de la historia del cine nacional, con el resultado de que se obtengan filmes sin otra trascendencia que unas citas en libros de antropología o de la historia del cine.

Desde el rodaje de Chocó las cosas han seguido cambiando y cada vez hay más oportunidades para todos los cines colombianos, para esos cines que antes se guerreaban en medio de la desesperanza: la democratización tecnológica y el sistema estatal de apoyo a la cinematografía nacional que incluye formación al talento humano y financiación de obras en diferentes regiones del país han multiplicado las posibilidades de creación y el número de películas que se producen anualmente, y es gracias a esos cambios que son posibles escrituras audiovisuales cada vez más diversas.

Entre muchos hechos hay cuatro ejemplos que demuestran la creciente diversidad del cine nacional en la que lo afrocolombiano tiene espacio: en el año 2017 se estrenaron dos películas raizales de San Andrés y Providencia: Keyla (de Viviana Gómez, un drama familiar) y El día de la cabra (de Samir Oliveros, una comedia juvenil), y junto con esos largometrajes que pasaron por salas comerciales, cada vez hay más cortos que a través de distintas ventanas expresan los contrastes y contradicciones de las culturas colombianas, y entre ellas la existencia de un cine afrocolombiano que no se limita a la denuncia sino que explora el lenguaje cinematográfico y sus géneros. Dos muestras de esos cortometrajes son la melancólica María de los esteros (Eugenio Gómez, 2018), una cinta poética y de una sutil brutalidad que teje el rastro de la violencia en el Pacífico con la pesca de la piangua en los manglares, y El secreto del rastro (Reyson Velásquez, 2019), una historia sencilla técnicamente bien lograda que desarrolla una aventura de suspenso y brujería.

Alguna vez al hablar del largometraje Chocó, Gerylee Polanco, la productora de María de los esteros y de El vuelco del cangrejo (Oscar Ruiz, 2006), dijo que hay otras posibilidades, que nada cambia en la vida de Chocó ni en la de ninguna mujer con un final como el de esa película. Y es verdad, Gerylee Polanco tiene razón: existen otros finales posibles, la moira de los afrocolombianos no tiene que ser lo que hasta ahora han recibido, existen otros caminos y otras representaciones: el cine colombiano poco a poco va llenando las pantallas con rostros de todos los colores.

Fotograma de la película «Chocó»

*Por:

Julián David Correa

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BIBLIOGRAFÍA

– Eco, Umberto. Lector in fabula: La cooperación interpretativa en el texto narrativo. Barcelona: Ed. Lumen, 1993. Impreso digitalizado.

– González, Katia, Mauri Balanta y otros: Cali 71/21, Tiempos de revuelta. Cali: Museo La Tertulia, 2021. Video en Internet: https://www.facebook.com/museolatertulia/videos/1352715345128238

– Obeso, Candelario. Cantos populares de mi tierra. Colección Libro al Viento. Bogotá: Ed Gerencia de Literatura de Bogotá (FUGA, Alcaldía Mayor de Bogotá), 2009. Impreso.

– Paglialunga, Esther. Manual de teoría literaria clásica. Mérida: Ed. Universidad de los Andes, 2001. Impreso digitalizado.

– Quiceno Toro, Natalia. Vivir sabroso: Luchas y movimientos afroatrateños en Bojayá, Chocó, Colombia. Bogotá: Ed. Universidad del Rosario, 2016. Impreso.

– Riaño La Rotta, Fernando. El Gualí (16mm. Color. 25min.), documental de la serie Yuruparí. El Guineal y Bogotá: Audiovisuales, 1985. Audiovisual.

– Hinestroza, Johnny Hendrix. Chocó (35mm. Color. 80min.). Chocó y Cali: Antorcha Films y otros, 2012. Audiovisual.

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NOTAS DE PIE DE PÁGINA


[1] – Negra de mi vida; / ¿A dónde vas? / Quédate en mi rancho, / No te quejes más / Mira que me aflige / Tu infelicidad…

[2] La serie Yurupari ofrece un recorrido por Colombia a través de fiestas, celebraciones religiosas y expresiones populares de música, artes y oficios, y dedicó varios capítulos a los afrocolombianos de diferentes regiones del país.

[3] La familia Acevedo fue una de las pioneras del cine colombiano: de 1920 a 1955 los Acevedo realizaron varios largometrajes, y desde 1924 el Noticiero Nacional, un conjunto de cortos informativos de los que hace parte Los Acevedo en el Chocó.

[4] Una situación similar se dio con la representación de los pueblos indígenas en el cine colombiano. Para mayor información sobre este asunto se pueden ver los Cuadernos de cine colombiano de la Cinemateca de Bogotá, números 17A y 17B, Cine y video indígena: del descubrimiento al autodescubrimiento. Todos los Cuadernos y publicaciones de la Cinemateca se pueden descargar en PDF desde Internet.

[5] En un año en que la película colombiana más vista fue la comedia El paseo 2 con 480.771 boletas vendidas, y la menos popular fue Apatía con una taquilla de 3.770. Fuente: Anuario estadístico del Ministerio de Cultura de Colombia.

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Imágenes: (1) La actriz Karent Hinestroza interpretando a Chocó en la película del mismo nombre. Afiche. (2) Foto del periódico El Universal de una proyección en la plaza de la Aduana durante el 53o. FICCI. (3) Afiche de la serie documental Yuruparí. (4) Algunas portadas de la biblioteca de literatura afrocolombiana. (5) Fotograma del filme María de los esteros. (6) Fotograma del filme Chocó.

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