El cine LGBTIQ+ y lo LGBTIQ+ en el cine no son fenómenos nuevos: a pesar de las censuras religiosas y las censuras políticas las cinematografías del mundo quieren representan a toda humanidad. La primera película queer de la que se tiene registro en Occidente se realizó en Alemania en 1919, se trata del largometraje Anders als die Andern de Richard Oswald, una cinta que se sigue proyectando en todo el mundo y que se presentó en el Ciclo Rosa de Colombia gracias a los buenos oficios del Goethe Institut.
Son miles las películas y son centenares las investigaciones que abordan este tema, como el bien conocido título The Celluloid Closet: Homosexuality in the Movies (de Vito Russo, primera edición en 1981), un libro muy interesante aunque sólo se ocupe del cine de los Estados Unidos de América. Y es que, aunque Hollywood atrae la mirada de muchas personas que investigan la historia del cine, también existen los libros dedicados a cineastas LGBTIQ+ del mundo o a cinematografías específicas e, incluso, hay algunos títulos que abarcan conjuntos más amplios como el libro New Queer Cinema. The Director´s Cut de B. Ruby Rich, una publicación del año 2013 que realizó la Duke University Press, esta investigación presenta la evolución del cine LGBTIQ+ en las últimas décadas del siglo XX y en los comienzos del XXI, y aunque su eje es el mundo angloparlante también presenta cineastas de otras procedencias: el taiwanés Ang Lee, el tailandés Apichatpong Weerasethakul, los franceses Ozon, Téchiné y Collar, junto con los mexicanos Julián Hernández, Ripstein, Hermosillo y Leduc.
Con distintas formas siempre han existido películas LGBTIQ+, pero nunca antes como ahora ha habido tanta diversidad de estéticas y calidades, y tanta circulación para esos filmes. ¿Qué efectos tienen esa abundancia de festivales y recursos invertidos en el cine queer? Esa es una de las preguntas con las que se inicia el libro de B. Ruby Rich, que a lo largo de sus capítulos explora las estéticas, el contexto y el desarrollo de las obras de medio centenar de cineastas. Como una invitación a la lectura de New Queer Cinema. The Director´s Cut Geografía Virtual publica el capítulo ¿Qué es una buena película gay? (40-49), texto que había aparecido originalmente en la revista Out 60 en 1998 y que da inicio a “Origins, Festivals, Audiences”, la primera parte del libro.
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¿QUÉ ES UNA BUENA PELÍCULA GAY?
Por:
B. Ruby Rich
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Cada año, cuando llega la temporada de festivales de cine de gais y lesbianas, veo a esta animada comunidad aparecer en público para celebrarse. La locura de la marquesina gobierna, las obsesiones del celuloide se alternan con la esperanza de encontrar celebridades y de obtener la satisfacción garantizada de un viaje en crucero. El público queer quiere entretenerse, pero muchos todavía escanean las películas buscando valores positivos: se preocupan por las lesbianas que mueren en la pantalla (“¡No ese viejo estereotipo otra vez!”), y lamentan la previsibilidad de la moda de los guiones convencionales (“¡No otro mejor amigo maricón!”). El público prefiere las películas de chica-con-chica y chico-con-chico, donde el corazón se encuentra con el corazón y la carne se encuentra con la carne y, sin embargo, me siento cada vez más aislada en la oscuridad, separada por el dique que ha levantado la crítica en mi cerebelo. Espero, temiendo otra mala película, que el cuerpo en el asiento de al lado vitoree, y temo que la mediocridad gobierne ahora que han caído las barricadas (1).
Casi siempre cierro la boca. Refunfuñar sobre la comercialización, sobre la venta o sobre seguir la corriente dominante, sobre volverse “mainstream”, son todas el tipo de razones que esgrimen los radicales que quieren volver a marginalizar a nuestra comunidad, ¿no es verdad? ¿No ha pasado poco tiempo desde que era imposible encontrar esas imágenes en las pantallas de cine? No hace mucho tiempo el principal problema era la invisibilidad y su consecuencia: un triste vacío de la imaginación y del mercado. Pero no estoy segura de que me guste este momento actual, cuando tenemos un mercado sin imaginación. ¿Nadie ha notado que es necesario hacer algunas distinciones entre películas que complacen y películas que inspiran, entre nuestro más alto denominador común y nuestro más bajo? ¿Dónde están nuestros estándares culturales? ¿Y cuáles son esos estándares, de todos modos?
En la legendaria década de 1970, cuando comenzaron los primeros festivales de cine de gais y lesbianas, y la primera ronda de películas homopolíticas con consciencia de sí y franqueza empezó a proyectarse en las salas de cine, el acto mismo de identificación con esas películas era profundamente ideológico, y con ello se estableció un modelo. Todo tuvo lugar al margen, desconectado de la cultura popular dominante tanto por elección como por exclusión. Esta cultura de oposición estaba profundamente ligada a los debates políticos de la época, con el objetivo de erradicar el “prejuicio” e inculcar el “orgullo”. El énfasis estaba en lo documental, la agenda eran los derechos civiles y el estatus dependía de reclamar una identidad como clase oprimida. Cierto, también eran los tiempos de la celebración y la sexualidad, ya fuera gracias a Olivia Records o al sexo en la trastienda, ya fuera gracias al “cruising” en los muelles o gracias a los encuentros en los eventos de mujeres, pero las contradicciones permanecían fuera de la pantalla.
Los momentos de origen siempre proyectan una larga sombra. Hoy en día, los audiovisuales queer todavía tienen un derecho de nacimiento vinculado al cordón umbilical posterior a la gestación de Stonewall. Hay una generación mayor que espera que las películas y los videos sigan una línea eternamente prescrita de rectitud y legitimidad, mientras que las generaciones nuevas y necesitadas reciclan lo viejo y agregan sus propios requisitos. Estos públicos queer quieren una cultura de la afirmación y películas que les den validez: obras que refuercen su identidad, muestren su respetabilidad, combatan la injusticia y mejoren su estatus social. Esos públicos quieren un poquito de novedad pero nada demasiado novedoso; algo sexy, sin duda, pero con énfasis en el romance; algo con estilo pero fiablemente realista y no demasiado exigente; nada deprimente o demasiado revelador; y con finales felices, por supuesto. Es un público que quiere, no diferencia ni desafío, sino un reflejo en la pantalla de su mejor versión colectiva. Parte de la audiencia también quiere valores de producción más altos que los que el cine independiente pueden ofrecer: un Hollywood queer, películas para comer crispetas en una divertida noche de sábado.
Pero soy una chica rebelde de la vieja escuela. Me encantan las películas que van al límite, trastornan las convenciones, desafían las expectativas, dicen lo indecible, me agarran del cuello y me sorprenden con algo que nunca había visto. «¡Eso no es lo que queremos!», gritan los pies que salen del teatro durante mis películas favoritas. ¿Y quién puede culparlos? ¿Por qué debería esperar más del público queer que de cualquier público heterosexual que se divierta en los multiplex? Pero lo hago. Por desgracia, hoy en día, si el mundo retratado por una película es ajeno o no deseado, si la mirada es oscura en lugar de luminosa, si hay una tragedia al final del túnel en lugar de un abrazo o una salida del clóset, entonces público queer se niega a aceptarlo. «¡No, ese no soy yo!», gritan silenciosamente mientras salen del teatro enojados. Y la película sufre el boca a boca hostil que es veneno en la taquilla.
Por supuesto, no se puede culpar del problema simplemente a las audiencias de gais y lesbianas. Los ejecutivos de los estudios de Hollywood tampoco se imaginan producir películas innovadoras para calentar mi corazón. En el Outfest de Los Ángeles, en 1994, moderé un panel de ejecutivas y productoras de estudios lesbianas, cuyas rubias novias se sentaron en la audiencia aplaudiendo. Las ejecutivas predijeron la próxima ola de películas de género híbrido: “comedias románticas lésbicas” que ellas estaban muy ocupadas tratando de conseguir para sus empresas. Ni uno solo de esos proyectos de película salió del infierno del desarrollo. Había insistido en titular el panel «El minuto lésbico llega a Hollywood» porque pensé que era más o menos lo que duraría. Lamentablemente tuve razón (2). La cineasta Elaine Holliman me dijo que recordaba haber ido de estudio en estudio con una actriz vestida con un traje de novia, presentando una comedia romántica basada en su cortometraje documental Chicks in White Satin (1994). ¿El resultado? No hubo luz verde, pero les di la idea de My Best Friend´s Wedding (3). En Hollywood, incluso la comedia romántica lésbica que me perece más básica empuja demasiado lejos los límites y no se puede hacer.
No quiero cometer el error de caer en ese cómodo y viejo lugar de la víctima, quejándome de ausencia en medio de la presencia. Ya no somos invisibles. Ahora podemos escribir una historia cinematográfica queer que se remonta a mucho tiempo atrás. Incluso puedo celebrar un linaje brillante de películas que combinan la chispa creativa que anhelo con las historias innovadoras que al público le encantan. En los años del boom independiente de la década de 1990, apenas si podía seguir sólo el ritmo de las películas de los Estados Unidos: Poison, Paris Is Burning, Swoon, The Incredibly True Adventure of Two Girls in Love, Go Fish, All over Me, The Delta, The Watermelon Woman, Safe. Y sí, todavía estoy esperando junto con ustedes poder ver la película prometida desde hace mucho tiempo que nos guste tanto a «nosotros» como a «ellos» y que además genere un montón de dinero.
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La crítica gruñona que hay en mí sigue insatisfecha. ¿Por qué las representaciones fílmicas están tan a menudo desactualizadas, estancadas en el pasado, ligadas a ideas anticuadas sobre nuestra representación? ¿La complejidad es tan aterradora? Me gustan las películas más atrevidas y siempre me han gustado, desde mi adolescencia, cuando me escapaba del toque de queda para ver Scorpio Rising (1964) o me sentía muy atrevida viendo Emmanuelle (1974). Cuando pienso en películas de lesbianas y gais que me encantan, siempre son películas que van más allá de la identificación, la opresión o las historias de la salida del clóset para abordar temas más amplios o emociones más profundas. Y si su estética aprovecha la oportunidad de apartarse de las normas realistas, tanto mejor.
Examino mis películas favoritas en busca de pistas. En la deliciosa Entre Nous (1983) de Diane Kurys fue la ropa lo que me cautivó: dos mujeres sexis admirándose mutuamente en el espejo, diseñando ropa la una para la otra y deleitándose con telas y colores para el placer de sus sentidos. El juego de seducción no me hizo daño, nunca lo hace. En Prick Up Your Ears de Stephen Frears (1987) me encantó no solo su trágico final, sino especialmente la disección de la vida de Joe Orton con su amante: los celos, la fama y el precio que la gente estaba dispuesta a pagar por la fama. Y cuando apareció el New Queer Cinema, me emocioné con cineastas como Rose Troche y Todd Haynes que rompían las barreras estéticas y llevaban a la audiencia queer a dar un paseo. ¿Y en 1997? Mi película favorita en años, de cualquier tipo, desde cualquier lugar, fue Happy Together de Wong Kar-Wai, el genio de Hong Kong. En este melodrama masculino, dos amantes parten de Hong Kong hacia Argentina con resultados dudosos. Después del sexo apasionado de los primeros cinco minutos todo sale mal y luchan como murciélagos del infierno durante el resto de la película. Pero, ¡qué familiar es la forma en que luchan! “Éramos como ellos”, me dijo un amigo, y me explicó por qué él y su novio se separaron. “Oh, Dios mío, él es como yo”, dijo mi exnovia a mitad de la proyección. “Hmmm…”, dijo Wong Kar-Wai a los fanáticos de Asia que estaban indignados por el contenido gay: “Entren a la película cinco minutos tarde e imaginen que son hermanos» (5).
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Happy Together es un poema sobre el deseo frustrado, el dolor, el anhelo, el exilio, el desplazamiento cultural y el comercio sexual, todo sincronizado con un brillante ritmo de tango. El camarógrafo de Wong, Chris Doyle, encuentra un registro visual para cada acorde de emoción. Y el colaborador de Wong desde hace mucho tiempo, William Chang, el editor, director de arte y el único miembro gay del triunvirato, tiene descubre con genialidad el peso emocional de cada locación, plantando todos los adornos adecuados para enganchar nuestros corazones. La película es una oda al amor que nos muestra lo que sucede cuando el amor se pudre y se desvanece, y deja una tragedia a su paso (6).
Y qué fuente tan profunda de emociones se explora con esta historia de dos tipos que simplemente, bueno… no pueden vivir el uno sin el otro, y no pueden vivir el uno con el otro. Es una historia muy gay, y una que ningún director gay se ha atrevido a mostrarnos. ¿Por qué? ¿Por qué seguimos encubriendo las realidades de nuestras vidas para presentar una imagen respetable en público? «¿Por qué las mujeres en estas horribles películas de lesbianas son completamente diferentes a las lesbianas que he conocido?» Me preguntó un realizador heterosexual buscando mi supuesta experticia. No hay una respuesta fácil. Mmm… Renta Happy Together, me sentí tentada a decirle, y finge que son mujeres.
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Luego me cautivó el lanzamiento veraniego de High Art, la película independiente que se aclamó como el regreso de Ally Sheedy y la irrupción de la escritora y directora Lisa Cholodenko. Claro, es una historia de amor en la que la chica está por conseguir a la chica, o al menos está en camino hasta que la muerte interrumpe el plan. Pero también es una visión fría de otras emociones, unas completamente diferentes al amor: ambición, codicia, chantaje emocional. Estas mujeres se mueven dentro de un entorno sofisticado que las supera pero que al mismo tiempo las incluye. Y además, la película ofrece una lectura sexy de una relación lésbica triangular como nunca antes la habíamos visto en la pantalla.
¿Por qué nadie quiere decir la verdad sobre las relaciones lésbicas? Detrás de cada pareja del tipo “compañera de vida que desayuna con granola”, hay veinte clases de parejas disfuncionales con detalles que hacen erizar el cabello. Quiero ver a la novia manipuladora, al novio suicida, al vecino adúltero, a la pareja abusiva… Quiero ver todo el abanico de personajes que hoy se está barriendo bajo la alfombra.
Aquí podemos jugar un poco: tratemos de imaginar cómo serían las películas con personajes y tramas gay y lesbianas si alguien corriera todos los límites y luego financiara esas ideas. ¿Qué pasaría si, sólo por un glorioso minuto, intentáramos imaginar la película absolutamente fabulosa que podríamos ver si «ellos» nos dejaran? ¿Qué sería? Isaac Julien, el cineasta británico honrado en 1998 por el Centro de Estudios Lésbicos y Gay del Centro de Graduados de la Universidad de la Ciudad de Nueva York, dice que sería “algo cursi sobre la familia. Cursi porque eso es lo que se necesita para que el público queer vaya a verlo. Y sobre la familia, porque ese es el gran tema tácito en la cultura queer, el lugar del trauma del que nadie ha hablado» (7). John Waters, diabólico como de costumbre, propone una fantasía: «Juntar a todas las estrellas de cine heterosexuales desnudas de Hollywood que intentan ganar el Oscar interpretando papeles homosexuales y que fracasan miserablemente». Y Donna Deitch, todavía adorada por su clásico, Desert Hearts (1985), admite su preferencia desde el principio: sea cual sea el tema, «será mejor que haga calor». Gus Van Sant, escondido en el set de Psycho y ya planeando su película sobre vaqueros homosexuales, dice que nunca ha tenido que cortar secuencias de sus películas porque sean homosexuales. ¿Pero su lista de deseos? «En la fantasía, sería genial tener una película animada de Disney de gran presupuesto con protagonistas homosexuales: The Prince and the Stableboy, o Peter Pan: Love in Never-Never Land, o The Little Mermaid 2: Ariel and Samantha. Todo con el mercadeo completo, ya sabes, cajitas felices de McDonalds con los muñequitos de los personajes. Y canciones de amor. Sería genial».
Más cerca de casa, Mary, que creció en la década de 1960, quiere un musical a la antigua con monjas bailando tap y Cheryl Ladd (de Los ángeles de Charlie) como novicia. Mi amiga Catherine, criada en la década de 1970, piensa de manera diferente: «Olviden el orgullo gay por un tiempo. Quiero traer de vuelta la vergüenza gay». ¿Y yo? Tengo muchas ideas, desde lo mundano hasta lo épico. Quiero algo diferente de las películas del tipo post-salida-del-clóset (“post-comming-out”), post-podemos-lograrlo-juntos (“post-get-it-together”), quiero una película llena de sexo, romance, tragedia y vida fuera de La Relación. Quiero ver a la novia malvada manipulando algo dulce en ese círculo especial de lesbianas del infierno. Quiero ver al niño-juguete arribista y ambicioso buscando un nuevo “daddy”. Quiero que se levante el telón de todos los sucios secretos lésbicos: los juegos de poder, la lujuria desnuda, la enferma transferencia, las emboscadas de amigas. Y quiero reinventar estéticamente la familiaridad íntima de la vida cotidiana, remodelarla para nosotros. Quiero pistas, señales, profecías, alegría y revelaciones. ¿Tu corazón late rápido? ¿Qué tipo de películas y videos quieres? ¿Importa? Sí, importa. En el mundo del deseo y la evolución, solo podemos pasar de aquí para allá por el puente de nuestra imaginación. Estamos perdidos si nos limitamos sólo a lo que vemos en el espejo. Si tenemos miedo de lo nuevo o diferente, o si nos inquietan las películas y los videos que desafían nuestras nociones del universo homonatural, nos quedaremos atrapados en el “statu quo”. Si las audiencias queer se mantienen alejadas de los trabajos que se arriesgan a ser controvertidos, entonces las distribuidores y los estudios, esas empresas que miran la taquilla como un sismólogo mira la aguja de Richter, se retirarán por completo. Y la comunidad queer será abandonada, condenada a un universo estático, reconfortada sólo por el conocimiento seguro de que la tierra, por desgracia, no se moverá bajo nuestros pies.
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Notas de la autora:
* Este capítulo de New Queer Cinema. The Director’s Cut apareció originalmente como «¿Qué es una buena película gay?» en OUT 60 de noviembre de 1998.
(1) Este artículo está dedicado a la memoria de Sarah Pettit, por su trabajo como editora y por su vida como ejemplar chica homo. Me encargaron escribirlo para la revista Out cuando ella todavía era su editora en jefe; su posterior despido marcó un punto bajo en el periodismo gay y lésbico. Pettit, que había comenzado su carrera en la luchadora Out Week, se convirtió en la editora senior de arte y entretenimiento de Newsweek y luego murió de linfoma no-Hodgkin en 2003 a la edad de treinta y seis años. Hay una beca a su nombre en Yale, su alma mater.
(2). Gracias a Sande Zeig, quien organizó el panel, me invitó a moderar y amablemente me dejó mi título.
(3). Elaine Holliman, comunicación personal, 1997.
(4). No, no vi venir Brokenback Mountain, aunque Van Sant menciona su idea de hacer una película de vaqueros hacia el final de este mismo artículo.
(5). Wong Kar-wai, comunicación personal, 1997.
(6). También debo señalar que la película ha sido ampliamente interpretada como una alegoría de la devolución de Hong Kong a China en 1997, y aunque así fuera y aunque en Happy Togheter la homosexualidad fuera sólo una excusa narrativa o un tema secundario, tendría que decir: ¡qué gran manera de tratar esa excusa!
(7). Esta y todas las demás citas en esta sección fueron comunicaciones personales, recopiladas en persona o por teléfono o correo electrónico, específicamente para esta pieza.
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