Sumapaz

Sumapaz

Salimos hacia Sumapaz temprano en la mañana para inaugurar dos pequeñas bibliotecas. Viajar a Sumapaz es como retroceder a los años cincuentas: casi todas las carreteras carecen de pavimento, no hay señal de celular y apenas si hay un teléfono por vereda, los habitantes son campesinos cubiertos con ruana y sombrero que se sientan con sus botellas de cerveza frente a las tiendas, y a pesar del aire purísimo y de que Sumapaz es una reserva ecológica, se irritan los ojos por un escozor en el aire: arden los ojos por el plomo, la pólvora y la sangre. Apenas entramos al páramo, el paisaje cambia completamente: los frailejones se yerguen constantes, el musgo, los riachuelos y las lagunas abundan. El paisaje es hermoso y extraño, un poco neblinoso, con montañas de piedra oscura que parecen cortadas con precisión y que seguramente lo fueron en el pasado por el deslizamiento de algún bloque de hielo. Pasamos un primer retén militar sin que nos detengan, pero en el segundo tenemos que bajarnos. Nos quitan nuestras cédulas, nos requisan, fumamos. El suboficial que guarda las cédulas me propone desde lejos que lo invite a un cigarrillo. No entiendo bien sus gestos, así que me acerco. Termino dándole cigarrillos a él y a cuatro soldados más. A excepción del militar que revisa nuestras cédulas, todos los demás son reclutas. Cuando reiniciamos el viaje, una de las personas que nunca ha estado en Sumapaz le pregunta a un funcionario de la Alcaldía Local, si las cosas están como para preocuparse o si el páramo es seguro. El tipo, con la misma ambigua mezcla de sobreviviente y buen anfitrión que se siente en decenas de colombianos, responde: ¿Cómo dices, ala?… ¿La seguridad de la zona? Mira: todo depende de a quien le preguntes. Si le preguntas a los soldados, ellos te van a decir que esto es Vietnam. Al fin y al cabo, tenemos tres soldados por cada habitante y eso hay que justificarlo. Si me preguntas a mí te diré que he acampado muchas veces y que camino por todas partes y que nunca me ha pasado nada. El viaje continúa. En Nazareth, un caserío con placa polideportiva, iglesia y un hospital mental tan grande y poblado como todas las demás casas juntas, nos encontramos con un grupo de soldados profesionales. A diferencia de los muchachos de la carretera, estos militares tienen muchos más años y una postura más arrogante. Sus botas están impecables, llevan mejores cascos, tienen lentes de visión nocturna y trapos negros en la cabeza. Yo los saludo con un movimiento de cabeza pero nunca los miro a los ojos. No hay de qué preocuparse, le insiste el funcionario de la Alcaldía a uno de los artistas invitados, De verdad que aquí no pasa nada. Cuando los artistas y los visitantes se alejan yo me quedo cuadrando detalles con el funcionario, y él añade en medio de otros temas, como si la conversación sobre la guerra jamás hubiera terminado: Yo nunca fui testigo, pero los campesinos me dicen que antes los enfrentamientos eran de montaña a montaña. Yo miro alrededor y asiento. Ya había notado que estamos en un terreno medianamente plano entre dos colinas. Calculo la distancia, sonrío incrédulo. ¿Tenían artillería ligera?, le pregunto. El funcionario me mira y responde: No sé… fusiles. Yo pienso que deben haber desperdiciado toda la munición si no tenían por lo menos algunos morteros. Le pregunto si alguna vez hubo bombardeos con pipetas de gas, pero el hombre me dice que no y ambos nos sentimos aliviados con la respuesta. Tres pipetas habrían hecho de estas pocas casas una ruina. La inauguración se inicia: dos pequeños discursos y una cantante con su guitarrista. La cantante también es escritora de libros infantiles y es una mujer bella y dulce. Al grupo de niños y adultos que escucharon los discursos, empieza a sumarse un gentío formado por huéspedes del hospital atraídos por la música. Los pacientes siguen el ritmo y los juegos infantiles con mucha más pasión que los mismos niños. En algún momento, uno de los residentes de la casa de reposo, pide cantar y con su particular cadencia, entre recitada y voceada, nos cuenta las desdichas de un niño enamorado en el colegio, para quien los libros han perdido su interés. Entretanto, yo no dejo de vigilar nuestro bus y a los soldados. Los tipos parecen relajados, aunque tampoco nos quitan el ojo. En algún momento, uno de los militares, un hombre pequeño con un rictus curioso en la boca y un trapo negro en la cabeza, se me acerca. Me pone conversación, me cuenta que habían esperado poder hacer llamadas de larga distancia a las familias desde la pequeña central telefónica, pero que encontraron la oficina cerrada. Me parece muy extraño lo que dice el soldado: que el ejército no sabía que la única oficina de comunicaciones estaba cerrada los viernes. El tipo sigue hablando y yo muestro comprensión y compasión. En algún momento me pregunta si los libros se regalan o se venden. Yo le explico el funcionamiento de la biblioteca y le digo que lamento no haber traído libros para regalar. Apenas puedo me aparto. El concierto sigue alternando los cantos de nuestra artista con las intervenciones de los enfermos. No todos los pacientes del hospital se ven alegres: en las sillas del fondo hay varios que no hablan y otros que se mecen. Me pregunto si sus compañeros los habrán traído o si habrán sido capaces de llegar por su propia voluntad. En un rincón de la placa polideportiva hay una mujer que barre constantemente, todo el tiempo, incluso cuando no hay ningún destrozo que remediar. La mujer ya se había acercado a preguntarme: ¿Y usted sabe cómo están en Los Altos? ¿Su Merced sabe? El guitarrista toca la melodía de una ronda infantil. La cantante es el lobo que poco a poco se viste y que de pronto está listo para perseguirlos a todos: el lobo sale corriendo tras los habitantes de un bosque en donde antes todos podían jugar. Los pacientes corren y gritan, los niños los miran un poco incrédulos. Yo pienso en el soldado y en que en realidad mi oficio de este día es el fomento de la lectura, así que me consigo unos libros para regalarle. El hombre ha desaparecido, sus compañeros me dicen que está en el hospital así que les regalo los libros a ellos y les digo que los compartan. Los militares profesionales cogen los libros, unos con curiosidad, otros sin ningún interés. A uno de ellos, que ha recibido el libro sin mayores gestos, le digo que si de verdad le gustan los libros, que no deje perder el que le regalo, que lo lea y que luego se lo pase a sus colegas. El tipo responde algo que no escucho bien, algo amargo e irónico, algo como un Gracias, seguido por un Seguramente los vamos a escoltar hasta la salida de Sumapaz. Cuando el soldado del rictus regresa y ve los libros en las manos de sus colegas, suelta un gesto de decepción. Por lo menos me van a agradecer la vuelta, ¿no?, les dice a los otros. El soldado se sienta cerca de los demás, y mira con codicia los libros. Yo me subo al bus a revisar que todo esté en orden y para tener una excusa para alejarme, yo ya quiero que la fiesta de locos termine.

 

Imagen: Foto de frailejones tomada por Iveth Andrea y colgada en el blog:

http://fotonaturandrea.blogspot.com/2010_03_01_archive.html

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4 Responses to “Sumapaz”

  1. Kristiane dice:

    Acabo de leer tu cuento Sumapaz que me gustó mucho y me llena de nostalgia para volver a Colombia. Es con muchas ganas que navego por tu página y siempre encuentro algo interesante.

  2. María Antonia dice:

    Bello…gracias mil!

  3. Shalom fuquene dice:

    Es realmente nostálgico y hermoso este relato… Aunque no me da muchos ánimos, pues tengo allá un amigo que fue a prestar el servicio militar y me da tristeza por no poder comunicarme con él… Sólo espero esté bien.

  4. JHON dice:

    es fantástico y real

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