Álvaro Cepeda Samudio: La casa grande

Álvaro Cepeda Samudio: La casa grande

LOS SOLDADOS

(Fragmento*)

–¿Estás despierto?

–Sí.

–Yo tampoco he podido dormir: la lluvia me empapó la manta. ¿Por qué llueve tanto si no es época? ¿Por qué crees tú que llueva tanto?

–No sé. No es época.

–¿Quieres un tabaco?

–Bueno.

–Qué vaina: se me mojaron todos.

–No importa.

–¿Cómo vamos a fumarlos así?

–No importa.

–A ti nunca te importa nada. Apuesto a que tampoco te importa que la lluvia no nos haya dejado dormir.

–La lluvia no me molesta.

–¿Entonces por qué no has dormido?

–He estado pensando.

–¿En qué?

–En mañana.

–¿Tienes miedo? El teniente dijo que tienen armas, pero yo no creo.

–He estado pensando por qué nos mandaron.  

–No oíste lo que dijo el teniente: no quieren trabajar, se fueron de las fincas y están saqueando los pueblos.

–Es una huelga.

–Sí, pero no tienen derecho. También quieren que les aumenten los jornales.

–Están en huelga.

–Claro: y por eso nos mandaron: para acabar con la huelga.

–Eso es lo que no me gusta. Nosotros no estamos para eso.

–¿No estamos para qué?

–Para acabar con las huelgas.

–Nosotros estamos para todo. A mí me gusta haber venido. Yo no conozco La Zona. Y estar en comisión es mejor que estar en el cuartel: no te pasan revista, no te llaman a relación, no te pueden meter al calabozo.

–Sí pueden.

–¿Cómo pueden si estamos en comisión?

–No sé, pero sí pueden.

–De todas maneras es mejor que estar en el cuartel.

–Sí, pero no está bien.

–Qué importa que esté bien o no, la cosa es que estamos en comisión y no en el cuartel.

–Sí importa.

–Ahora sí importa: lo que pasa es que tienes miedo.

–Qué voy a tener miedo.

–¿Entonces por qué te preocupas?

–Porque si es una huelga tenemos que respetarla y no meternos.

–Ellos son los que tienen que respetar.

–¿A quién?

–A las autoridades, a nosotros.

–Nosotros no somos autoridades: nosotros somos soldados: autoridades son los policías.

–Está bien, pero los policías no sirven. Por eso nos mandan a nosotros.

–Lo que pasa es que los policías no han podido con ellos.

–Tú tienes miedo.

–¡Qué vaina! Que no tengo miedo, lo que pasa es que no me gusta esto de ir a acabar con una huelga. Quién sabe si los huelguistas son los que tienen razón.

–No tienen derecho.

–¿Derecho a qué? –A la huelga.

–Tú qué sabes.

–El teniente dijo.

–El teniente no sabe nada.

–Eso sí es verdad.

–Él repite lo que le dice el comandante.

–Esta mañana, cuando estábamos amarrando los morrales, dijo: las bayetas y las esteras nada más. Y ya cuando veníamos para el barco nos hizo desbaratar los morrales, sacar las bayetas y las esteras y nos mandó al almacén por las mantas gruesas. Ya no van en cubierta sino en los planchones, dijo. No sabe nada.

–¿Quién dijo que estaban armados?

–El teniente, cuando nos formaron para instrucción. ¿No oíste?

–No.

–¿De dónde crees tú que han sacado las armas?

–No tienen armas: nada más los machetes.

–¿Cómo lo sabes?

–Son jornaleros.

–¿Y por eso no van a tener armas.

–Sí, por eso.

–Ayúdame a exprimir la manta porque cuando entremos a los caños viene el mosquito. Coge tú la otra punta. ¿Y tu manta? ¿No te tapaste con la manta?

–No.

–Te empapaste íntegro.

–No importa.

–¿Qué hiciste con la manta?

–Envolví el fusil para que no se me mojara.

*

Los habían hecho marchar del cuartel al puerto esa tarde. La distancia era corta, pero las botas eran nuevas y grandes y el cuero nuevo de las cartucheras y los morrales no había sido ablandado todavía por el sudor.

En el puerto los hicieron esperar varias horas. Eran muchos y hubo que amarrar los botes antes de embarcarlos. El embarque fue lento. Hubo que hacerlo por la popa y los clavos de las botas resbalaban continuamente sobre las planchas lisas. Mientras esperaban les habían ordemnado ponerse los fusiles en bandolera, pero los travesaños bajos tropezaban con los cañones y como con las cantimploras y los morrales puestos no podían atravezar los pasadizos a los lados de la caldera, tuvieron que quitárselos y recorrer el buque hasta los botes con el equipo en las manos. El embarque fue confuso y lento. Cuando les tocó el turno a los últimos, ya llevaban varias horas de estar esperando. Se acomodaron sobre las estibas de los botes, con los fusiles entre las rodillas.

Algunos tuvieron miedo durante la travesía del río: había viento fuerte, de diciembre, y los botes se movían pesados, en desacuerdo con los buques, templando y distindiendo los cables que molían limpiamente las astillas de leña contra las borlas. Los que iban en la proa de los buques se mojaron.

Antes de entrar al caño, pudieron ver al otro lado, completa, iluminada, la ciudad. No la habían visto nunca.

Cada uno creyó reconocer las luces de los sitios familiares. El primer asombro los agrupó: los amigos se buscaron por sobre las otras cabezas que se estiraban buscando sus amigos. Cada uno dijo: allá está el cuartel: y señalaron con los brazos en todas direcciones…

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En Geografía Virtual se puede leer un ensayo sobre la novela La casa grande y el poder de la literatura: http://geografiavirtual.com/2021/06/ensayo-casa-cepeda/

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* Tomado del primer capítulo de «La casa grande», la novela de Álvaro Cepeda Samudio editada en Bogotá por El Áncora Editores en el año 2012. Pp. 37-41

Imágenes: (1) Carátula del libro publicado por El Áncora Editores, la imagen es una acuarela de Alejandro Obregón, artista a quien está dedicada la novela que Cepeda Samudio publicó originalmente en 1962. (2) Foto del ferrocarril en la zona bananera alrededor del 6 de diciembre de 1928, fecha de la masacre (tomada de: https://www.arcoiris.com.co/2013/12/diciembre-6-de-1928-masacre-de-las-bananeras/)

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