José Plata: “Kingston, ciudad que se engalana sola”

José Plata: “Kingston, ciudad que se engalana sola”

KINGSTON, CIUDAD QUE SE ENGALANA SOLA

Por:

José E. Plata M.

jeplata@gmail.com

 

He llevado el nombre de esta ciudad desde hace varios años en mi mente. Años enteros de escuchar a los artistas que en estudios como Dynamic Sounds, Channel One, Black Ark, Tuff & Gong, Studio 1, había hecho de las suyas me terminaron por carcomer el cerebro y me impulsaron a buscar mi redención o mi propia meca. No tenía que ver con explorar el rastafarianismo o el buscar en la marihuana alguna manifestación de rebeldía juvenil caduca y trasnochada. Al fin de cuentas los rastafashionistas sobran en mi ciudad y muchos lugares. Y marihuana hay en todos lados y dicen que ni es tan divertida ni tan peligrosa más que soñar o imaginar cosas. Pero Kingston era un destino que consideraba desde hace un buen tiempo como lugar para visitar por fuera de los lugares comunes.

Vine a ver cuál era el asunto detrás de una ciudad que al mundo le ha dado no solo tendencias sonoras; también una muestra de grandeza a partir de la pobreza. No es un secreto que esta es una ciudad que se ha gastado años de vida tratando de organizarse. Una especie de caos manejable en el que los temperamentos pueden explotar o crear. Pero eso no importa cuando el calor apremia. Kingston se ríe del mundo y sus conflictos, porque puede estar sedada y bien sedada está. Kingston sabe que sus cúmulos de basura, sus calles destapadas, su miseria hecha cadenas de pobreza y desajustes humanos son un aliado en su deseo de hacer algo bueno para el mundo. Y a esta ciudad le tocó con la vibras sonoras que el mundo ha necesitado.

Aquí se ven mujeres con cuerpos hechos forma del y para el deseo erótico, automóviles de alto cilindraje, amplificadores de audio de distintas gamas y nubes de marihuana en distintos sitios. Tiene la particularidad de tener la música a flor de piel por donde se vaya. Puedo asegurarlo; no pasan más de diez minutos sin escuchar música en cualquier lugar. Desde las atosigadas y atafagadas calles que hierven en el centro, hasta los lugares sofisticados de Red Hills; la música está presente. Y no es un clisé decir que sin música no hay vida aquí.

Kingston es una ciudad con casas viejas, con casas que el clima se ha encargado de cuartear, con grietas y hendiduras que la humedad terminan por agrietar y que en definitiva, impone su ley. Una ciudad de tensiones y de ansiedades. Donde fácilmente un personaje como yo es el raro del lugar, pero que si no tomo fotos y si no me hago evidente, me dan descuento en lo que compre o me tratan como a uno más. También tiene su dosis de modernidad con edificios grandes y construcciones lujosas; con resorts y condominios blancos e inmaculados. Pero también hay paredes blancas y manchadas en Concrete Jungle y Trenchtown; lugares forjados a partir del sufrimiento que por décadas han sido el refugio de los que no tienen más voz que la de otros. Lugares done se vive con esfuerzo, pero donde la sonrisa puede brotar sin pedir nada a cambio.

Esta es una ciudad donde el inglés de Open English no sirve para nada y en el que una guía Lonely Planet solo sirve para ser depositada en la basura. Porque al fin de cuentas el que cree que con el inglés mecánico tiene todo ganado, se dará cuenta que lo tiene realmente perdido y el que quiera que lo guíen y le den consejos seguros, es porque no tiene el más mínimo deseo de arriesgar y aventurarse a conocer. Lo peor que puede pasar es que no se haga uno entender y tenga que pedir que se digan las cosas dos o tres veces; o que salga muerto.

Como ciudad que reúne a más de 900 mil almas, es el epicentro de un lugar que sigue siendo referencia en el mundo. Aquí hay fuerza, música y belleza difuminada en la gente. Aquí hay risa y lucha constante. Hay más violencia en los desajustes que en los planes de un futuro. Porque mucho se ha hecho; pero más se puede hacer para que la calidad de vida mejore. La pobreza se ve; la riqueza se nota y el estado medio se sueña en sus calles.

Kingston tiene la particularidad de alojar olores característicos como pollo frito, aceite de motor de automóvil, orines recalentados, perfume de mujer que se siente divina o sensual, chocolate y nubes de marihuana en diferentes concentraciones. Y también a lo que se guarda en un viejo lugar al que se le filtra el agua y del que algo sorprende puede aparecer. Es una ciudad que recibe a los visitantes y le gusta que dejen su dinero en hostales, hoteles, bares, restaurantes, fiestas, uno que otro exceso y en lugares para ver música en vivo para turistas. Los que no queremos ser parte del “tourist trap” solemos gastar más y ganarnos el peligro con honor. (Dos disparos a la salida de una fiesta de dancehall fueron mi despedida).

Eso es Kingston; o es lo que Kingston me dice.

El Soundsystem, un ente sonoro vivo

Jamaica tiene en su código genético el aprecio por los amplificadores sonoros. Es una característica intrínseca a los habitantes de la isla y se acomoda a la tendencia tecnológica del momento. Estas imponentes estructuras sonoras que tienen la capacidad de darle al cuerpo el combustible sonoro para el momento y el lugar, sorprenden si o si a quien las tiene de frente. El sonido que emanan no solo representa un poder, es un calor o una fuerza que quien la recibe en su cuerpo se conmueve. No solo va en el sonido, va también con la música que de allí sale.

El poder tener equipos de amplificación, apilarlos, usar un micrófono y ser el guía de la fiesta, la noche o el evento hace que la gente se fije en estos personajes o en estos montajes por el respeto y la alegría que infunden. El Soundsystem jamaiquino tiene una expresión propia y lógica que se demuestra en su existir y en su cuidado por el sonido que de estas cabinas emana. Algunos hasta podrían aventurarse a decir que es una muestra de hombría como en otros lugares se asocia a tener un automóvil de marca, ropa elegante de diseñadores sobrevalorados o dinero en efectivo para gastar en mujeres, drogas, aparatos de tecnología o fiestas con djs de EDM.

Desde los años cincuenta estos montajes se han encargado de ser uno de los caminos para difundir la música producida en la isla o aquella que ha llegado desde fuera. En Kingston hay leyendas alrededor de los componentes de algunos en materia de cajas de madera, circuitos o momentos históricos de su existir. Se encuentran en barrios y sectores populares como pilares de una expresión que ha atravesado generaciones y que lleva un legado que se renueva. Un Soundsystem bien calibrado es una fuente no solo de emociones; lo es también de historias y declaraciones sonoras que al estar siendo escuchadas atentamente, sirven para armar las piezas del sonido. Por años traté de descifrar cómo una isla le había dado al mundo semejantes aportes sonoros.

No tuve que tomar cursos caros ni leer libros llenos de citas y referencias a otros. Las canciones que el domingo 22 de diciembre sonaron en la fiesta a la que me llevaron en Rae Town enlazaron cincuenta años de historia en menos de tres horas.Llegué en la noche, justo a las diez guiado por Morton, quien fuera la persona que me diera algunas lecciones sobre lo que no dicen los folletos de turismo. Dos imponentes montajes de cabinas de sonido se encuentran en la calle. Las dos se encargan de abrir la noche dándole espacio a sonidos de Nat King Cole y otros artistas norteamericanos de los cincuenta y sesenta No es un secreto que esta es una de la fiestas más esperadas y conocidas en Rae Town; las que se hacen en Capricorn Inn.

Morton me decía que con esos sonidos, se fueron enamorando los abuelos y los padres; luego cuando Jamaica se independizó en 1962, llegó el momento de ser original con las primeras grabaciones de calypso y ska. Eran las canciones que promulgaban un existir basado en la esperanza, el trabajo y la libertad. Eran las mismas que hablaban del amor que nunca pasa de moda y que se necesita como fuente de soporte y supervivencia en el cariño.

Se pasa así del reggae y dub con los que otras generaciones crecieron y expresaron su existir. Ahora los bajos suenan cada vez más profundos y penetrantes. Y cuando menos piensa uno, aparecen los sonidos del dancehall, el raggamuffin y el dembow. Todo simplemente siendo amplificado desde una gigantes cabinas que simplemente le dan al mundo una dosis de sonido y emoción.

Y yo como único blanco me muevo y no soy vecino de ningún lado más que el gozo. Soy la persona a quien más miran porque en plena calle salto y me muevo como si por algún demonio estuviera poseso. Pero no importa, una fiesta con un Soundsystem en Kingston no es cosa de todos los días para mi. No es el Mp3 el que está presente. 100% vinilos suenan y yo termino 200% feliz.

La marihuana; la planta que Kingston reclama

Tantos nombres hay para el cannabis como posibilidades de acceder a ella en el mundo. Pero Kingston no se fija mucho en los nombres o discusiones acerca de su legalidad; más la disfruta fumándola. La marihuana se siente en el centro, se siente en las calles y se respira en distintos lugares a lo largo y ancho. Herb, ganja, grass, natural gift, marihuana, marihuana, como le quiera decir, o como mejor se sienta justificándola bien puede hacerlo.

Es una planta que está al alcance de todos y que es democrática. Es posible ver jóvenes, adultos y personas mayores fumándola y disfrutándola en algún momento del día. Pero algo que si es claro en los que andan con un cuento místico alrededor de ella: no comparten un cigarrillo o una probada. Dan la hierba para que cada uno la tenga. La idea latinoamericana de hermandad se viene así al piso así.

La marihuana es una planta que a la gente de Kingston bien permite tener calma entre tanta tensión, pobreza y calor. Es común sentir su olor en las calles, sentir el calor de un spliff que los nativos toman como punto de inspiración y elevación y que la mayoría de los turistas toman como escape y posibilidad de diversión dependiendo de la política represiva de su país de origen. Anda en los bolsillos de camisas o pantalones de algunos habitantes; es motivo de reunión entre la gente o motivo de dispersión individual. Algunos la guardan en bolsas blancas y a medida que van necesitando su dosis van armando el cigarrillo en la calle, en un automóvil o en un parque.

Si le llegaran a quitar esta particularidad a la ciudad, muchas ilusiones y alegrías simplemente se diluyen u olvidan. Mientras se sigue hablando en el mundo de la política antinarcótica frente a las drogas blandas y las duras, Kingston enrolla cigarrillos y esparce su nube de humo de la planta.

Vinilos: nuevos y antiguos recursos culturales

La rica y amplia producción musical de la isla ha generado un patrimonio material y cultural de enormes proporciones. Patrimonio de más de cincuenta años que tiene sus propios héroes, tesoros y leyendas. Cantantes, canciones, agrupaciones, estudios, eventos y más hacen parte de esta parafernalia sonora que el mundo adora. No solo va unida a la música; también a una idea sobre las cosas y el mundo que no busca complicaciones ni tampoco rencillas o tensiones. Y están prensados en discos negros llamados vinilos. (vinyl)

Si ha habido un formato capaz de soportar los cambios, los recuerdos y los vaivenes de la industria musical es el vinilo. Kingston ha sabido vivir con él por varias décadas y sabe que es una fuente inagotable de sabiduría, gozo, amor, sexo, historia y diversión. Desde los sencillos alegres que se escuchan desde los sesenta hasta los sofisticados riddims de la actualidad, el vinilo ha estado acompañando la expresión sonora. Negro a cual más, se convierte en un tesoro actual codiciado por lugareños y extraños.

Existen todavía pequeños espacios en los que se vende y se aprecia a la manera jamaiquina; es decir con marcas del paso del tiempo. Dobleces en portadas, pérdida de color, vestigios de hierba, desvanecimiento de nombres, marcas de uso y hasta abuso; no se puede pedir pureza y orden en este lugar. El calor ha hecho que sutilmente el vinilo sobreviva, pero no siempre en las mejores condiciones. Es común ver en algunas tiendas cajas llenas de sencillos de siete pulgadas sin protección alguna o algunos de doce pulgadas con la portada equivocada. Años enteros de historia en cajas, tesoros sonoros que no están para descargar o escuchar en streaming y que se demorarán tiempo en llegar a esos lugares.

No se puede exigir más que el aprecio de él; porque en Kingston está apartada de la lógica de las reediciones globales. Pueden perfectamente pasar años antes de tener un gran volumen de artistas reeditados o presentes en las plataformas digitales de estos tiempos. Así que con mucha paciencia y un presupuesto básico de 100 a 300 dólares se pueden conseguir algunos vinilos decentes y capaces de brindar buenos momentos en casa o con amigos. Así lo hice en el mercado cercano a Twin Gates, en la tienda Orange Records, con Takyi, el taxista que me vendió una buena colección de sencillos, el carpintero de Trenchtown que se deshizo de joyas para que las llevara y la tienda que visité con los argentinos Juan y Victoria.

Si el detalle de tener vinilos se acompaña ya con un Soundsystem, lo mínimo que hay que considerar para tener algo digno o decente son 3000 dólares.

De ébano las diosas, de carne la tentación

Dignas y hermosas a cual más; con caderas de leche y miel con pechos abundantes y firmes en grandes ocasiones, las mujeres de Kingston son representantes de una belleza nativa que es furtiva, lasciva y que se aprecia. Las mujeres que por estos lares se ven son hermosas a cual más; pero no logro descifrar sus maneras o estilos.

Bien sea por el calor o la naturaleza del lugar, las mujeres usan ropa fresca o ropa que no represente mayor complicación. Vestidos, faldas cortas, pantalones ajustados cubren a estas diosas de ébano. En ocasiones se pintan el pelo con rojo, azul, verde, morado, fucsia, amarillo para estar más cerca de un papagayo que de una persona. O en otras ocasiones llevan ropa que parece ser sacada de una película de ciencia ficción de los setenta en la que colores como el gris, el oro o el blanco dan idea de orden de las cosas.

Pero algo es cierto en Kingston hay una tensión sexual presente de principio a fin. Varias veces se acercaron a ofrecerme mujeres con el argumento de You gotta have a taste of sweet jamaican punnany (Tienes que llevarte una probadita de una dulce conchita jamaiquina). Hay quienes van a Kingston a buscar un lugar de no control y otros para perder el control entre el alcohol, las mujeres y la marihuana. Hay quienes lo requieren; hay quienes lo logran y hay quienes nos desentendemos de eso.

Y aún así, en Kingston la mujer es una de las maravillas vivas; un recurso natural hermoso y bendito que Jamaica quiere mucho.

Dímelo con música en Kingston

Si quieres hablar de los abuelos, es con calypso y con mento.

Si quieres decir cosas de la libertad, el amor, el trabajo y la diversión, lo haces con ska.

Si quieres decir cosas de lo duro que es la vida, pero estás enamorado, lo haces con reggae.

Si lo tuyo es es delirio, la confusión, lo sucio e hipnótico, te toca con dub.

Si lo tuyo es el frenetismo y la improvisación, te toca con el raggamuffin.

Si estás con ganas de mover el cuerpo y tienes las hormonas sueltas, dale con el dancehall.

Pero no olvides que el bajo y la percusión son esenciales acá. Y el amor, el humor, el sexo, la rebeldía, la rebelión, la vida diaria son canción.

Algunos se fijan en las cifras de ingreso per cápita y hablan de mejoras, comparaciones van y vienen.

Pero nadie supera la cantidad de producción musical por persona o el gozo por sociedad que en Jamaica se tiene. Kingston como puerta de entrada me lo confirmó.

Automóviles en Kingston

Agotados los caballos y los carruajes como medio de transporte a finales del siglo XIX y comienzos del XX, la aparición de los vehículos motorizados vino a ser un nuevo motivo de orgullo para la humanidad. Orgullo que luego se transformó en ambición, marca, contaminación, acumulación y tantas otras cosas. No es un secreto que la sociedad contemporánea le ha otorgado al automóvil un lugar importante como estatus de logro humano y social. Un nuevo tótem, un cariño que cuesta pero que da orgullo; un imán de relaciones o un simple medio de transporte.

Y en Kingston, se confirma esa relación que proviene por un lado de la herencia, dominación y el sometimiento del imperio británico al tener el timón a la derecha, pero eso si, modelos de varias marcas ( y de alta gama) que provienen de Alemania, Francia y Estados Unidos. Modelos lujosos, deportivos, descapotables con gente de la ciudad que además los termina convirtiendo como una discoteca ambulante con amplificadores y parlantes que nadie tiene por qué criticar. Para eso Kingston se ha ganado el lugar que merece en la historia como un lugar al cual por décadas el mundo va a tener que seguir consultando como referencia musical si o si. Se pasa de un BMW a un Volvo, aparece un Audi, pasa un Toyota y juego un Mercedes Benz.

Capítulo especial tienen además los automóviles viejos que con el sol, el viento caribeño y la inclemencia, son sobrevivientes del tiempo. Con grietas grandes, hendiduras, manchas, golpes, abolladuras y más, pasean orondos con hombres o mujeres y en un 85% con música sonando.

Comer y beber en Kingston

Alguna vez le escuché decir a un norteamericano que sentía que estaba en su hogar si había un McDonalds cerca. Un alemán me dijo algo parecido si veía una oficina de representación de Nikon. Y un mexicano si encontraba chile picante en el supermercado. Y cuando se asume que lo que se ha de comer es lo nativo; Kingston aprecia como toda América el pollo. Su puede comer pollo frito adobado con jengibre o con otras especies, lo que lo convierte en algo de buen aprecio.

Hay obviamente variadas opciones en materia de pescado y frutos del mar. La comida en Kingston une la tradición británica con la presencia africana en especies, colores y frutas. Y hay algo que se aprecia mucho, Jerk. Picante que se usa para adobar carnes y que bien hace de las suyas.

Y si es en materia de frutas, se aprecia el mango, la naranja y la papaya. Y si es por alcohol la Red Stripe es la dueña del lugar. Y si es por ser de otro lado, pues Heineken está en la ciudad. Y si es por otras cosas, el 80% de lo que se come, es importado.

Reggae Hostel y convivir con desconocidos de otros lados

Mi hospedaje en Kingston fue en un hostal de la ciudad que una amiga me recomendó. Bajo el nombre de Reggae Hostel llegué a una pequeña babel en donde por espacio de diez días vi gente de Argentina, Brasil, Canadá, Corea, Dinamarca, Eslovaquia, España, Filipinas, Finlandia, Israel, Italia, Japón, Rusia y de otros lugares. Escuché al menos seis lenguas distintas a las mías y tuve además acceso a conocer distintos hábitos de vida.

En este sitio se encontraban cuartos con cuatro, seis u ocho camas que estaban en habitaciones con nombres como: Reggae, Dub, Dancehall y más que tenían que ver con estilos musicales jamaiquinos.

Bajo el compromiso de no hacer horseplay (forcejeo corporal casi sexual) en las camas pagué diez noches en un sitio donde podía dormir y tener provisiones diarias y derecho a un barbecue el día domingo. No estuvo mal para alguien cuya rutina consistía en recorrer la ciudad y empaparse de ella, sudarla y quedar herido de gusto cuando escuchaba algo que en sus neuronas se alojara.

Tuve de este modo la posibilidad de ver tantas personas como mentalidades. Recuerdo así a una mujer japonesa residente en Canadá que había llegado a Jamaica porque llevaba veinte años pasando su vacaciones fuera de ese país y se le habían agotado las posibilidades de destino. Para ella, esta era un isla en el caribe con mucho ruido. Para mí, un camino que debía emprender para resolver preguntas que me han marcado la vida por años. Recuerdo ver a tres mujeres israelitas cuya misión en la vida era levantarse, desayunar, comprar cervezas, armar cigarrillos de marihuana y fumar una y otra vez. No las culpo; la planta tiene ese espacio natural en la isla y atrae a propios y extranjeros.

Vi a una maestra jubilada coreana esparcir la mantequilla en una tostada hacia los bordes; vi a una finlandesa hacerlo hacia adentro. Vi un italiano mezclar mantequilla y mermelada en la tostada; vi a dos brasileños remojar la tostada en el té. Vi a un japonés cortar la tostada con el cuchillo para así tener dos rebanadas; vi a una danesa decir que las tostadas no le gustaban porque la engordaban. Vi a un canadiense decir que quería una mantequilla de marihuana porque así tendría más sabor la tostada. Vi a una finlandesa morder la tostada; vi a un italiano partir la tostada para luego morderla. Vi a un pareja de eslovenos hablar en un idioma que no comprendía pero que al igual que yo, estar fascinados con estar en Kingston.

Respondí al menos doce veces Colombia cuando me preguntaron where do you come from?

Respondí al menos cinco veces Yes, drugs are still a problem in my country cuando me preguntaron si era cierto todo lo que se decía de las drogas en Colombia.

Respondí al menos seis veces Yes, colombian women are nice but they are not open minded cuando me preguntaron si las mujeres colombianas eran bonitas e independientes.

Respondí al menos seis veces

No me hice evidente, ni tampoco jugué a ser el colonizador. Iba a buscar los motivos, salí con más preguntas. He de volver, para que sea Kingston la que diga si hice bien o mal con esto.

 

Takyi el taxista bacán

En una de las ocasiones en las que emprendí la misión de buscar vinilos le pregunté a algunas personas si conocían tiendas de vinilos de la ciudad. Algunos me dijeron que no escuchaban música en algo tan grande y la cargaban en el celular. Otros me dijeron que sabían que los turistas venían a Jamaica a conseguir mujeres, marihuana o discos pero no sabían dónde se conseguían los discos. Le pregunté a dos policías y me dijeron que otras personas les dijeron que en el centro había una tienda que tenia un buen surtido.

Con ese dato, caminé hacia un lugar donde pudiera tomar un taxi que me llevara. Y así llegué a Takyi, un taxista que además de transportarme me dio lecciones sonoras. Un hombre que medía un metro sesenta y que llevaba consigo el gozo a cuestas. Un servicio de transporte que no pidió el peligro o la diversión, pero que bien lo vivió.

Cuando le dije que llevara al centro, me dijo:

Yes, man me gonna take you to di center.

Cuando le comenté cuál era la tienda que buscaba, me dijo que él también era cantante y que si quería escuchar una de sus canciones. Accedí y en menos de cinco minutos ya me di cuenta que había perdido la lucha por no comprar vinilos. Kingston ardía a 28 grados de temperatura, a mi llevaban al centro en un taxi Toyota destartalado modelo 91 que estaba a punto de morir y mi taxista fumaba spliffs mientras esquivaba el agitado tráfico de la ciudad.

– Man, you wanna buy some vinyl? Me preguntó cuando notó mi interés en ello.

– Yes, I want some nice tunes, le dije.

– Cause ï´ve got boxes in my house with lots of vinyl, fue su respuesta.

– How come?, mostró mii interés.

– Yes man, a mine friend had a label and when he started doing cds, he gave me boxes filled with di vinyls he don’t´ use more. I have of them many. May too much and I wanna sell some, due su argumento de convencimiento.

Sabiendo eso, después de llevarme al centro y dejarme en el hostal, regresó en la noche para darme una bolsa con 40 sencillos de dancehall y raggamuffin y decirme que le diera veinte dólares. No iba a decir que no, cuando tenía ante mis ojos una pequeña mina de sonidos que no se descargan ni están en streaming.

Al día siguiente, lo llamé para dar otra vuelta por Kingston y me llevó a conocer a Sly Dunbar; el legendario músico que con Robbie Shakespeare tienen la dupla creativa y productora conocida como Sly & Robbie. Al regreso, me llevó de paseo por la ciudad mientras ella estaba ya en la euforia propia de un viernes y en su automóvil, sonaban riddims sobre los cuales él improvisaba y me invitaba a cantar. Luego arma su cigarrillo de marihuana y Kingston dice fiesta.

Dos días después me lleva más vinilos que tienen un aliño especial: están impregnados del aroma que une la humedad, el calor; y esa misma noche se sella llevándome junto a María y Juan (la pareja argentina) con una primera parada en una fiesta en el estadio de Criquet de Kingston. Un deleite con gente elegante. Antes tuvimos que empujar en una calle de la ciudad su destartalado Toyota porque se le acabó la gasolina.

Fue esa misma noche cuando nos llevó al estadio de Criquet y vimos a Ken Boothe cantar. Nosotros pagamos diez dólares y disfrutamos semejante sesión de música con un Soundsystem que parecía un regalo de los dioses. Takyi no los pagó; tomó cervezas y fumó más spliffs mientras caían pequeñas gotas de lluvia desde el inmenso cielo de Kingston.

Luego nos llevó a una fiesta densa de dancehall a unas pocas cuadras. Esta vez Rae Town es la que nos acoge. Siendo nosotros tres los únicos blancos, vemos una fiesta de ghetto ante nuestros ojos. Mujeres dispuestas, hombres dispuestos, una que otra bolsa de cocaína dispersa, un sistema de sonido que simplemente pone pistas sobre las cuales se improvisa y se invita a aprovechar la noche, vendedoras de tintes para el pelo y esmaltes arreglan mujeres en plena fiesta y Takyi aparece fumando un gran cigarro de marihuana acompañado con una cerveza Red Stripe.

Más que taxista, este personaje nunca dejó de sonreír ni vivir la vida en su Jamaican Style.

Cantó, habló del “sweet jamaican punnany taste”, me dijo que tenía cuatro hijos y que trabajaba como taxista, para que vivieran. Y que solo quería que su música se escuchara en algún lugar del mundo.

Ya por lo menos en Bogotá sonará.

Kingston, Jamaica

20 – 30 de diciembre de 2013

8 Burlington Ave, KGN 10, Kingston, Jamaica

 

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