Gabriel García Márquez: “Ladrón de bicicletas”

Gabriel García Márquez: “Ladrón de bicicletas”

Dos de los primeros oficios de Gabriel García Márquez fueron ser periodista y crítico de cine, labores que desempeñó en los periódicos “El Universal” de Cartagena, “El Heraldo” de Barranquilla y “El Espectador” de Bogotá. La relación de García Márquez con el cine es larga y él la describió como “Las relaciones de un matrimonio mal avenido. Es decir: como las de quien no ha podido vivir ni con el cine ni sin el cine”. Y es verdad que muchas de las películas hechas con base en los textos de Gabo son terribles y que sus críticas carecen de rigor, pero también es cierto que Gabriel García Márquez fue guionista en México, que es uno de los creadores de la Fundación del nuevo cine latinoamericano y de la Escuela internacional de cine y televisión (EICTV), y que en Colombia impulsó la realización de una veintena de largometrajes. Fue mucho lo que Gabo hizo por el cine de Iberoamérica.

Entre sus muchas críticas, aquí hay una bella y brillante sobre un filme que también lo es: Ladrón de bicicletas (Vittorio De Sica, 1948. Italia)

 

Gabriel García Márquez:

LADRÓN DE BICICLETAS*

 

La producción de Vittorio de Sica –que se exhibe actualmente en un teatro de la ciudad– deja mucho que pensar acerca de los avances y las posibilidades del arte cinematográfico. Los italianos están haciendo cine en la calle, sin estudios, sin trucos escénicos, como la vida misma. Y como la vida misma transcurre la acción de Ladrón de bicicletas, que puede calificarse, sin temor de que se vaya la mano, como la película más humana que jamás se haya realizado.

En la diezmada Italia de las post-guerra, una bicicleta se convierte en la única condición para que un hombre, su mujer y su pequeño de nueve o diez años, sobrevivan al angustioso instante en que les corresponde luchar. En la película, la bicicleta se convierte en un mito, en una divinidad con ruedas y pedales con cuyo concurso –y sólo con él- el hombre será superior a su hambre. Desde la sencillez del título hasta la tremenda sencillez del final, la producción de De Sica no es otra cosa que la angustiosa búsqueda de una bicicleta robada por las calles de Roma, donde hay un vertiginoso, abismal mercado de bicicletas, en el domingo más largo y más despiadado que un hombre haya podido vivir. Algún conocido mío, insatisfecho del espectáculo, me decía: “Esto es una tontería. Un hombre buscando una bicicleta durante toda la película, para al final salirnos con que no la encuentra”.

Creo que es ésa la síntesis más exacta de Ladrón de bicicletas. Tan exacta, como equivocada y absurda la afirmación de que es una tontería. Yo quisiera poner al autor de ese concepto en las circunstancias del protagonista. De seguro, sin ser actor ni pretender serlo, representaría su papel con tanta propiedad, con tan angustiosa naturalidad, como lo hace ese hombre para quien la vida no es ya otra cosa que una bicicleta, que puede parecer insignificante a quien se ha fastidiado de todas las diversiones y resuelve refugiarse en un cine, por puro pasatiempo burgués.

Ladrón de bicicletas –y el número de quienes estarán en desacuerdo con este concepto es tan voluminoso que lo pierdo de vista– es una película invulnerable, de las muy contadas que no admiten objeciones desde ningún punto de vista. Quienes participan en ella no son actores profesionales. Son hombres sacados de las calles de Roma, transeúntes ordinarios que probablemente asisten al cine con muy poca frecuencia, que ignoran los secretos de la representación teatral, pero que están tan íntimamente ligados al drama de la vida de post-guerra, que no encuentran dificultad alguna para desempeñarse frente a las cámaras. Si a quienes actúan en Ladrón de bicicleta les hubiera asignado un lugar en una película de “cowboys” o en una obra de Shaw, posiblemente la producción habría sido un fracaso. Pero fueron sacados de la vida, por un momento, y sumergidos después en la misma salsa, en donde el único elemento extraño eran las cámaras y los demás artefactos técnicos. Pero nada más.

La actuación del niño no admite otro calificativo que el de genial. Asimilado a los recuerdos, se duda todavía de que todo lo que se le vio hacer en Ladrón de bicicleta estuvo enmarcado por la pantalla. Y resultaría interminable analizar las innumerables escenas, llenas de vívido dramatismo, que habrían bastado para que fuera extraordinaria e inolvidable esta película que tantas protestas y tan escasas manifestaciones de entusiasmo han provocado a la ciudad.

 

 

*Texto publicado en el periódico “El Heraldo” de Barranquilla, en octubre de 1950 en la columna “La Jirafa” que Gabriel García Márquez firmaba con el seudónimo “Septimus”, y recogido como parte del libro de la editorial Oveja Negra: “Textos Costeños II” (Bogotá, 1982), que hace parte de una colección en cuatro volúmenes dedicada a la obra periodística de Gabo.

 

Otras entradas sobre Gabriel García Márquez en Geografía Virtual: 

JOEL DEL RÍO: “EL CINE SEGÚN GARCÍA MÁRQUEZ”:

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ALESSANDRO ROCCO: SOBRE GARCÍA MÁRQUEZ, BLACAMÁN EL BUENO Y EL OTOÑO DEL PATRIARCA:

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SOBRE EL LIBRO “CÓMO SE CUENTA UN CUENTO” DE GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ:

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CINE BASADO EN LA OBRA DE GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ (ENTREVISTAS EN VIDEO):

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GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ Y EL CINE:

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