Borges: Epitafio

Borges: Epitafio

Con motivo de los treinta años de la muerte del escritor argentino Jorge Luis Borges (1899-1986), la Asociación de Academias de la Lengua Española y la Real Academia Española prepararon la edición conmemorativa, “Borges esencial”, que salió a librerías al año siguiente y que presenta una selección de cuentos, ensayos y poemas de este autor, acompañada por varios textos sobre su obra, una bibliografía y un glosario. Este título, como todas las ediciones conmemorativas de la RAE, es una joya.

Con la aparición de esta antología he regresado a la lectura de Borges, y me he encontrado con un viejo amigo. Borges fue uno de los mejores compañeros que tuve en los años del colegio, ese tiempo cuando huyendo de los recreos brutales y de las calles ensangrentadas, me refugiaba en las bibliotecas buscando paz e inteligencia. No es lo mismo leer a Borges siendo un adolescente que un adulto, por supuesto. En el tiempo de los descubrimientos, Borges era una atalaya en la que me asombraba constantemente, desde donde siempre podía ver promesas de aventuras y nuevas formas de pensamiento, pero ahora me parece que las promesas no eran tantas, que mucho del atractivo de Borges estaba por igual en su erudición, su ingenio y su vanidad. Hoy Jorge Luis Borges me sigue pareciendo un escritor importante, pero también un autor hecho de carne que en ocasiones es profundo y a veces vano.

Hablando sobre este pequeño regreso a Borges y esculcando en las bibliotecas de los amigos, uno de ellos me presentó el texto que transcribo en Geografía Virtual: “Borges: Epitafio” (escrito por Borges para la edición de sus obras completas de 1972: Jorge Luis Borges: “Obras Completas, 1923-1972”. Emecé Editores, Buenos Aires). Estos párrafos son una curiosidad que no se ha impreso en ningún otro título, y que me mostraron a don Jorge Luis como alguien que también duda de sí mismo, que a veces se admira de sus logros y a veces se desprecia, alguien que es como tantos, que es como yo mismo, alguien que sigue siendo un buen compañero.

 

JDC.

 

BORGES: EPITAFIO

 

“A riesgo de cometer un anacronismo, delito no previsto por el código penal pero condenado por el cálculo de probabilidades y por el uso, transcribiremos una nota de la Enciclopedia Suramericana, que se publicará en Santiago de Chile, el año 2074. Hemos omitido algún párrafo que puede resultar ofensivo y hemos anticuado la ortografía, que no se ajusta siempre a las exigencias del moderno lector. Reza así el texto:

‘BORGES, JOSÉ FRANCISCO ISIDORO LUIS: Autor y autodidacta, nacido en la ciudad de Buenos Aires, a la sazón capital de la Argentina, en 1899. La fecha de su muerte se ignora, ya que los periódicos, género literario de la época, desaparecieron durante los magnos conflictos que los historiadores locales ahora compendian. Su padre era profesor de psicología. Fue hermano de Norah Borges (q.v.). Sus preferencias fueron la literatura, la filosofía y la ética. Prueba de lo primero es lo que nos ha llegado de su labor, que sin embargo deja entrever ciertas incurables limitaciones. Por ejemplo, no acabó nunca de gustar de las letras hispánicas, pese al hábito de Quevedo. Fue partidario de la tesis de su amigo Luis Rosales, que argüía que el autor de los inexplicables Trabajos de Persiles y Segismunda no pudo haber escrito el Quijote. Esta novela, por lo demás, fue una de las pocas que merecieron la indulgencia de Borges; otras fueron las de Voltaire, las de Stevenson, las de Conrad y las de Eça de Queiroz. Se complacía en los cuentos, rasgo que nos recuerda el fallo de Poe, There is no such thing as a long poem, que confirman los usos de la poesía de ciertas naciones orientales. En lo que se refiere a la metafísica, bástenos recordar cierta Clave de Baruch Spinoza, 1975. Dictó cátedras en las universidades de Buenos Aires, de Texas y de Harvard, sin otro título oficial que un vago bachillerato ginebrino que la crítica sigue pesquisando. Fue doctor honoris causa de Cuyo y de Oxford. Una tradición repite que en los exámenes no formuló jamás una pregunta y que invitaba a los alumnos a elegir y considerar un aspecto cualquiera del tema. No exigía fechas, alegando que él mismo las ignoraba. Abominaba de la bibliografía, que aleja de las fuentes al estudiante.

Le agradaba pertenecer a la burguesía, atestiguada por su nombre. La plebe y la aristocracia, devotas del dinero, del juego, de los deportes, del nacionalismo, del éxito y de la publicidad, le parecían casi idénticas. Hacia 1960 se afilió al Partido Conservador, porque (decía) “es indudablemente el único que no puede suscitar fanatismos”.

El renombre de que Borges gozó durante su vida, documentado por un cúmulo de monografías y de polémicas, no deja de asombrarnos ahora. Nos consta que el primer asombrado fue él y que siempre temió que lo declararan un impostor o un chapucero o una singular mezcla de ambos. Indagaremos las razones de ese renombre, que hoy nos resulta misterioso.

No hay que olvidar, en primer término, que los años de Borges correspondieron a una declinación del país. Era de estirpe militar y sintió la nostalgia del destino épico de sus mayores. Pensaba que el valor es una de las pocas virtudes de que son capaces los hombres, pero su culto lo llevó, como a tantos otros, a la veneración atolondrada de los hombres del hampa. Así, el más leído de sus cuentos fue Hombre de la esquina rosada, cuyo narrador es un asesino. Compuso letras de milonga, que conmemoran a homicidas congéneres. Sus estrofas de corte popular, que son un eco de Ascasubi, exhuman la memoria de cuchilleros muy razonablemente olvidados. Redactó una piadosa biografía de cierto poeta menor, cuya única proeza fue descubrir las posibilidades retóricas del conventillo. Los saineteros ya habían armado un mundo que era esencialmente el de Borges, pero la gente culta no podía gozar de sus espectáculos con la conciencia tranquila. Es perdonable que aplaudieran a quien les autorizaba ese gusto. Su secreto y acaso inconsciente afán fue tramar la mitología de un Buenos Aires, que jamás existió. Así, a lo largo de los años, contribuyó sin saberlo y sin sospecharlo a esa exaltación de la barbarie que culminó en el culto del gaucho, de Artigas y de Rosas.

Pasemos al anverso. Pese a Las fuerzas extrañas (1906) de Lugones, la prosa narrativa argentina no rebasaba, por lo común, el alegato, la sátira y la crónica de costumbres; Borges, bajo la tutela de sus lecturas septentrionales, la elevó a lo fantástico. Groussac y Reyes le enseñaron a simplificar el vocabulario, entorpecido entonces de curiosas fealdades: acomplejado, agresividad, alienación, búsqueda, concientizar, conducción, coyuntural, generacional, grupal, negociado, promocionarse, recepcionar, sentirse motivado, sentirse realizado, situacionismo, verticalidad, vivenciar… Las academias, que hubieran podido desaconsejar el empleo de tales adefesios, no se animaron. Quienes condescendían a esa jerga exaltaban públicamente el estilo de Borges.

¿Sintió Borges alguna vez la discordia íntima de su suerte? Sospechamos que sí. Descreyó del libre albedrio y le complacía repetir esta sentencia de Carlyle: “La historia universal es un texto que estamos obligados a leer y a escribir incesantemente y en el cual también nos escriben”.

Puede consultarse su Obra Completa, Emecé Editores, Buenos Aires, 1974, que sigue con suficiente rigor el orden cronológico.’”

 

Imágenes:

(1) Carátula de la edición conmemorativa “Borges esencial” (2017)

(2) Foto de Borges tomada por la maestra Sara Facio e incluida en varias páginas entre las cuales está: https://www.infobae.com/cultura/2017/08/24/las-librerias-de-borges-el-laberinto-de-un-lector-unico/

 

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