Sobre el libro “Un imperio propio: Cómo los judíos inventaron Hollywood”

Sobre el libro “Un imperio propio: Cómo los judíos inventaron Hollywood”

Se ha traducido y editado en castellano (por Editorial Confluencias), la investigación de Neal Gabler titulada An Empire of Their Own: How the Jews Invented Hollywood, un libro cuya redacción tomó ocho años, y que se publicó por primera vez en 1988 (por Crown Publishing Group). Este voluminoso texto arroja con detalle y sabor de crónica, una mirada diferente sobre los primeros años de Hollywood y los valores que definieron el cine de los Estados Unidos (y la identidad de los estadounidenses). “El sueño americano es una invención judía”, dice Neal Gabler citando a Jill Robinson, y página tras página Gabler demuestra esta afirmación. Formas de producción y comercio, conceptos de lo que es el patriotismo, la civilización y la libertad, son en muchos sentidos inventos de ese asentamiento entre físico y espiritual que es Hollywood. Este es un libro que vale la pena leer con detenimiento.

Una de las muchas perlas que trae Un imperio propio: Cómo los judíos inventaron Hollywood, es el prólogo para la edición en castellano, escrita por el icónico Roman Gubern, en un complejo y certero preámbulo que reproducimos en Geografía Virtual como una provocación para nuevos lectores.

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Prólogo de Román Gubern a

UN IMPERIO PROPIO: CÓMO LOS JUDÍOS INVENTARON HOLLYWOOD

de Neal Gabler

Hace ya más de cincuenta años, cuando residía en California e impartía allí clases de Historia del Cine en algunas universidades locales, pregunté un día al historiador Robert Rosenstone, amigo mío y judío de ascendencia rumana, si era cierta la extendida creencia de que las industrias de la comunicación y del espectáculo estaban vinculadas en Estados Unidos a intereses judíos. Me contestó que era una pregunta políticamente incorrecta, o que no era de buen tono formular, pero que me respondería. Me contó que los judíos que llegaron a Estados Unidos a finales del siglo anterior o principios del siglo XX, procedentes de Europa central u oriental, fugitivos de pogromos, de la discriminación racial o de la miseria, no fueron aceptados en Estados Unidos en los círculos de los «negocios respetables» y por eso tuvieron que buscarse la vida en el mundo de los espectáculos populares y actividades similares (en el llamado expresivamente entertainment), alejados de los salones de la burguesía respetable. Tuve que esperar a 1989, residente ya en España desde la muerte del general Franco, para poder leer la documentada y fascinante historia de Un imperio propio, de Neal Gabler, que ahora comparece oportunamente traducida entre nosotros.

En efecto, en el origen del cine americano, que fundó el poderoso inventor y empresario Thomas Alva Edison, los outsiders europeos de origen judío trataron de buscar su lugar en el sol como productores independientes y, para huir de su persecución en los tribunales por infracción de la ley de patentes, intentaron el rodaje de películas en Cuba, hasta que acabaron alejándose lo más posible de Nueva York y de los picapleitos de Edison, asentándose en un barrio de Los Angeles que se haría mundialmente famoso con el nombre de Hollywood. Gabler relata pormenorizadamente esta fascinante historia, con sus escaramuzas coloristas. Los rivales de Edison —Adolph Zukor, Carl Laemmle— inventaron, como arma comercial, lo que hoy llamamos star-system y codificaron muchas fórmulas del cine del futuro. Pero no faltaron los incidentes y los episodios controvertidos. El judío Cecil B. DeMille fue criticado por los rabinos porque su película Rey de reyes (King of kings, 1927), sobre la Pasión de Cristo, apoyaba la tesis del «deicidio judío», un tema largamente controvertido y que aún resonaba en el colegio jesuita en el que estudié. Pero la película que se convirtió oportunamente en crisol del judaísmo inmigrante y de la música afroamericana fue El cantor de jazz (The jazz singer, 1927), donde el hijo de un rabino ultraortodoxo triunfa como cantante de jazz con la cara embadurnada de negro, bendecido al final por su antes reticente padre. Con este crisol étnico-cultural se impuso el cine sonoro en el país.

Por entonces estaba a punto de gestarse el código Hays de autocensura de la industria —para protegerse de la intervención del Estado— y la cúpula semita de los estudios eligió astutamente a un presbiteriano, Will Hays, protestante anglosajón que su vez encargó al jesuita Daniel A. Lord y al publicista católico Martin Quigley, la redacción del famoso código Hays de censura, borrando toda raíz judía en su génesis, para mejorar su respetabilidad social.

Esto ocurrió cuando Hitler estaba a punto de asaltar el poder en Alemania y, cuando en 1934 su ministro Goebbels ordenó la expulsión de los judíos de la industria cinematográfica, las sucursales norteamericanasen Berlín de matrices judías acataron la orden sin rechistar. Ese mismo año, el agente comunista checo Otto Katz, instalado en Hollywood y apoyándose en profesionales fugitivos del nazismo (como los eminentes Fritz Lang y Bertold Brecht), fundó la Liga Antinazi semillero de simpatías comunistas que, al inicio de la Guerra Fría, tuvo que rendir cuentas ante el Comité de Actividades Antiamericanas de Washington durante la popularmente llamada caza de brujas. En la nómina de sus víctimas menudearon los apellidos judíos.

Esta es, en síntesis, la historia colorista y accidentada que nos narra Neal Gabler en su fascinante libro, que podría prolongarse más allá de Hollywood, para recordarnos, por ejemplo, que el productor judío Samuel Bronston (Bronstein, sobrino de Trotsky: Leon Bronstein) conoció sus horas de gloria en la España franquista y hasta intentó producir una biografía de Isabel la Católica, la reina que ordenó la expulsión de los judíos de España. Pero esta sería ya otra historia.

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