Federico Fellini cumple 100 años

Federico Fellini cumple 100 años

El cineasta italiano Federico Fellini nació en enero de 1920 y murió en 1993, así que si estuviera vivo andaría cumpliendo sus 100 años… Y lo está, Fellini está vivo, todos sabemos que Federico Fellini y su cine vivirán mucho más que el centenario marcado por este 2020.

Como un homenaje a la obra de Federico Fellini, publicamos en Geografía Virtual dos textos sobre él y sobre Marcello Mastroianni, textos que escribí para la revista Kinetoscopio y para un homenaje que la Universidad Nacional de Colombia le hizo a Mastroianni. Estas letras recorren la vida de Fellini y su cine, un cine magistral que sigue influyendo en el arte del mundo entero.

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SOBRE “FELLINI, UNA VIDA”, DE HOLLIS ALPERT:

EL PLACER DE LA CREACIÓN*.

La pequeña mujer, con aire de niño, toca una música melancólica en su trompeta, un instrumento que parece de juguete. La familia que la cuida trata de darle alimento y compañía, pero la mujercita se muere. Sin cesar repite su melodía mientras mira al mar. Zampanó, que no la verá morir, cuando sepa de sus últimos días imaginará por el resto de su vida la agonía de esa muchacha que compró en una playa. Los espectadores de esa historia tampoco verán en las pantallas el final de Gelsomina, pero se llevarán para siempre la tonada triste que interpretaba, y el recuerdo de su carita de payaso.

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Como jugando, Federico Fellini sembró en la memoria de la humanidad imágenes como esa.

En 1986 Hollis Alpert, crítico cinematográfico, novelista y ensayista, publicó una biografía sobre Fellini. El neoyorquino Hollis Alpert fue considerado por John Huston como uno de los mejores críticos cinematográficos. Este escritor colaboró con las revistas “Esquire”, “The Paris Review”, “Saturday Review”, y el periódico “New York Times”. El trabajo que Alpert realizó sobre Fellini no pretende responder por el sentido de su arte o por su origen, al menos no de una manera directa. El libro de Alpert se titula “Fellini, una vida”, y de eso se trata: de dar cuenta de una vida en la que el cine ha sido un juego, y ha sido “Kairós” o “Espacio virtual de reconstrucción interna”, como cada quien lo quiera nombrar.

El texto de Alpert se inicia con un capítulo que introduce al lector en el día del estreno de “La dolce vita”, un momento en el que Federico Fellini fue objeto de todo tipo de comentarios apasionados: el Vaticano, Roma, Hollywood, Cannes: unos lo censuraban y otros consideraban que había introducido una nueva dimensión en el arte cinematográfico. Hollis Alpert pasa luego a recorrer la infancia y la juventud de Fellini: Rimini y Roma, sus intereses y trabajos, el modo como se fue introduciendo en el cine. Las relaciones que tuvo con gente como Rossellini, Mastroianni, Pinelli, Flaiano y Bergman, descubrimientos descritos con maestría literaria y a veces con ternura, como en el caso del encuentro con el músico Nino Rota.

El trabajo de Hollis Alpert abarca el nacimiento y desarrollo de las obras de Fellini y llega hasta 1986, año del filme “Ginger y Fred”.  El libro es una crónica llena de anécdotas descritas con una objetividad que descubre lo absurdo de la realidad. Historias que en ocasiones adquieren el sentido de una crítica, y en otros momentos parecen parte de una comedia. Alpert es un excelente escritor, que sin barroquismos, siguiendo la tradición de gente cono Hemingway y Sherwood Anderson, describe la vida de Federico Fellini. El libro es valioso por su documentación y por su calidad literaria.

Las imágenes de Fellini han sido abordadas por toda clase de críticos y periodistas. El hecho de que fuera un cineasta italiano llevó a que se le comparara con los autores del Neorrealismo y sin embargo, este creador se apartó de los esquemas que lo precedieron, y pobló sus películas con realidades internas, con una estética propia. Hollis Alpert no trata de dar respuestas, no quiere ser semiólogo, ni psicoanalista, ni teólogo, Hollis Alpert enmarca las creaciones de Federico Fellini en la vida del creador: su infancia en Rimini, su juventud entre el fascismo, su tozudez y sus dudas.

Alpert permite que cada lector entienda lo que quiera entender, tal como el mismo Federico Fellini lo hace en las entrevistas que concede y en las películas que realiza. Hollis Alpert se pone en la posición de Fellini y desde ahí lo narra. De ese modo, aparece una vida que por su propio desarrollo demuestra incompetencias e injusticias en los sistemas de producción y distribución cinematográfica y en quienes, a través de los medios masivos, viven de digerirle ideas a los demás.

La biografía construida por Hollis Alpert tiene el suficiente sentido del humor y la suficiente humildad como para no caer en fórmulas o moralejas, y sin embargo, al lector le quedan algunas frases que le permiten comprender mejor al hombre que fue Federico Fellini. Una de esas frases, en palabras del cineasta, dice:

Cuando hago un filme estoy sano y dichoso, no necesito nada fuera de sexo. Vivo en una dimensión en la cual estoy absuelto, aceptado por la vida. Mi crisis comienza cuando lo termino, cuando me encuentro de nuevo con mis verdaderos problemas –Dios, la esposa, las mujeres, los impuestos-, hasta que se enciende una nueva luz para anunciar un nuevo juego, y me absorbe de nuevo.

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LAS CONFESIONES DE SNAPORAZ

(“81/2”, FELLINI Y MASTROIANNI)**

Cuando de tiempo en tiempo se hacen las listas de las mejores películas de la historia del cine hay un director que nunca falta, un italiano llamado Federico Fellini. De sus veintidós obras hay cinco que están consideradas entre las más importantes películas de la historia del cine: “La strada” (1954), “Le notti di Cabiria” (1957), “La dolce vita” (1960), “Fellini, Otto e mezo” (“81/2”, 1963) y “Amarcord” (1973). De casi ningún cineasta del mundo se puede decir algo así, pocos han dejado una obra tan perdurable. Marcello Mastroianni, amigo de Fellini, y uno de los más importantes actores italianos de la historia del cine, participó en dos de esas cintas: “La dolce vita” y “81/2”.

Si Federico Fellini (1920-1993) fue uno de los más importantes directores de la historia del cine, Marcello Mastroianni (1924-1996) fue uno de los más importantes actores. Los premios rara vez permiten medir el talento, pero tanto Mastroianni como Fellini ganaron una extensa lista de premios, que incluyen Nastros d’Argento en Roma, palmas doradas en Cannes, Globos de Oro y Oscars en Hollywood, entre muchos otros reconocimientos en todo el mundo. Mastroianni tiene una larga filmografía: 57 películas. La historia de Mastroianni recorre más de cinco décadas del cine mundial, desde su debut en 1947 con “Tempesta sur Parigi” (de Riccardo Freda), pasando por los más importantes directores europeos y varios del continente americano. La vida de Marcello Mastroianni se inicia en 1924, en Fontana Liri. Durante su infancia y después de terminar sus estudios secundarios trabajó en la carpintería de su padre. Luego estudió agrimensura y se vio obligado a trabajar con los alemanes en la fabricación de mapas hasta 1943, año en que fue enviado a un campo de trabajos forzados, de donde logró huir. Tras esconderse un tiempo en Venecia, llegó a Roma para hacer parte del grupo de teatro experimental del que también hacía parte Giulietta Massina (la que luego sería la esposa de Fellini y la Gelsomina de “La strada”), fue en ese grupo donde conoció a Fellini pero fue durante el rodaje de “La dolce vita” que creció entre ellos una verdadera amistad.

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En 1960 Federico Fellini logró los recursos para filmar “La dolce vita”, y escogió a Mastroianni como protagonista, como Marcello, el periodista en crisis, que otrora lleno de ideales ha terminado por convertirse en un escritor de notas sensacionalistas, un personaje típico del siglo XX que resulta inseparable compañero del fotógrafo Paparazzo (de hecho, fue este filme de Fellini el que puso en los diccionarios del mundo la palabra “Paparazzi”). La obstinación de Fellini por lograr que Mastroianni protagonizara esa cinta fue tanta, que se convirtió en una de las causas por las cuales De Laurentiis, el productor original, renunció a financiar el filme. Con el tiempo, el desempeño de Marcello Mastroianni y la calidad que le dio Fellini a la película, demostraros que bien valía la pena encontrar otro productor. La cinta ganó, entre otros premios, la palma de oro en Cannes y tal vez es la película más vista y controvertida del trabajo de ambos artistas.

Cuando en 1961 Fellini se compromete a la realización de un nuevo largometraje, empieza una historia tan llena de contradicciones y humor como muchas de sus otras cintas. Federico Fellini, desde 1960 tenía:

El vago y confuso deseo de hacer el retrato de un hombre en un día cualquiera de su vida. El retrato de un hombre, me decía, en su contradictoria, esfumada, inaferrable suma de diversas realidades y en el cual se transparentan todas las posibilidades de su ser, los niveles, los planos superpuestos, como un edificio al cual se le cayó la fachada y que revela su interior todo junto (…), un enredo inextricable de cotidianidad, de memoria, de imaginación, de sentimientos, de hechos que han sucedido tanto tiempo antes y conviven con aquellos que están sucediendo, se confunden entre nostalgia y presentimiento.” (de la entrevista con G. Grazzini, 1983)

Aparte de esta clara sensación y confusa idea, Federico Fellini no tenía mucho más para empezar una filmación y sin embargo, para ese año era tan grande la confianza de su productor Angelo Rizzoli (el sucesor de De Laurentiis en “La dolce vita”), que el proyecto tuvo vía libre solo con un guion sin principio ni final, donde un personaje principal anda en una crisis creativa y vital. El texto con el cual Fellini se embarcó en la producción de “81/2” solo era un boceto.

Trabajar con Fellini era una escuela difñicil para cualquier actor, quien constantemente reelaboraba el guion, y con frecuencia entregaba a los actores los diálogos el mismo día. Esa situación, que nunca fue inusual en sus películas, jamás fue tan aguda como en la aventura de filmar “81/2”: el guion estuvo bajo llave, y nunca en el set hubo más de dos copias del mismo, copias que además reescribían diariamente Fellini y su coguionista Brunello Rondi. Incluso el inicio de las filmaciones fue toda una epopeya, una historia como la de Guido, el protagonista de “81/2” que representó Mastroianni. Sobre esta cinta Fellini respondió a Giovani Gazzini: “Reflexiono que me encuentro en una situación sin salida. Soy un director que quería hacer una película que ya no recuerda.”

Esa es la misma situación del personaje Guido, y es el conflicto central de “81/2”, y fue también durante meses la situación de Fellini: con actores que casi nada conocían de sus personajes, con estrellitas presionando para ser contratadas, con escenarios construidos o en construcción, con un productor paciente pero embarcado en una inversión fabulosa, con una prensa y una crítica expectantes, y una historia desvanecida en medio de su propia complejidad. El título de “81/2”, por ejemplo, fue un título provisional. Algo parecido sucedió con el final: Fellini había escrito y filmado un final en el vagón de tren, en donde de una manera muy intelectual Guido se reconcilia con sus contradicciones, pero por otro lado, y para darle algún uso a uno de los monumentales escenarios que había mandado a hacer, Fellini filmó una secuencia en la que todos los personajes y la gente de un circo se toman de las manos en una larga danza, una secuencia destinada a la publicidad del filme y que terminó por ser el final de la película. En ese caos que fue la realización de “81/2”, Mastroianni fue el único actor que presenció el proceso entero, que sabía de todas las angustias y contradicciones de Guido, y que construyó su personaje calcándolo de su modelo original: Federico Fellini.

Yo soy Guido”, dijo Fellini una vez, cuando un crítico le preguntó si sus propios problemas coincidían con los del protagonista del filme, y en un amplio sentido, tanto Fellini como Guido son el mismo arquetipo: el hombre acosado por su matrimonio, por las mujeres, por el dinero y por los críticos, el hombre perseguido por su necesidad de crear (y por todo el aparato levantado alrededor de su obra). Marcello Mastroianni supo captar esa evidencia y creó un Guido que era también un Federico: en la forma de moverse, y de ser a la vez encantador y tiránico, en sus gestos mínimos, en la forma de ponerse el sombrero. En esa medida, su amistad y sus largas conversaciones fueron un importante apoyo, pero Mastroianni, al igual que todos los actores de “81/2”, se vio sometido a hacer un filme sin destino definido y con diálogos que se debía aprender diariamente.

La relación que Mastroianni sostuvo con Fellini es la más íntima que haya tenido cineasta alguno. Para Mastroiani, Luchino Viscontti fue “el Maestro” y Vittorio de Sica, “el Tío”, pero la amistad con Fellini siempre fue definida por el actor como una relación de “compañeros de escuela” (Fellini le llevaba solo dos años de edad). En una entrevista citada por Hollis Alpert, Mastroianni dijo que la razón por la cual Fellini lo había escogido para “81/2” era que: “Yo me parecía mucho más a él: soy católico, débil y antihéroe”, pero sus semejanzas van más allá: para ambos hacer cine era el sustento vital, y era un gran juego que los redimía de las angustias cotidianas, ambos eran apasionados de las mujeres, la comida y los autos, y ambos tenían como su gran defecto y su mayor cualidad la compulsión por la mentira. Famosas son las entrevistas de Fellini donde fabulaba sobre su vida (donde decía que huyó con un circo cuando era niño, por ejemplo), y de igual forma Mastroianni fue un actor famoso por ser uno de los más entrevistados y de los que más contradicciones y fantasías deslizaban en las notas de los periodistas.

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Federico Fellini fue un creador que se formó entre los dibujos que hacía para caricaturizar la realidad y el Neorrealismo Italiano, y en esa combinación desbordó su realidad nacional para crear un mundo de sueños y arquetipos humanos. Federico Fellini murió dejando una obra perdurable. Dentro de la obra de Fellini, el trabajo de Mastroianni, desarrollado a través de cuatro personajes fundamentales (Marcello, Guido, Snaporaz y Fred/Pippo Botticella), es ejemplar del hombre contemporáneo. El Marcello de “La dolce vita” es el idealista que ha devenido cínico a pesar suyo, el hombre de los medios de masas que se vende por nada y que puede llegar a creerse parte del triunfo cuando en realidad se arrastra con lo más bajo de las motivaciones humanas. El Guido de “81/2” es el creador atrapado en sus contradicciones y en la feria levantada a su alrededor. Con el Snaporaz de “La ciudad de las mujeres”, Fellini desarrolla a fondo las fantasías del “macho”, del hombre que se apasiona por las mujeres pero para quien todas son objetos: cosas para devorar y coleccionar, cosas que persiguen, madres o putas. El Fred/Pippo de “Ginger y Fred” es el artista que ha renunciado a crear, atrapado en un nuevo mundo, mundo masivo del video y la vulgaridad, mundo que cosifica y empaqueta a los artistas como un engranaje de mercadeo en el negocio del entretenimiento.

No con todos sus directores tuvo Mastrianni grandes interpretaciones, aunque sí lo logó con la mayoría, y eso es una prueba de su talento. Roles como los desempeñados en la malograda “De eso no se habla” (María Luisa Bemberg, 1992) o en las mediocres “Ayer, hoy y mañana” (Vittorio de Sica, 1963) y “Un romance otoñal” (“Used People”, filme de los Estados Unidos bajo la dirección de Beeban Kidron, 1991), estaban destinados al deslucimiento de cualquier actor, pero Mastroianni logró hacerlos dignos y casi creíbles. Pocos papeles, sin embargo, son tan memorables como los que realizó al lado de Fellini.

Federico Fellini murió en Roma el 31 de octubre de 1993, y su compañero, Marcello Mastroianni murió en París el 19 de diciembre de 1996. El mundo entero y la historia del arte son sus deudos.

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* Por Julián David Correa. Reseña sobre el libro “Fellini, una vida” de Hollis Alpert (Ed. Javier Vergara, Buenos Aires. 1986), publicado en la Revista Kinetoscopio No. 20. (Ed. Centro Colombo Americano de Medellín, 1993).

** Por Julián David Correa. Publicado en “Mastroianni, In memoriam”. Ed. Universidad Nacional de Colombia. Medellín, 1997.

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