Arauca y los ruidos

Arauca y los ruidos

El lugar favorito de los delfines rosados del río Arauca es el caño de aguas negras, donde desemboca la mierda de la ciudad. Entre su espuma saltan y juegan todo el día, y giran la cabeza para saludar.

Mi hotel está en una avenida principal, en la calle Olaya Herrera, la única con una calzada doble separada por una jardinera con fila de arboles. Al amanecer, los pájaros son felices en esos arbolitos: hay muchas aves pequeñas y amarillas, hay gritos de guacamayas y grandes pájaros oscuros que se mueven entre las hojas. Mi habitación, la 201, es la mejor del hotel: tiene un adorno rococó en el techo, resaltado por una luz morada, la habitación tiene un balcón que da a la calle, y puedo encontrar al alcance de la mano a los pajaritos amarillos que se quedan un rato en la baranda, o se agarran de la miríada de cables que llevan la energía y las comunicaciones, cables que se enredan y que avanzan entre los postes. Me dicen que en treinta minutos de caminata o, incluso, en treinta minutos de estar sentado cerca de algún pozo en los llanos, es posible ver 75 especies distintas de aves. Este lugar es un paraíso para los ornitólogos, pero no creo que ellos duerman en mi hotel. Mi habitación queda sobre una sala de cine, la sala tiene unas quince sillas extraordinariamente cómodas, y ruidos potentes, y una imagen deslucida pero contundente en esta vida de verdes inmensos y calor constante, y trabajos duros y humedad. En mi calle hay tres tiendas que venden sombreros, una prenda imprescindible para la gente que pasa su vida bajo el sol.

Escribir o descansar en mi habitación durante el día es imposible: la Olaya Herrera es una de las calles comerciales más importantes de Arauca Capital, y los vendedores, y los animadores con micrófono, compiten en atraer la atención de los compradores con música y gritos y bromas amplificadas de acera a acera. Así como se enredan los cables, se enredan las decenas de voces y gritos, y los sonidos de los porros, los corridos, los vallenatos, los regetones y, de vez en cuando, se cuela entre tanto ruido algo de música llanera. Pasadas las once de la noche hay un poco de silencio, aunque de vez en cuando un hombre borracho, con un par de muchachas flacas de ropa colorida y coqueta, tratan de entrar a mi hotel.

Los ruidos son importantes en Arauca Capital y hay desfiles con frecuencia: los de las fiestas por la fundación de la ciudad, los de cada parranda menor, los de cada celebración escolar y evento deportivo. Los desfiles siempre se las arreglan para pasar frente al edificio de la alcaldía, y su monumento al arauco, el ave insignia de la región, que en su versión de metal lleva el pico y los ojos muy abiertos, y se ve un poco intimidante y flaca, y parece un ave carroñera. En otra plaza, en el parque Caldas, hay casetas con jugos y pizza, y otras comidas rápidas, y los locales tienen muebles coloridos, sillas naranjas y amarillas y azules, un mobiliario que riegan por el parque y que recuerda a las golosinas de una tienda de dulces, lo que es perfecto para una plaza que se llena de familias, y de niños que montan en los juegos inflables, en el trampolín y en el carrusel. Las músicas del parque Caldas llegan de todas las esquinas, y unas voces invitan a la noche de coleo. El ruido nunca para en la ciudad, también hay caravanas comerciales de autos que con pitos y bombas anuncian los descuentos: “¡Arauca está barata!”, aúllan mientras trato de trabajar. El comercio con Venezuela era una fuente importante de ingresos para los araucanos, pero ahora el puente fronterizo está vacío, y en la noche solo lo acompañan los bichos que acosan las lámparas amarillas, y un poco de gente que pasa, y soldados y policía que, de lado y lado, esperan que las cosas empeoren. Al otro lado del río, en la República Bolivariana de Venezuela, atracan los mismos botes, se ponen los mismos vallenatos al mismo volumen irracional, y la misma sangre crece y se reproduce, pero ahora la bulla es tanta que la gente espera lo peor.

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