Fernando Vallejo habla de Cuervo

Fernando Vallejo habla de Cuervo

La biblioteca tiene puertas de vidrio, un jardincito y una Minerva en peligro: la multitud no puede entrar. Dentro del edificio, una muchedumbre serpentea. La sierpe se agita porque sabe que no podrá entrar. Ante las escaleras que llevan a la sala de conciertos, la cabeza de la serpiente muerde: “¡Lo exiliaron y ahora no lo dejan ver!” Hasta el auditorio no llegan los gritos, en el salón hay cámaras y filas de sillas reservadas y otras ocupadas por nietos y hermanos de presidentes. Se inicia la lectura: un hombre delgado y canoso, de piel sonrosada, inclina la cabeza sobre el atril. Entre la sierpe y su voz sólo hay comunidad en las palabras flamígeras, su voz es la de un abuelo triste, la de un cura distante, la de una tía solitaria. La voz recorre las lápidas de Père Lachaise y lamenta tanta masacre y juega con los cuervos y con el cuervo de Poe y con el Cuervo celebrado, y ofende a presidentes y senadores, y recuerda su Steinway cayendo y reventando entre acordes sobre México. El hombre por quien se sigue gritando y la Palas arriesga su honra, jamás levanta la cabeza, pero se alza ante la historia de Colombia y recorre la vida de un cervecero bogotano que “Hizo de la gramática poesía y de los diccionarios una gramática”. Palabras devotas del amor a Cuervo, pero también del amor al país que ambos dejaron. Eso tiene en común el hombre del atril con la serpiente que lo sigue: sus reclamos de amante mal amado. Cuando el hombre baja del escenario lo rodean palabras de apasionados: “Esperé toda mi vida para conocerlo”, “Maestro, gracias por Los días azules”. Junto con libros para la firma aparecen más cámaras y luego, cuando no quedan libros, surgen las libretas y los papelitos en los que el hombre traza un rápido, “F. Vallejo”. Afuera, la sierpe se ha disuelto en una multitud de lectores que caminan a solas. La Minerva sigue en pie y las plantas volverán a crecer en la tierra donde no murió Rufino José Cuervo y de la que vive en vela de amor Fernando Vallejo.

Imagen: foto de Rufino José Cuervo

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