Reflexiones en Berlín

Reflexiones en Berlín

AÚN HABLAN LOS FANTASMAS, 

REFLEXIONES ALREDEDOR DEL 53º. FESTIVAL DE CINE DE BERLÍN

 

En España, una semana antes de la inauguración del Festival de Berlín, se entregan los premios Goya. De manera espontánea, los cinematografistas premiados y los que están a cargo de acompañar la ceremonia, se manifiestan en contra de la posibilidad de una guerra contra Irak. Al día siguiente, los medios hacen un escándalo y la Ministra a cargo de la Cultura afirma que es de muy mal gusto utilizar un encuentro de artistas para hacer declaraciones políticas. El presidente de la asociación de productores de cine exige la cabeza de Marisa Paredes, la presidenta de la institución responsable de los Goya, pero el resto de la comunidad del cine habla a su favor. Finalmente, tras cinco días de tormenta, Marisa Paredes se mantiene en su cargo y los españoles renuevan el orgullo de demostrar que su gobernante no los representa a todos.

En un mundo de imágenes los tiempos se cruzan. Unos meses después de los Goya y del Festival de Berlín, durante la transmisión que de los Premios Oscars se hizo en Colombia, Julio Sánchez dice una frase que resultaría banal, sino fuera porque suena conocida: “Afortunadamente, en esta ocasión no hubo casi salidas de mal gusto…” En su referencia, Sánchez alude a las palabras del actor mexicano Gael García, cuando al presentar parte del espectáculo, durante su minuto y totalmente fuera de libreto habló en contra de la guerra. De todavía un peor gusto le habrá parecido a la Ministra española y al productor y presentador colombiano, las palabras del ganador del Oscar al mejor documental: al subir al escenario y acompañado de todos los nominados a Mejor documental, realizó con apuro pero con deliberada precisión, una diatriba en contra del Presidente Bush y su gobierno, un discurso precedido por esta frase inicial: “A los documentalistas nos gusta la realidad y este es un gobierno falso”.

El Festival de Cine de Berlín cumplió 53 años en 2003 y ha conocido muchos tiempos. Lo único constante en su existencia ha sido el duro invierno alemán, que Veit Helmer calificó como necesario para concentrarse en el cine, pero que a un latinoamericano resulta triste. Sólo el clima de los cielos ha permanecido relativamente constante en la Berlinale, porque las tecnologías, los conceptos y la historia siempre lo han rodeado y penetrado. En el año 2003, además del oropel, de la nieve y las adolescentes que gritaban junto al tapete rojo pidiendo autógrafos de las estrellas, lo que acompañaba las películas era la sombra de una guerra indeseada e ilegal – una guerra ilegal si se cree que la ley es para todos y por consenso, y no la ley del más fuerte.

El Festival de Berlín tuvo este año por lema una frase que no suena muy cinematográfica: Hacia la tolerancia. La inauguración del evento incluyó palabras de la Ministra de Cultura quien cerró su intervención haciendo votos por compartir un festival en paz. El auditorio del Berlinale Palast la ovacionó por esta frase final: todos los asistentes aplaudieron, incluyendo a muchos miembros del cine de los Estados Unidos. De entre guionistas, directores y actores de los Estados Unidos, tal vez los únicos que dudaron en empezar a aplaudir, fueron las estrellas Michael Douglas y su esposa Catherine Zeta-Jones. A diferencia de estas luminarias, Dustin Hofman, otro actor estadounidense de reconocida reputación, declaró ante las cámaras alemanas un par de días después: “Soy americano, pero estoy en contra de un mundo gobernado sólo por los Estados Unidos”.

Las artes – y entre ellas el cine -, han sido un espacio privilegiado para la diversidad. Muy bien comprenden este potencial los gobiernos totalitarios que no dudan en controlar las expresiones artísticas. En un país como Colombia, desangrado por contradicciones que quieren negar el valor de nuestras diferencias, las artes tienen mucho que aportar. Las estrategias cambian con la historia, y en el mundo del libre comercio y de la democracia equiparada al mercado, con frecuencia se da una suerte de totalitarismo, regido a veces por tecnócratas obsesivos y a veces por gobernantes ciegos ante el futuro. Hechos así son inocultables en un año como 2003, y a pesar de que esos eran los límites que rodeaban la Berlinale, encontrar un festival de cine en donde tantas imágenes contradictorias se suceden y tantos espacios son posibles, es un descubrimiento esperanzador. La Berlinale, a pesar de ser el gran mercado que es (con millones de dólares que se invierten en la promoción de películas a través de fiestas y del merchandaising), es también un festival que quiere mostrar distintas miradas. El Festival de Berlín está formado en realidad por un grupo de festivales y de eventos: la Competencia oficial (largometrajes de ficción) y la Competencia de cortometrajes, el Forum[1], el Festival de cine infantil, los Panorama documental y Panorama argumental (muestras de filmes que no están en competencia), el Homenaje (dedicado a un artista del cine), la Mirada a una obra (retrospectiva de un realizador), las Proyecciones especiales, el Panorama del cine alemán y la realización de talleres, ruedas de prensa y conferencias. Es verdad que lo que más se destaca es lo que más dinero produce, pero el Festival ofrece a sus participantes la oportunidad de hacerse a su propio evento, de descubrir lo que mejor vaya con su curiosidad o con su corriente.

En la 53º. versión de la Berlinale, el Oso de Oro lo recibió In this World de Michael Winterbottom, un premio que muchos calificaron de político; y es verdad que podría haber sido otorgado por motivos políticos, pero no sólo los valores de In this World son los de un cine que llama a la reflexión y la acción social. El de Winterbottom es un trabajo de perfecta estructura dramática, de aguda sensibilidad, de complejos personajes representados por actores naturales y de una difícil y exitosa puesta en escena. In this World es la historia de un niño y de un adolescente: el adolescente tiene dinero y lo invierte en una aventura, el niño sólo tiene su inteligencia y es el guía y sobreviviente de esa odisea. Los protagonistas son dos afganos refugiados de guerra, quienes se asentaron en Pakistán tras los bombardeos de los Estados Unidos, su aventura es un viaje por tierra hasta Inglaterra, país a donde quisieron entrar ilegalmente para hacerse a una vida. La cinta es una mezcla de documental y argumental, que por derecho es una road movie, pero también, y muy acertadamente, un filme de valor político. El largometraje se inicia como un irónico documento: con la animación de un globo terráqueo que muestra a los espectadores la localización de Afganistán y los asentamientos de refugiados en Pakistán. La introducción nos revela el costo de la guerra de Estados Unidos contra el taliban, y como con ese dinero hubiera sido posible alimentar a los refugiados por una década o solucionar algún problema global. La película se realizó con una cámara de vídeo de alta definición y se infló a cine de 35mm. El efecto de esta condición técnica, es que la foto es siempre descolorida y que muchas de las secuencias, grabadas en la noche o con poca luz, sólo parecen rastros de fantasmas – nadie podría creerlo hace una década: en uno de los tres más importantes festivales de cine del mundo, una historia hecha en video y con evidentes “imperfecciones” visuales, se lleva el gran premio -. Mientras veía esta película pensaba que se trata de un filme necesario para los realizadores de un país como Colombia.

En Colombia, como en otras naciones, la mayoría de los creadores se alejan de compromisos sociales y encuentran fastidiosas las palabras derivadas del sustantivo “política”. En mucho de los medios masivos, en academias, gobiernos y artes, han hecho carrera los discursos que son sólo cadenas de frases ingeniosas. Las artes y las administraciones públicas se valoran por su eficiencia en el uso de las técnicas y no por sus contenidos. Las conferencias y los profesores universitarios, son en muchas aulas sólo portadores de esas mismas cadenas de lugares comunes y brillantes, y al calificar tareas de estudiantes, las citas y bibliografías no puntúan más que las preguntas planteadas. Cosas de igual naturaleza y con aún más evidencia pueden decirse de los medios masivos de comunicación, vehículos de una saturación de datos livianos que encontramos a diario en noticieros y películas. En un marco así, el que las crisis globales y el talento logren de nuevo la valoración de obras que se preguntan y profundizan, y que no temen comprometerse con la transformación del mundo, resulta una esperanza. Para Colombia, que del cine político pasó a lo políticamente correcto[2], un filme y un premio como los conquistados por Michael Winterbottom, son la demostración de que es posible expresarse y no sólo jugar con lo medios. El talento de Winterbottom y su equipo son también un ejemplo de un cine “pobre”, de un cine sin grandes aparatajes técnicos, pero que posee valor no por la obligada pobreza sino por su talento: un excelente guión de una estructura dramática tan precisa, que incluso cuando los personajes se hacen fantasmas, su existencia y su conflicto son incuestionables. Por su opción tecnológica, este filme es también una luz para los realizadores de Colombia y América Latina: el cine es una industria y los festivales una plataforma a los mercados, pero aún en espacios así, obras de modestos recursos técnicos pueden encontrar respeto, cuando sus creadores han trabajado con profesionalismo, y cuando su obra ha surgido de una sensibilidad que es común y necesaria.

Este comienzo de siglo es una encrucijada de caminos. La evidencia de guerras orquestadas por empresas y de las artes hastiadas o acomodaticias, pueden hacer fantasmas de los creadores y su público, pero en el 53º. Festival de Berlín, nuevamente el cine ha demostrado que existe algo más que las corrientes dominantes, que podemos ser más que consumidores y multitudes que corren tras las estrellas – aunque a veces sólo consumamos y aunque alguna que otra vez seamos parte de los cazadores de autógrafos.

 

Publicado como parte del balance del 53º Internationale Filmfestspiele Berlin en la Revista Kinetoscopio

Página de la Revista Kinetoscopio en internet

Página de la Berlinale en internet

 


[1] Ver de Julián David Correa: De marcianos, política, de animación y de Argentina, en este número de Kinetoscopio (http://geografiavirtual.com/2012/01/mercano-el-marciano-de-juan-antin-en-la-berlinale/)

[2] Ver de Oswaldo Osorio: En busca del cuarto cine en el Dossier sobre el cine político de Kinetoscopio 58 y Del cine político a lo políticamente correcto en Cuadernos de cine colombiano – Nueva época: Balance argumental  (No. 1. Cinemateca Distrital, Bogotá D.C. 2003)

 

Imagen: afiche de la película In this World

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