Cine y violencia en Colombia

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DOLOR Y DIVERSIDAD: EL CINE Y LA VIOLENCIA CONTEMPORÁNEA EN COLOMBIA* 

En noviembre de 2003 el periodista británico Jhon Carlin, realizó una entrevista con Leidy Tabares, la protagonista de La vendedora de rosas (Víctor Gaviria, 1998), en el artículo publicado por The Observer se afirmó:

Leidy está de acuerdo conmigo en que es una cultura de la venganza la que está en el corazón de la violencia en Colombia, entre vecinos, bandas y grupos guerrilleros. Ellos tienen un nombre para estos feudos: “culebras”, que significa serpiente, porque están siempre presentes en uno y otro lado. Las deudas están siempre pendientes y si una generación no las paga, la siguiente lo hará. “Pero yo le diré dónde se origina todo”, dice ella. “Se origina en la pobreza. Se origina en el hogar. Mientras usted ve a otra gente que tiene buena suerte en Colombia, se da cuenta que en su hogar no hay lo suficiente para sobrevivir. Usted se desespera y se emberraca, y pelea. No hay afecto en su casa, solo rabia. Y las mamás golpean a sus hijos, quienes huyen tratando de encontrar alguna paz afuera, en las calles – sí, en las calles ¿puede creer eso? Pero es cierto -. Pero estos hijos encuentran en las calles más violencia y furia. Y así continúa. Están atrapados. No hay nada que usted pueda hacer al respecto, excepto escaparse, dejar el barrio, y si es posible, el país. (1)

Esta entrevista se realizó en la ciudad de Medellín, y su motivo no fue el éxito la película La vendedora de rosas, sino la condena a 26 años de cárcel que Leidy Tabares recibió por homicidio. Un juez de Medellín la encontró culpable de haber instigado el asesinato a cuchilladas de un conductor de taxi. La de Leidy es una sentencia discutida y aún en apelación. Para Gonzalo Parrado, abogado defensor de Leidy, el proceso del que se derivó la sentencia es el más inconsistente de cuantos ha observado en los últimos 11 años. Para este abogado la sentencia recibida por Leidy es excesiva e injusta y se dio sólo como un escarmiento de parte del juez, como un ejemplo para todos los jóvenes que Leidy Tabares representó en la Vendedora (2).

La situación de Leidy Tabares es muestra de una generación destruida por la miseria y por una forma de vida de la que es imposible escapar, de la que ni siquiera el cine y todos sus sueños son un refugio. Así como los niños de Gaviria, el cine colombiano tiene la imagen de estar atrapado en las sucesivas violencias nacionales. Quienes se han acercado de manera superficial al audiovisual colombiano y el promedio de los espectadores de este país, tienen la impresión que el cine de Colombia se ocupa sólo de la guerra y la injusticia. Aunque en la historia colombiana y en su cine la violencia ha sido un tema recurrente, lo cierto es que en la actualidad las imágenes que representan a esta nación son diversas, son películas en donde las contradicciones sociales se presentan junto a comedias y a las historias de amor.

ANTECEDENTES HISTÓRICOS Y CINEMATOGRÁFICOS

Los más duros críticos de la historia colombiana dicen que este país ha estado en guerra desde 1492. Aunque se trata de una afirmación que es más una broma oscura de los colombianos que un hecho histórico, la verdad es que el desarrollo del siglo XX en Colombia, salvo breves períodos de paz, ha estado marcado por la muerte: la centuria se inaugura con la guerra civil de los mil días, que enfrentó a los dos partidos políticos que a la larga asumirían por turnos y de manera excluyente la administración del país. Durante este siglo, Colombia se gobernó desde Bogotá, una capital de espaldas al mar y a las necesidades nacionales, viviendo un sueño de supuesto cosmopolitismo, fortuna y aristocracia. La aparente paz de algunas ciudades colombianas no fue nunca la de la totalidad de este conjunto de naciones que son Colombia: el campo, con contadas excepciones regionales, estaba gobernado por latifundistas, la expropiación legalizada e ilegal de tierras a los indígenas se dio en todo el país y las caucheras esclavizaron a varias etnias en el Amazonas, el abuso de las compañías (multinacionales y nacionales) sobre sus empleados fue frecuente. Desde la década del 40, en los Llanos Orientales nacieron varios grupos guerrilleros, originalmente liberales, uno de los cuales terminaría por convertirse en las FARC, tal vez el más los más fuerte de los contrincantes del gobierno colombiano en la actualidad. En 1948, con el asesinato del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán, esta tensa situación se hizo evidente con una explosión de pequeñas guerras civiles que durarían 10 años, en lo que se conoció como el período de la Violencia. Tras esta época, el conflicto entre los gobiernos liberales y conservadores y los grupo de izquierda fue el protagonista del desangre nacional, hasta los años ochenta, en que este papel se lo llevó la guerra contra el narcotráfico. En los noventa el conflicto continuó enfrentando narcotraficantes, guerrilla y grupos de extrema derecha, además de la existencia de una violencia económica, de la cual son protagonistas personajes como la vendedora de rosas que representó Leidy Tabares.

El primer largometraje colombiano de que se tenga noticia fue rodado en 1915 por los hermanos Vicente y Francisco Di Domenico: El drama del 15 de octubre. Este filme recrea un magnicidio, el asesinato con un hacha del General Rafael Uribe Uribe. Tras semejante origen parecería que el tema de la violencia resulta inevitable a la cinematografía colombiana pero tienen que pasar cuarenta años para que la violencia vuelva a ser un tema en el cine nacional con El río de las tumbas (1964) de Julio Luzardo. Las imágenes que ocuparon esos años intermedios fueron melodramas adaptados de exitosas novelas como La María (de Máximo Calvo Olmedo y Alfredo del Diestro, 1922), Aura y las violetas (de Pedro Moreno Garzón y Vincenzo Di Domenico 1924), dramas de inspiración en hechos históricos como Bajo el cielo antioqueño  (de Arturo Acevedo Vallarino, 1924-1925 o el también político Garras de oro  (de P. P. Jambrina 1926) y películas musicales entre las que se cuentan Allá en el trapiche (de Roberto Saa Silva, 1943) y Bambucos y corazones (de Gabriel Martínez, 1944).

CAMILO TORRESEl río de las tumbas inaugura una nueva etapa del cine colombiano. Esta película es heredera de la tradición neorrealista y se construye de una manera polifónica: un grupo de personajes vive en un pueblo a orillas del río Magdalena por el que bajan flotando los muertos de la violencia. Tanto realizadores como Carlos Álvarez, y críticos e historiadores como Hernando Martinez Pardo cifran en 1967 el comienzo del cine político en Colombia: “Ahora en este año el hecho más importante es haber re­unido por primera vez un programa de cine político de una hora que esta formado por Carvalho de Alberto Mejía, Camilo Torres de Diego León Giraldo y Asalto mío. Es el cine que creemos debe hacerse y no porque sí, sino porque es el único que da una imagen veraz de la realidad colombiana.”(3).

En cuanto al cine documental que se ocupó de la violencia en Colombia, sin duda la obra más importante es la realizada por Jorge Rodríguez y Marta Silva (y tras la muerte de Silva, la obra que continuó Marta Rodríguez). Memorables son trabajos como Planas (1970) sobre el genocidio contra la etnia Guahibo, Campesinos (1974), que narra los desplazamientos por el conflicto armado de un grupo de campesinos del Tolima, quienes en su marcha tienen que empezar a deshacerse de los hijos que detienen su paso. De ambos autores, el documental emblemático es Chircales (1967-1972), una mirada a la violencia económica y a la niñez trabajadora. Junto con estos artistas que dedicaron su vida entera a reflejar las contradicciones nacionales está los trabajos de realizadores como Francisco Norden (Camilo, el cura guerrillero, 1974), Diego León Giraldo (Camilo Torres, 1967) y Carlos Álvarez (Asalto, 1967), entre muchos otros.

En 1978 los esfuerzos aislados de los realizadores encuentran impulso gracias a la fundación de una institución estatal. Aunque parezca paradójico, la aparición de este organismo no detuvo la exposición de las situaciones de desigualdad en el país, sino que la potenció y le dio diversidad, tanto en cuanto a los temas y como a su tratamiento. De estos años y de esta productora son muchos de los mejores filmes sobre las violencias nacionales, con lo cual no se quiere decir que las relaciones entre el estado y los autores fueran fáciles o transparentes, de hecho la censura y la desidia se hicieron presentes en el destino de cintas tan importantes como las realizadas por Kusmanich o Carlos Santa, para poner sólo dos ejemplos muy bien documentados por los historiadores. Con la creación de FOCINE(4) se inicia un período del cine colombiano en donde las cintas que recreaban, entre otros temas, las desventuras de las violencias nacionales eran frecuentes. Argumental emblemático de esta época es Cóndores no entierran todos los días (Francisco Norden, 1984), la historia de un líder de asesinos del partido Conservador. Sobre este filme escribió Antonio Montaña: “El cóndor Lozano mata por fervor ético. Le ayuda a Dios y al gobierno a prescindir de los liberales. Pero los otros, los que no menciona Álvarez Gardeazábal [autor de la novela en que se basa la película], mataban porque la violencia es un buen negocio. La patología se traslada e invade los terrenos de la economía. Al “Cóndor” Lozano se le escapa la violencia de las manos. Eso es historia. Y la violencia que manejó termina por aniquilarlo”(5).

Otras producciones de FOCINE representan distintas facetas de la violencia colombiana: la censurada Canaguaro (Dunav Kusmanish, 1981), Rodrigo D, No Futuro (Víctor Gaviria, 1990), Pisingaña (Leopoldo Pinzón, 1985) y Confesión a Laura (Jaime Osorio, 1990), para mencionar sólo cuatro. Sobre ese tema y de esa misma época es una larga lista de cortometrajes, algunos de ellos excelentes como La mejor de mis navajas (Carl West, 1986), Reputado (Sylvia Amaya, 1986), La baja (Gonzalo Mejía, 1987) y Los habitantes de la noche (Victor Gaviria, 1983), entre otros. Por fuera de la producción de FOCINE pero también representativo de esta época es el trabajo del escritor Fernando Vallejo, quien realizó en México tres largometrajes, dos de ellos sobre conflictos colombianos: En la tormenta (1979) y Crónica roja (1977).

CINE CONTEMPORÁNEO

El final de FOCINE en 1993 fue seguido por la reducción en la producción del cine en Colombia, a pesar de lo cual el audiovisual siguió vivo y los realizadores encontraron la manera de producir sin apoyos estatales, de este período es La vendedora de rosas, película que se llevó a cabo gracias al trabajo y los recursos del realizador Erwin Gögel. El apoyo estatal retornaría en 1997, con la creación de la Dirección de Cine del nuevo Ministerio de Cultura.

soplo de vida floraEn los noventa y en el comienzo del siglo XXI la violencia colombiana ha seguido siendo un tema, pero contrario al prejuicio nacional, tanto los documentales como los argumentales muestran una diversidad mayor de la esperada. De 1997 a 2003 se estrenaron 28 largometrajes argumentales colombianos, de los cuales, sólo 12 abordan situaciones de violencia política o económica: Golpe de estadio (Sergio Cabrera, 1998), La vendedora de rosas, Kalibre 35 (Raúl García, 1999), Soplo de vida (Luis Ospina, 1999), Es mejor ser rico que pobre (2000), La virgen de los sicarios (Barbet Schroeder, 2000), La toma de la embajada (Ciro Durán, 2000), Bogotá 2016 (Guerra, Mora, Sánchez y Basile, 2001), Como el gato y el ratón (Rodrigo Triana, 2002), Bolívar soy yo (Jorge Alí Triana, 2002), Juegos bajo la luna (Mauricio Walerstein, 2002), La primera noche (Luis Alberto Restrepo, 2003) y Hábitos sucios (Carlos Palau, 2003). En términos estadísticos, es evidente que la violencia no es el tema exclusivo del cine colombiano, sin embargo, la variedad e intensidad con que este tema se aborda y existe en esta nación, hacen de la muerte una constante presencia.

Por la sorprendente variedad y por el volumen de producción, resulta más difícil de abordar la pregunta por la presencia de la violencia en el documental y el video colombianos, a pesar de lo cual algunas referencias nos hacen pensar que la situación es comparable con la del largometraje argumental. En su investigación sobre el documental colombiano en los noventa, Andrés Gutiérrez y Camilo Aguilera (6) definieron 15 comportamientos temáticos en las obras de la década: culturas urbanas, culturas rurales, lo rural y lo urbano, temas históricos, lo indígena, lo ecológico y lo ambiental, arte y artistas, biografías, juventud e infancia, reflexiones “filosóficas” sobre temas varios, problemáticas nacionales contemporáneas, instituciones, religiosidades, viajes: trayectos y búsquedas, medios y tecnología de comunicación. La “violencia” esa entidad vaga y extensa, no aparece como un tema en la clasificación de estos investigadores. Lo más cercano a ella es “problemáticas nacionales contemporáneas”, campo que no reúne ni el 7% parte del trabajo de la década, a pesar de lo cual la injusticia y el conflicto armado aparece en varios de los otros temas definidos.

En su celda de Bello, Laidy Tabares espera el resultado de la apelación, mientras Víctor Gaviria y otros amigos de la joven buscan en Internet, entre abogados y los medios de comunicación alguna herramienta que puedan servir para liberarla de su condena. Otros colaboradores de los filmes de Gaviria han encontrado en la muerte una forma distinta de libertad. ¿Podría el cine cambiar el destino de estos y otros colombianos? Si la historia de la humanidad fuera sólo cosa de estadísticas no habría  suficientes bases para pensar que el cine puede cambiar el mundo, y sin embargo está el caso de uno de los actores de Rodrigo D, Ramiro Meneses, quien ahora es trabaja para televisión, es músico y realizador, o el caso del apoyo que para la labor de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos significa la existencia del documental de Yesid Campos, Memoria de los silenciados: El baile rojo (2003), un trabajo que recupera la memoria de un partido político de izquierda que fue completamente exterminado por agentes del gobierno y de la extrema derecha. En el desenlace de las historias de esta persona y de este holocausto, el cine nacional cumplió un papel fundamental. Lo que podemos y queremos pedirle al cine colombiano es que siga tan vital como Colombia: que siga reflejando nuestra necesidad de amar y reírnos, pero que no nos deje olvidar ni deje de contribuir a la reflexión de una realidad que merece ser cambiada.

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NOTAS:

(1) CARLIN, John. From the Toast of Cannes to Murder in Colombia. En The Observer Review. http://observer.guardian.co.uk/review/story.html. Noviembre, 2003.

(2) La vendedora de rosas está construida sobre la estructura del cuento de Andersen “La pequeña vendedora de cerillas” y con base en el conjunto de anécdotas y desventuras de un grupo de niños y niñas de la calle. Los personajes de este largometraje son actores naturales que escenifican sus propias vidas, en las que lo común es el huir de casa, el robo, el homicidio y la prostitución. Desde el estreno de esta película, siete niños y jóvenes actores de esta cinta han muerto asesinados (y uno quedo paralítico después que lo balearon). Del anterior largometraje de Gaviria, Rodrigo D, No futuro, todos los protagonistas jóvenes fueron asesinados en un período de diez años, a excepción de Ramiro Meneses, quien es actor de cine y televisión, músico, pintor y acaba de concluir su primer cortometraje como realizador.

(3) LEÓN, Isaac. Entrevista con Carlos Álvarez, en “Hablemos de Cine”, No. 53, p. 22.

(4) FOCINE: Compañía de Fomento Cinematográfico. Institución estatal dependencia del Ministerio de Comunicaciones. Creada en 1978 y liquidada en 1993.

(5) Citado por Enrique Pulecio en: Cine y Violencia en Colombia. Bogotá, Museo de Arte Moderno de Bogotá.

(6) GUTIÉRREZ CORTES, Andrés F. y Camilo AGUILERA TORO. Documental colombiano: Temáticas y discursos. Ed. Universidad del Valle. Cali, 2002.


*Por: Julián David Correa, publicado en la revista Cinémas d’ Amérique Latine, 2003

Imágenes: fotogramas de las películas La vendedora de rosas, Camilo, el cura guerrillero y Soplo de vida 

 

 

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