“Howl”: un filme sobre poesía y sobre Ginsberg.

“Howl”: un filme sobre poesía y sobre Ginsberg.

“HOWL”: UN FILME SOBRE ALLEN GINSBERG, DIRIGIDO POR EPSTEIN Y FRIEDMAN

 

La película  Howl (Epstein y Friedman, 2010) no pasó por salas comerciales, pero a pesar de eso es posible encontrar una copia y llevarla a casa, y poner el disco en el tornamesa y darle al botón del “Play” y empezar a ver. El filme comienza. Un actor que representa a Allen Ginsberg lee el poema “Howl” (“Aullido”): su voz imita la voz de Ginsberg, que entonada y pausada de un modo único, rompe el ritmo de todas las voces que se han escuchado antes:

“I saw the best minds of my generation destroyed by

madness, starving hysterical naked,

dragging themselves through the negro streets at dawn

looking for an angry fix…”[1]

Y luego vienen páginas y páginas, o en el caso de la película, largos minutos desbordados por imágenes atormentadas, eróticas, decadentes y verdaderas, y viene la necesidad de quedarse. Frente a la pantalla como ante el papel, el encuentro con Howl obliga a continuar la lectura: todo suena verdadero, bello y terrible.

Cuando empieza la película Howl, se ve a James Franco imitando el tono y el ritmo de Ginsberg. Mientras se escucha al actor dan ganas de presionar “Stop”: Franco es demasiado bonito, aunque actúe bien y se esfuerce y se parezca un poco a Ginsberg (y aunque además de actor sea un escritor y un tipo inteligente). Cuando un lector lee a solas crea su propia imagen del poeta: una voz interna compone al escritor a través del poema, y después de leer Howl el lector se queda con un tono grave, con un gesto de tormento y con un desequilibrio que adolorido, el lector espera encontrar en el rostro del poeta. El lector quiere ver en el escritor del poema el mismo desespero y la misma suciedad del texto, pero en la cara del actor que hace tan juiciosamente su papel, que ha logrado imitar esa voz y ese gesto, en ese actor lo que se encuentra es equilibrio, belleza y buena alimentación. El filme Howl empieza y uno tiene la tentación de abandonarlo, pero se impone la curiosidad por la generación beat y por una película que se arriesga a recrear el furioso delirio de Ginsberg. Aunque la curiosidad se imponga, a lo largo de la película se recuerda que ante la poesía es el lector quien marca un ritmo propio, guiado por las comas, los puntos, las exclamaciones y el conjunto de fonemas.

El espectador que ha sido lector de Ginsberg se queda viendo Howl, aunque le den ganas de apagarlo y aunque el filme le recuerde que cuando se hace un “biopic” centrado en un poeta, y se pone a un actor a leer el poema que se ha admirado en silencio, se está dejando que otro meta los dedos en la cabeza y que se imponga una voz sobre la propia voz que se ha encontrado en el papel.

El filme avanza, y vale la pena dejarlo correr y verlo a pesar de las contradicciones. Howl es una película honesta, aunque la presencia de Franco y de Jon Ham (protagonista de la serie de televisión Mad Men) parezcan concesiones a la taquilla. En el filme, el poema de Ginsberg se recrea con la voz de Franco y con una animación oscura. En la película, lo primero que se percibe es el sincero homenaje y la necesidad que tienen sus autores de decir algo importante. El filme no es solo la lectura de un poema o la apología a Ginsberg, los autores de la cinta han tomado una decisión acertada: el eje de la historia, lo que la conduce la trama y crea el conflicto más allá de las animaciones y las lecturas del actor, es la puesta en escena del juicio al editor de Howl por haber publicado y vendido material “obsceno”. El guión se desarrolla en contrapunto y presenta historias paralelas: la lectura del poema y los dibujos animados que inspira, la interpretación de la vida de Ginsberg, los fragmentos de un falso documental en donde el actor habla de su vida (la vida de Ginsberg) y sobretodo, el juicio y el desfile de testigos que quieren demostrar que el poema Howl no es arte, que es porno y obscenidad, y la presencia de los testigos que del lado de la defensa quieren demostrar que esas palabras son escencia, verdad y arte. La película plantea un análisis literario por vía de lo jurídico y de la puesta en escena.

Vale la pena ver Howl aunque solo sea para conocer la vida de Ginsberg y para reencontrar las emociones que despierta la lectura de su poesía y de la prosa de Jack Kerouac. Vale la pena ver Howl para recordar la sensación de leer a la generación beat y de encontrar a través de sus palabras que el mundo es diferente de lo que se aprende en sinagogas y escuelas. Vale la pena ver el filme para releer a los beat, y para participar de un debate sobre qué es arte, y para ver en esa puesta en escena tan excesivamente bella el proceso de un hombre que en sus comienzos escribe mal porque niega su esencia y que hace un gran poema cuando se inspira en amores prohibidos, en la propia locura y en las palabras de Kerouac: “Tienes que escribir visceralmente, tienes que escribir desde lo que llevas dentro”. Un consejo simple y difícil.

Uno de los productores de Howl es Gus van Sant, y eso ya es un motivo de curiosidad. El filme se dirigió a cuatro manos por los documentalistas Rob Epstein y Jeffrey Friedman (ganadores de premios Oscar por: The Times of Harvey Milk y Common Threads: Stories from the Quilt). Como en muchos documentales, en esta película argumental no se teme a la controversia, y la controversia se provoca presentando temas como el ejercicio de la homosexualidad o la psicoterapia en oposición a la lobotomía que laceró a la madre de Ginsberg. La locura y la hospitalización, son temas inevitables que se tratan con delicadeza: la película sugiere la internación de Ginsberg en un manicomio, a la que llegó para escapar de la policía o tal vez para reencontrarse con su propio desequilibrio y con el de su madre. El guión busca revelar la vida de Ginsberg para que se entienda mejor su proceso de creación, como una búsqueda de autenticidad en la que la vida gotea las palabras que componen sus poemas:

“…and who were given instead the concrete void of insulin Metrazol electricity hydrotherapy psychotherapy occupational therapy pingpong & amnesia…”[2]

El espectador contempla la creación del artista como liberación y como reconciliación con el propio pasado.

El guión de Howl es inteligente, apasionado y complejo. El filme pone en escena un poema y un artista, pero también a un juicio que implica preguntas sociales sobre la libertad de expresión y la necesidad de ser uno mismo, en una anécdota que va más allá del hecho folletinesco de un escritor que se vuelve famoso por el escándalo que causa su primera publicación. Al final de la película, y a pesar de James Franco, el espectador se queda con la cabeza llena de imágenes y con una sonrisa por los planos del poeta que se lee a sí mismo: en la última secuencia el verdadero y viejo Allen Ginsberg aparece en la pantalla para recordar la vocación documental de los realizadores de Howl y la vocación de verdad que hay en su poema. La película termina, y deja la sensación de que vale la pena volver a leer a los beat, aunque ningún editor los reedite en español y aunque esta cinta de Epstein y Friedman sea una de muchas películas invisibles.

El poema “Howl” en su idioma original y vínculo a la voz de Allen Ginsberg leyéndolo.

Imagen: Afiche de la película.


[1] “He visto las mejores mentes de mi generación destruidas

por la locura, hambrientas histéricas desnudas,

arrastrándose por calles de negros al amanecer,

buscando una frenética droga…”

[2] “…y quienes recibieron en lugar del solido vacío la convulsión del metrazol por la insulina electricidad hidroterapia psicoterapia terapia ocupacional pingpog y amnesia…”

 

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