“Annie Hall” de Woody Allen

“Annie Hall” de Woody Allen

EL AMOR EN ANNIE HALL Y EL AMOR DEL PÚBLICO POR EL ARTISTA QUE LO REPRESENTA

Secuencia inicial: un plano medio muy cerrado, en el borde de un primer plano. Sobre el fondo ocre, un hombre un poco pelirrojo (Alvy Singer, interpretado por Woody Allen), con lentes de gruesa pasta, camisa roja y chaqueta café se dirige al público:

 

“There’s an old joke.  Uh, two elderly

women are at a Catskills mountain

resort, and one of ‘em says: “Boy, the

food at this place is really terrible.”

The other one says, “Yeah, I know, and

such … small portions.” Well, that’s

essentially how I feel about life.  Full

of loneliness and misery and suffering

and unhappiness, and it’s all over much

too quickly.  The-the other important

joke for me is one that’s, uh, usually

attributed to Groucho Marx, but I think

it appears originally in Freud’s It and

its relation to the unconscious.  And it

goes like this-I’m paraphrasing: Uh …

“I would never wanna belong to any club

that would have someone like me for a

member.” That’s the key joke of my adult

life in terms of my relationships with

women.  Tsch, you know, lately the

strangest things have been going

through my mind, ‘cause I turned forty…”[1]

 

En 1977, cuando Allan Stewart Königsberg (Woody Allen) cumplía 42 años, Annie Hall obtuvo los primeros cuatro premios Oscar de la carrera de este escritor, actor, realizador y cómico judío. Los oscares fueron otorgados en reconocimiento a mejor película, mejor guión, mejor director y mejor actriz, estatuillas que Woody Allen no fue a recibir a Los Ángeles. El estupendo guión del que surgió este filme, pertenece por igual a Woody Allen y a Marshall Brickman, tanto en cuanto a las secuencias narradas, como a las situaciones autobiográficas que las inspiraron.

 

Aunque fue la película Annie Hall la que le dio a Woody Allen fama en el mundo entero, Allen no era un desconocido: antes de este filme, había sido actor en otras 10 películas, 6 de las cuales había dirigido él mismo. De las cuatro en las que había participado como intérprete, se destacan un filme de Jhon Huston y otro de Martin Ritt, The Front (El testaferro, 1976), comedia más amarga que dulce sobre las listas negras en los Estados Unidos[2]. Probablemente la más famosa de todas las películas de Woody Allen previas a Annie Hall fue Everything You Always Wanted to Know About Sex But Were Afraid to Ask (Todo lo que siempre quiso saber sobre el sexo pero no se atrevió a preguntar, 1972), una comedia que iba en contravía de otra imposición de los políticos de los Estados Unidos (el código Hays), y que estaba formada por cortometrajes sobre diferentes parafilias y aventuras eróticas, en las que hasta una ovejita sexy y un grupo de ansiosos espermatozoides se convierten en protagonistas.

 

En 1977, Nueva York y Hollywood tenían muy claro que Woody Allen era un cómico. Varias de sus películas previas (como: Bananas, 1971;  Sleeper,  1973, y Love and Death, 1975, entre otras), sin ser grandes taquillazos sí fueron películas bien aceptadas por unos espectadores que empezaban a ver en Allen a un ícono, y a encontrar en sus filmes los temas que luego serían sus obsesiones: el sexo, el amor, la muerte, Dostoievski, Freud, y en general una revisión de varios géneros y personajes populares. Para la industria audiovisual era más que claro que Woody Allen era un cómico, y que era un tipo brillante que saltaba con gracia entre Kierkegaard y los hermanos Marx, lo cual llevaría a pensar que de haber sido otra persona, Woody Allen habría terminado encasillado por la industria audiovisual… Y en un sentido estrictamente estadístico, hay que decir que a lo largo de sus más de 40 películas sí existe algo de encasillamiento, pero también hay que decir que esos límites no han existido por voluntad ajena: Woody Allen desde el comienzo definió sus intereses, se rodeó de un equipo fiel de colaboradores e hizo exigencias sobre el control de la producción, un hecho que luego se afirmó a media que ganó reconocimiento e independencia financiera.

 

Las búsquedas estéticas y temáticas de Woody Allen, e incluso su libertad creativa que se hizo evidente desde los años setentas son el resultado de extensas transformaciones de la industria cinematográfica de los Estados Unidos, transformaciones que beneficiaron también a otros directores de su generación.

 

Mientras que Annie Hall muestra algunos hechos autobiográficos que contribuyen al surgimiento de la obra de Woody Allen, no existe ningún filme de Allen (tal vez un poco Radio Days, 1987) que muestre las realidades de la industria del entretenimiento de los Estados Unidos que tuvieron como resultado su tipo de cine: el proceso de transformación del cine de la unión americana que se inicia con su lucha contra la televisión y contra otras competencias. En su “Historia del cine”, señala Roman Gubern[3] que mientras en 1947 los espectadores del cine en los Estados Unidos sumaban los 4.680, en 1956 esa cifra era apenas de 2.470, un hecho que se opone al aumento exponencial de la población y que solo se explica por el surgimiento de otras formas de diversión, entre las cuales la llegada de la televisión fue la más transformadora de todas.

 

En la segunda mitad del siglo XX, la lucha del cine de los Estados Unidos para recuperar el espacio perdido entre el público de ese país ante la competencia de la televisión, se vinculó también con el esfuerzo por vencer a un nuevo y abundante flujo de producciones europeas que encontraron nichos principalmente en Nueva York, Boston, Chicago y en parte de la costa Oeste. Este nuevo combate de la industria del cine de los Estados Unidos condujo a varias decisiones que terminaron por rematar el sistema de estudios y por liberar el cine de de toda la nación. Entre esas decisiones pueden contarse dos que fueron fundamentales en la obra de Woody Allen: la de ignorar y transformar el código Hays[4] y la de buscar nuevos creadores formados en el mundo de la televisión (entre los que se cuentan el ya citado Martin Ritt, el versátil Sidney Lumet y una década después, el mismo Woody Allen).

 

Una película como Todo lo que siempre quiso saber sobre el sexo pero no se atrevió a preguntar, no puede entenderse sin todas las restricciones del código Hays (que incluían entre muchos otros límites una cierta duración para los besos, la ausencia de sanitarios en los baños y las pantallas, y el uso obligatorio de camas gemelas entre los esposos – ¿nadie se ha preguntado porqué Vilma y Pedro Picapiedra duermen en camas gemelas?). Aquella aclaración final de: “…But Were Afraid to Ask -pero no se atrevió a preguntar” no era solo un juego de palabras para el título, también era un hecho evidente y frecuente frente a una restricción de más de tres décadas en la expresión de los realizadores audiovisuales.

 

En ese mismo sentido de la conquista de una libertad sobre el propio cuerpo y la propia expresión van muchos de los gags (chistes) de Annie Hall (como las bromas sobre el sexo oral y la cocaína, entre muchos otros temas prohibidos por el Código Hays); e incluso, y si se estira un poco la cuerda, tal vez también podría atribuírsele a esta búsqueda de libertad individual un cierto estilo en el vestir de las mujeres, un estilo que busca la igualdad de géneros y que incluye la corbata que la hermosa Diane Keaton puso de moda tras este filme.

 

Las amplias transformaciones del mercado cinematográfico de los Estados Unidos también mostraron la existencia de unos nichos representados por la “intelectualidad” de Nueva York, pero igualmente presentes en otras ciudades del país, se trataba de un público que conocía bien a Buñuel y a Bergman, a la Nueva Ola Francesa y a Fellini, un público que habían leído a Ferdinand de Saussure y a Marshall McLuhan (ensayista que hace una fugaz aparición con parlamento en Annie Hall). Ese nuevo público, que no vivía solo en los Estados Unidos, sino que iba a ver películas en salas alternativas del resto del mundo (digamos: la Cinemateca Distrital, El Subterráneo o el Colombo Americano, para no ir muy lejos), todo ese público andaba a la búsqueda de nuevos directores y de historias que los representaran. Para todo ese público, que como el mismo Woody Allen había estudiado una y otra carrera en las universidades, para ese público que era un buen Nowhere man, que escribía y hacía teatro y dibujaba sátiras y tocaba el clarinete, para todo ese público la llegada de Annie Hall y la revelación de Woody Allen fueron el surgimiento de un nuevo icono y de una referencia social que no conocía fronteras (a pesar de los frecuente encuadres del skyline de los cielos de Manhattan).

 

Annie Hall narra la historia de amor de Alvy Singer con Annie Hall, un amor que se tradujo en algunos países de habla hispana como el de “dos extraños amantes”, pero que no era tal, al menos que no era un amor extraño para una población que creía en el poder de la lectura y del pensamiento, en la libertad individual y en la ironía, y que por eso mismo tenía relaciones de pareja que se transformaban y duraban poco, y que prescindían con frecuencia de ritos matrimoniales y de esperanzas en la reproducción.  Para todas esas generaciones, el reconocimiento a Woody Allen perdura, mientras que Annie Hall es la verdadera comedia romántica y es la única historia de amor posible.

 

Secuencia final: Alvy y Annie se estrechan las manos y se besan con amistad. Annie cruza la calle. Alvy la observa marcharse, luego se da vuelta y camina despacio calle abajo hasta salir del encuadre. Su voz se escucha sobre la escena:

 

“…I realized what a

terrific person she was and-and how much

fun it was just knowing her and I-I

thought of that old joke, you know, this-

this-this guy goes to a psychiatrist and

says, “Doc, uh, my brother’s crazy.  He

thinks he’s a chicken.” And, uh, the

doctor says, “Well, why don’t you turn

him in?” And the guy says, “I would, but

I need the eggs.” Well, I guess that’s

pretty much how how I feet about

relationships.  You know, they’re totally

irrational and crazy and absurd and …

but, uh, I guess we keep goin’ through it

because, uh, most of us need the eggs.[5]

 

THE END

 

 

 

 



[1] “Hay un viejo chiste: mj… dos mujeres mayores están en un hotel de montaña, y una de ellas dice: ‘Caramba, la comida en este sitio es verdaderamente horrible’. Y la otra le responde: ‘Sí, lo sé… Y las porciones son tan pequeñas’. Bueno, eso es esencialmente lo que siento de la vida: llena de soledad, miseria, sufrimiento e infelicidad, y todo termina tan rápido… El, el otro chiste importante para mí es uno que usualmente se le atribuye a Groucho Marx pero que yo pienso que apareció originalmente en el libro de Freud, ‘El Ello y su relación con el Inconsciente’, y que va más o menos así, yo estoy parafraseando: Uhm… ‘Jamás pertenecería a un club que me aceptara como miembro’. Ese es el chiste clave de mi vida adulta en términos de mi relación con las mujeres… Tsch, ya saben, últimamente las cosas más extrañas se me han estado ocurriendo, porque acabo de cumplir cuarenta años…”

[2] Una de las historias más oscuras de Hollywood es la de las listas negras. Las listas negras fueron creadas por el Senador McCarty y un amplio grupo de colaboradores que incluían al actor y luego presidente, Ronald Reagan. Estas listas se formaban con nombres de personalidades de la industria del entretenimiento que habían tenido alguna relación con el Partido Comunista o con críticas a los gobiernos de los Estados Unidos. La consecuencia de estar en la lista era el desempleo.

[3] Roman GUBERN: “Historia del cine”. Ed. Lumen, Barcelona, 2006.

[4] El código Hays fue un código de moralidad audiovisual impuesto a la industria cinematográfica por un grupo de senadores republicanos encabezados por William H. Hays y secundados por la MPAA (Motion Pictures Asociation of America)

[5] “… Me di cuenta de que persona tan estupenda era Annie y, y cuanta diversión y alegría me proporcionó conocerla… y, y entonces pensé en un viejo chiste, ya se sabe: este, este tipo va donde el psiquiatra y dice: ‘Doc, eh, mi hermano está loco. Él piensa que es una gallina’. Y, uh, el doctor dice: ‘Bueno ¿pero porqué no lo trae?’. A lo que el tipo replica: ‘Me gustaría, pero necesito los huevos’… Y bueno, yo creo que eso dice mucho sobre lo que, sobre lo que yo siento ante las relaciones de pareja: usted sabe, las relaciones son totalmente irracionales y locas y absurdas y… pero, uh, yo creo que seguimos en ellas porque la mayoría de nosotros necesitamos los huevos”

 

Imágenes: fotogramas de la película.

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