En un hotel de tierra caliente

No es un hotel lujoso, al contrario. En el restaurante, frente al patio con piscina hace mucho calor y no sopla el viento. El agua de la piscina refleja la pared azul y la jardinera con grandes flores rojas que son una multitud de florecitas apretadas en un gran bouquet. La piscina nunca se usa, excepto para las fotos que en la internet y en los afiches hacen ver al hotel más elegante de lo que en realidad es. El agua está quieta, siempre, y los niños que juguetean en el restaurante la miran con codicia. Desayuno. Como fruta, huevo, queso, pan y unas arepitas fritas. Como un poco de todo y bebo un vaso tras otro de jugo de naranja aguado y bien frío. Sé que necesito comer y que necesito beber todo el líquido que me quepa. Tomo una única taza de café. Una abeja ronda mi taza, seguramente seducida por la simetría y por el contraste de esos dos círculos concéntricos: uno blanco y otro negro. Ocupado en mi tarea de beber vaso tras vaso de jugo de naranja, no me he dado cuenta de la llegada de la abeja y de sus coqueteos con el ramo de flores de plástico que tratan de adornar la mesa. Desilusionada, la abeja ha abandonado las flores y se dirige a mi café. El desayuno ha sido tranquilo: la piscina quieta, el muro azul, las flores rojas reflejándose en el agua, dos niños jugando al escondite entre las mesas. Me recupero lentamente. En el hotel hay un congreso de misioneros cristianos. Al salir del ascensor he encontrado su pendón en donde un salmo les promete que el mundo entero será suyo. La foto tras las palabras es la de una cabaña bávara en los Alpes. Me da un poco de náusea. En una mesa lejos de la mía, entre el pendón y la puerta del salón hay un hombre de pelo blanco que lleva corbata y mangas cortas. Imagino que debe ser el pastor: la gente se le acerca por turnos, de manera natural y él conversa con ellos. El hombre debería estar acalorado con esa corbata pero se ve tranquilo y muy fresco. El hombre habla con calma y parece confiable, pero yo ni me le acerco ni creo en él. Esta mañana me levanté con la salida del sol, ese es un hábito que no he podido perder, y luego me bañé y me afeité ante el espejo. Leyendo “On the Road” de Kerouac aprendí que todos los días hay que bañarse y afeitarse, y hay ponerse presentable: si uno quiere ser uno mismo tiene que disfrazarse con una afeitada para que nadie lo moleste. Me imagino que el pastor hace lo mismo: se levanta cada mañana, se baña, se afeita, se pone su ridícula corbata y sale a la calle para fingir que es un tipo respetable. Junto al mar cada esquina de metal se oxida y le da a todos los objetos el tono de muerte que la vida tiene. La abeja sigue rondando mi taza, haciendo giros cada vez más cortos, cada vez más rápidos y cercanos. Tal vez no la seduce la geometría sino el olor del café, tal vez también ella tiene un poco de guayabo. Anoche me mojé completamente: caminé hasta el mercado a comprar unas provisiones para la noche (una docena de cervezas, una botella de vodka, unas aceitunas) y de regreso la sequía terminó: el cielo se desgarró de golpe y descargó toda su agua. Las calles se inundaron en segundos y se convirtieron en arroyos imposibles de cruzar y yo caminé rompiendo paredes de agua con mis seis litros de cerveza y con mi litro de vodka a cuestas. Después de unas cuadras decidí dejar de acarrear vidrios y líquidos en la tormenta: me refugié bajo un alero y empecé a beber. Los taxis navegaban lentamente por las calles oscuras y un par de recicladores trataban de hacer avanzar su carreta y sus chécheres a contracorriente. Pobres. Brindé por ellos. Hay gente con vidas realmente duras. El viejo hotel y las calles que en un día seco se ven reales, en la noche y bajo el agua furiosa asustan un poco. Las ramas se mecían con el viento y las hojas y la basura se arrastraban de un lado a otro. Me senté en el piso de cemento. Abrí otra botella de cerveza y me regalé un trago largo de vodka. Había tantos objetos y tantos ruidos alrededor que estaba en medio del silencio y de la nada. Me gustaba estar sentado en el suelo, con mi cuerpo completamente mojado calentándose por el vodka, me gustaba estar solo sin una mujer metiéndome ideas en la cabeza, sin nadie a quien encontrar a mi regreso al hotel. Estar solo y sentado bajo la lluvia, en una ciudad extraña, emborrachándose, a mucha gente le debe parecer el relato de un fracasado y tal vez lo sea… pero si no fuera un fracasado, si estuviera ante un cuadro de excel en el computador o en una reunión rodeado de gente discutiendo y cambiando el mundo, mi cabeza estaría llena de números y de voces, y yo estaría tan agobiado que ni siquiera me daría cuenta que mi vida no es mía. Anoche me daba cuenta que mi vida nunca me ha pertenecido. A veces haciendo dinero, a veces convirtiendo el dinero en alcohol o en promesas de amor, mi vida nunca ha sido mía, como no eran las flores plásticas ni es el café de la abeja y a pesar de eso la abeja seguía rondando las falsas plantas y la taza que semeja un cáliz. Pobre hermanita desesperada, tal vez a ella también la empieza a enloquecer la percusión que sale del salón en el que los futuros misioneros esperan a su blanco pastor. Con un manotazo espanto a la abeja, termino mi huevo con arepuelas y me hago un sándwich con una dulce mermelada y con un queso saladísimo. Buen contraste, también parece real.

Julián David Correa.

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One Response to “En un hotel de tierra caliente”

  1. Sadia dice:

    Felicidades por la entrevista muy buenas preguntas y muy buenas respuestas, Aparecidos me encanto y de hecho me compre el DVD hace un par de semanas, tengo muchas ganas de ver Carne de Neon, para mi es de mis 3 películas más esperadas de este año, Mario Casas me encanta a cada trabajo que veo suyo más me gusta y encima sale en la película Macarena, bufff me chifla esa mujer.

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