Cuento de un inmortal

DE INMORTALES (CABALLI)*

 

Miro su pecho cubierto de vellos negros y me abrazo a él. Alaín aún no ha estado dentro de mí y, por un motivo que no conozco, no parece tener prisa en ello. Escuchamos las voces de las garzas a través de la ventana. Se me ocurre una pregunta:

– ¿Qué se siente penetrar a una mujer?

Él de inmediato sonríe, sólo con un ángulo de su boca, mientras me mira de esa manera suya que se me va profundo. No dice nada, no tiene que decirlo: yo sé porqué sonríe y él sabe que lo sé. De nuevo está pensando en la fantasía que le conté hace unos días, la de que me gustaría poder penetrar a un hombre. La tarde en que se lo dije él se mostró un poco menos frío y me preguntó cuándo había aparecido por primera vez esa imagen y con quién. Yo le conté que había sido con Gonzalo, hace un año. Alaín me recordó que para entonces yo ya desconfiaba de la fidelidad de mi compañero. Me tranquilizó sobre el motivo que después se volvería excusa para las bromas: el deseo que en ocasiones tengo de ser hombre, o mejor: de ser una mujer con pene. Ese día, Alaín me dijo que la idea no lo espantaba ni le parecía horrible, que si esa posesión fuera posible yo no tendría límites: todo lo sería y todo lo podría. Acarició mi rostro, y agregó que penetrar representa también robar la vida del otro, y que quizá por ello fue esa la época en que deseé penetrar a Gonzalo.

– A veces haces preguntas difíciles.

Me susurra Alaín después de unos minutos, cuando la sonrisa de seductor se ha desvanecido, y yo sé que ese es un piropo, uno de esos escasos halagos que deja caer cuando se descuida.

– Sería necesario aislar muchas sensaciones. Si pudiera existir – continúa con una sonrisa que trata de ser juguetona -, un pene por ahí, solo y hambriento, que se encontrara con una vagina y juntos empezaran a hacer el amor, te diría que se siente primero un ardor profundo, desde la base, un ardor que en la cabeza se hace candela. El pene se siente quemar y sólo hay una manera de apagar ese fuego, sólo hay un bálsamo y una copa de Hebe. El pene entra en la vagina con perfección, como si esta perpetuamente hubiera estado a su espera. Cuando el pene entra en la vagina, es como cuando tú y yo nos abrazamos, pero con un abrazo que es el mejor de todos, que es completud. La vagina envuelve al pene con humedad y una calidez que primero disuelve el ardor en oleadas de sensualidad, en una marea tibia. La tibieza de los tejidos lubricados convierte la candela en placer, el fuego hace placer del fuego.

Él ya no sonríe. Mientras lo escucho, deseo sentir lo que él siente, y mi vagina late y aumenta su humedad, pero él no cierra su cuerpo sobre mí, no me toca más de lo que lo hacen sus palabras, él permanece.

– Primero es la disolución y el abrazo. El pene no tiene la sensibilidad de dedos escultores, para sentir los anillos y rincones de la vagina. El pene es un animal solitario, un poco torpe, para el que toda emoción es un cataclismo: primero conflagración, luego dilución. Pronto renace el fuego, y la búsqueda que se resiste a cesar: el pene, como un armadillo acosado por la muerte, empieza a excavar, a gritar, a removerse: en ocasiones siguiendo el compás de las contracciones vaginales, a veces solo, desesperado y sediento. El falo quiere penetrar más allá de adentro, quiere extinguir ese fuego renaciente, y si pudiera mordería, chuparía y desgarraría para eludir la muerte.

Su mirada entra por mis ojos, y yo siento un leve temblor en las rodillas. Él habla suavemente, con su voz grave, y se ve tan tranquilo, tan fuerte, que yo siento vergüenza por mi temblor y mi desnudez, y siento deseos de que él me encubra con sus brazos.

– Así sería – dice volviendo a su sonrisa infantil -, si un pene solo, sin nada más, se encontrara con una vagina para hacerse el amor…

Yo no digo nada, entrecorto un suspiro. Sonrío, lo escucho.

– Pero tú sabes cómo es: siempre está la inquietud de las manos, las miradas que acarician, los gestos, los quejidos y los gritos.  Lo miro a los ojos y repito su voz:

– Los gritos -y dejo escapar una sonrisita, de esas pícaras que a él le han gustado.

– Sí, los gritos. Porque eso es algo que la vagina no puede transmitir y el pene no siempre puede saber: que una penetración es un acto de exquisita violencia. A veces, cuando la penetración es profunda, se sabe: el golpear del pene contra el útero lo escalda, y se puede sentir también, en la punta del glande un escozor, como de unos labios que se acercan a la llama.

Calla y se queda mirándome, con esos ojos negros que se han ido desnudando hora tras hora y en los que empiezo a atisbar sentimientos. Se queda quieto, sonríe, como con pesar y alegría trenzadas. Lo beso. Que deliciosos besos los suyos: de los labios más jugosos y traviesos, labios que aletean sobre mí para robarse y alentarme, y que luego se me entregan. Lengua que devoro. Dientes que mordisquean mi carne. Suspiro dentro de su boca, y siento que suspira conmigo. Me hace feliz nuestro encuentro. Me aparto un poco para mirarlo ¿Es feliz también? Creo que besos así no pueden mentir. Las garzas reinician su coro y yo siento su mirada viajar más allá de mis ojos, hacia el lago. Es un día hermoso, soleado. Yo quisiera quedarme con él así, eternamente un poco así, pero no puedo y no sé si él quiera. En realidad, lo conozco tan poco. Yo le he contado todo de mí y él, que puede hablar tanto, lo hace sin decirme gran cosa de su pasado o de lo que vive ahora.

– ¿Y qué se siente al ser penetrada? – pregunta.

Me hace reír.

– Esa es una pregunta difícil.

Él sonríe un poco.

– ¿Lo ves? – apunta -, y tú sí crees poder hacerme preguntas como esas.

Lo beso en respuesta a su reclamo.

– Tú me diste algo y quieres cobrar algo a cambio, ¿verdad? – él asiente -. Tal vez sea justo, te diré…

Pienso un poco ¿Qué se siente realmente? Todo y nada, una muerte.

– No sé…

Vuelvo a la figura del pene solitario, aleteante, moribundo quizá. Quiero reírme, me rio un poco. Alaín me mira sin decirme nada. No se ríe conmigo, pero tampoco pregunta porqué lo hago.

– No es fácil de explicar -comienzo-… Cuando un pene va entrando en una vagina, se siente crujir a medida que avanza.

Alaín sonríe de nuevo.

– Como trozos de cristal – dice.

– Sí, así. Y después se siente un frío aquí, entre los senos. Un frío… – se me escapa un gesto de placer que Alaín recibe con un besito minúsculo- un frío doloroso y delicioso. Y el deseo es de retener el pene, de comerlo.

– ¿Quién se come a quién?

– Yo no sé… tú me comes y yo te como.

Él afirma con su cabeza muy elegante y suavemente, como si no estuviera del todo seguro, o como si tuviera sobre sí algo que no quisiera despertar.

– Y es verdad, no se me había ocurrido tan claramente, que siempre duele un poco, pero si se está deseando de verdad es un dolor delicioso.

Nos quedamos en silencio. Mis palabras me han hecho recordar. Durante unos años yo pensaba que era frígida… que palabra horrible. Tuve que serle infiel a mi primer amor para darme cuenta que no era así, que era algo entre nosotros y no en mí. Que triste. Nunca me he podido perdonar el dolor que le hice pasar, aunque sé que era inevitable… no, inevitable no, pero sí necesario para mí: yo tenía que seguir viva ¿Y Alaín? ¿Con quién está mientras se deja ir? ¿Qué cosas habrá vivido? ¿A quiénes habrá amado y traicionado?

– ¿Tienes frío? – me pregunta de pronto.

– No – le contesto complacida, yo que de pronto lo pensé tan lejos -. Tú siempre estás tan caliente, siempre me das tanto calor.

– Ese calor siempre está para ti.

– ¿Siempre?

De nuevo, él sonríe un poco de lado, como un Valentino, pero la sonrisa se extingue en sus palabras.

– Por hoy, siempre.

Que dolor siento de repente con lo que dice, que vacío, pero no me deja penar mucho: me abraza y enciende con luces esa nada que dejan sus palabras. Yo sé que tiene razón ¿de qué otra manera podría ser? En unos días Gonzalo va a ocupar su lugar en esta cama: yo lo tengo a él, que aunque lejos siempre vuelve a mí. Gonzalo que calla y a quien he amado por tanto tiempo… cinco años de vida común, cinco años. Pero ahora se encuentra tan lejos, viene tan poco, y no me dice lo que quiere de nosotros ¿Qué puedo hacer yo? A Gonzalo sí le fui fiel todo el tiempo y bajo toda circunstancia, incluso cuando sospechaba que él ya no lo era. Sé ahora que no era fiel por él, por el amor que nos unía, sino por mí: por mi deuda con la fidelidad, por mi decisión de nunca volver a tener más de una vida, por mi necesidad de olvidar las mentiras y el tener que tragar los rastros de un cuerpo para poder recibir a otro.

– No estés triste, Isabel.

Alaín me habla y me hace saber que yo también puedo beber en él, que yo también necesito bálsamos. Lo deseo tanto, que sorpresa. Desde que estoy con Gonzalo nunca antes había deseado a alguien. “¿Por qué te deseo?”, le pregunto con mis ojos, pero él no puede responder, sólo yo podría.

– Te deseo porque cuando me tocas me haces sentir – le digo, y con eso lo sorprendo, y le hago florecer su más bella sonrisa, la más indefensa.

– ¿Y ese regalito por qué? – pregunta con gracia.

– No sé – le respondo -, será porque es verdad.

Él me besa de nuevo, sí ¡Que dulces besos, que manos provocadoras, que transporte con su aliento!

– Te deseo tanto – le susurro.

Él continúa devorándome con lentitud:  mis labios,  mi  cuello – ¡me excita tanto cuando lo muerde un poco! -, mis senos que adora, mis pezones… Se detiene de pronto y me mira.

– Que hermosa eres – susurra sonrojado por el placer.

“Sigue”, pienso, “sigue, que quiero tenerte”. Él permanece mirando mi rostro y deja ir sus manos en conquista, avanzando como dulces guerreros. Él me lee en los ojos, y me fija con su mirada, como si al verme suspirar me desnudara de nuevo, me poseyera. “Dedos escultores”, recuerdo. Que hermoso, sí: sus dedos me modelan de nuevo, por fuera y por dentro. Que placer, que pequeño tormento son sus dedos dentro de mí. Sonríe de nuevo y sale.

– ¿Qué haces? – le pregunto.

Él levanta la mano hasta su cara, y aspira lentamente la humedad en sus yemas. Luego, con un gesto delicado prueba un poco de mí.

– ¿Qué haces?…

– Ya lo ves – responde.

– ¿Te gusta? – pregunto con un poco de vergüenza.

– Es Ambrosía.

Me besa suavemente, y roza mis mejillas. Luego, mordisquea mi cuello, regresa a mis pechos, tienta con sus dientes mis pezones y hace avanzar sus caricias: explora mi vientre, juguetea con su lengua en mi ombligo. Avanza. “¡No!” Se me escapa un cerrar de piernas. Él se detiene y levanta su cabeza – su cabello es negro y rizado, rizos endemoniados que encienden el deseo con la excusa de la ternura.

– Sí – dispone sin más, y entrega toda su boca a mi sexo.

– Alaín – murmuro -, Alaín – no puedo articular más. Mi garganta es un diapasón que vibra al antojo de su nombre. Él conjura todos mis quejidos, todas mis voces de gata. Sus dientes, su lengua, sus labios… se pasea en mi intimidad como si hubiera sido suya desde siempre, como si no fuera esta la primera vez  ¿Cuánto tiempo? Todo el tiempo, una eternidad de placer. Yo lo llamo con mis manos.

– ¿Qué deseas? – me pregunta, levantando de nuevo la cabeza. Como la boca de un vampiro, la suya está empapada de mí y de él.

– Un abrazo – le suplico.

Él viene a mí y me abraza. Soy tan pequeña en su abrazo.

– ¿De verdad te ha gustado? – le pregunto.

– Sí, claro que sí. Eres tan suave, es tan leve y está tan vivo tu aroma… verdadera Ambrosía, esa es la palabra justa.

Me aprieto contra él.

– Esto es aún más íntimo – me dice. Yo asiento.

Permanecemos abrazados y sólo nos vamos separando muy lentamente, con el paso de los minutos. Mientras, yo pienso en que tenía razón cuando lo imaginé apasionado. También por eso lo deseo. Me pareció tan extraño la primera vez que lo vi, bonito y extraño, a pesar de lo fríos que a veces me resultaban sus ojos. Él era muy especial, en ese pueblito en donde nos conocimos, parecía como un ser de otro tiempo. “¿Qué hace este hombre aquí?”, me dije entonces. Sus palabras, las cosas de las que hablaba, hasta su acento me parecía inconcebible para ese sitio. Aún no entiendo, realmente, qué hacía allí.

– ¿Estás bien? – le pregunto.

– Sí, ¿porqué?

– No, por nada, sólo preguntaba.

De nuevo las garzas inician su coro, y escucho el ondear del agua y el chapaleo inquieto de algún pato silvestre. Es más de mediodía y pienso que quizá Alaín tenga hambre, pero no es por eso que he preguntado.

– Es que a veces me parece que estas triste.

– ¿Ahora te lo parezco?

– No lo sé, Alaín, ¿lo estás?

Una sonrisa nueva en él, una combinación del seductor y del hombre enamorado.

– Me gustas, ¿lo sabías?

– Sí, lo empezaba a sospechar – respondo.

Él se ríe, tal vez la primera vez que lo escucho reír: una risa de voz profunda pero que nace en la superficie, una risa corta y bien modulada, como la de un actor.

– No tienes que reírte si no quieres – le digo, con una tristeza repentina.

– Me haces reír, fue una bonita broma.

– No parece que de verdad te haya hecho gracia.

– Sí, me hizo gracia… pero es así como me rio, Isabel. Yo no me rio mucho, ya deberías saberlo.

– De ti no sé casi nada, realmente.

Él se queda en silencio un momento.

– Sí, yo sé, pequeñita – dijo, y de nuevo se marcha hacia el lago. ¿Qué le sucede? No lo entiendo, quizá dejo de interesarle, quizá algo se marchita. Acaricio su rostro, y su barbilla que tanto me gusta.

– ¿Qué te pasa? – le pregunto -, ¿en qué piensas?

– Pensaba – dice todavía sin mirarme -, que existe una manera de ser inmortal, y es viviendo de la muerte, viviendo de muchas posesiones y muertes sucesivas; pero eso es algo que termina por hacerse insoportable… Si se vive una vez, sólo una vez se muere. Es la muerte la que hace los compases de la vida, la que hace el límite: una muerte por cada vida. Si se muere muchas veces, ¿sabes qué significa eso? – pregunta fijando sus ojos en mí -.  Significa la inmortalidad. ¿Lo entiendes?

Lo pienso un poco mientras lo miro. Tiene razón pero, ¿vale la pena una existencia así?

– Te entiendo pero yo no querría vivir así. Yo no creo que sea una buena vida.

Él trata de sonreír, pero esta vez no le resulta, la sonrisa se le seca en los labios.

– Era eso lo que quería decir.  Es insoportable mirar hacia atrás y contemplar un pasado hecho de tumbas… es insoportable, pero cuando se ha pactado con una divinidad o con una forma de vida, ya no queda mucho por hacer, excepto atenerse a las reglas, y no importa si con el paso de los años descubres tu error y deseas cambiar: tus actos te han definido, no te es posible renunciar.

*Por Julián David Correa. 

Premiado en el 7o.

 Concurso Latinoamericano de Cuento y Poesía

Carlos Castro Saavedra, 1996

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