Un cuento del silencio

EL SILENCIO

Dedicado a:

 Mónica Schnitter

Mamita huele a la pasta azul. Verde brillante, pasa veloz la serpiente. Los carros huelen al sueño, y la mano de Mamita huele a la pasta azul. Amarillo: nieve amarilla. Caen las flores que caen. Brincar. Los carros las pisan y las dañan: las hacen llorar a las flores. Las flores que lloran son grises, grises y amarillas. Mamita ha dicho que me van a curar. A curar al pobrecito. Yo soy el pobrecito. Mamá no es completa, yo soy mamá. Mamita cuida de nosotros y yo juego con mamá a las muñecas en la terraza. Desde la terraza, se ven las estrellas del cielo, y las estrellas de las montañas. Mamá escondió las muñecas en un balde rojo, porque Mamita se molesta cuando nos ve jugando. Mamita está cansada y está brava. Siempre está brava o está cansada. No le gusta verme jugar con mamá, pero tampoco con otros niños. Me sacó de Rionegro para que no jugara más, y no hay que decir nada que moleste a la Mamita.

Nieve amarilla. Caen las flores y caen, y hacen una nieve amarilla sobre la calle. Mamita hace llorar las flores. Yo brinco, pero ella me jala. Dice: ¡No juegues, camina más rápido! Yo brinco más rápido, pero son demasiadas las flores, demasiadas. Trato de no pisarlas, pero no puedo, siempre hago llorar a alguna flor, y me duelen los pies: se mueren bajo mis pies.

La casa de los médicos es blanca, y muchísimo más grande que la casa de Mamita. Mamita ha dicho: A curar al pobrecito. El policía no tiene pistola: es un buen policía, pero lo van a matar. El policía no la deja entrar, pero Mamita me muestra y abre la cartera. La cartera de Mamita es negra, y huele a monedas, a billetes, a papeles blancos. Mamita saca la bolsa que suena: la bolsa negra. Dentro de la bolsa negra está la bolsa silenciosa: la bolsa color de vidrio. El policía mira a Mamita y está bravo. Él también está bravo y está cansado, y no hay que decir nada que moleste al policía. La Mamita saca los papeles de la bolsa color de vidrio. Hay papeles de muchos blancos diferentes: están los cafecitos, los amarillos, los blancos diente de Mamita y los blancos diente, están los blancos blanco… El policía nos deja entrar.

La casa de los médicos huele a podrido, pero alguien ha estado tapando ese olor con otros más fuertes. La casa de los médicos es blanca, pero huele a podrido: huele a caca y a pus. Mamita abre la cartera, y saca la bolsa que suena, y la bolsa silenciosa, y los papeles. La señorita no la deja hablar, y nos señala una fila de sillas azules. Hay que esperar. No hay que decir nada que moleste a la señorita. Esa no es una señorita, yo lo sé. Mamita ha dicho señorita, pero yo sé que no es señorita: es una enfermera.  ¿Dónde están las flores amarillas?

Hay otros niños. Pobrecito, ha dicho Mamita. Mamita no quiere que me acerque a los otros niños: También son cochinos, me ha dicho Mamita, muy pasito. No hay que decir nada que moleste a los niños. La mamá de un niño dice que ya pronto entramos. El hijo de la señora se queda mirándome y no se acerca: seguro su mamá prohibió jugar con otros niños, seguro ese niño también es cochino. El niño es blanco diente de Mamita. Es casi tan blanco como la pared. La señora dice que a su hijo lo pateó un caballo y que son muy pobres, Mamita ha dicho: pobrecito.

Hay otros niños: unos están jugando con carros y otro con revistas. Yo espero junto a Mamita. Huele rico Mamita: a la pasta azul del jabón Rey, a la tela que pica y a la tela suave. Cuando la señora sale con el niño blanco, Mamita me levanta de la silla. El niño blanco me mira y me sonríe.

El Doctor tiene bigote: un bigote negro y gris. El Doctor huele a cigarrillo y a perfume de hombre. En la pieza del doctor, Mamita me sienta y se sienta. Mamita abre la cartera y saca la bolsa ruidosa y la bolsa silenciosa, y extiende los papeles sobre la mesa. El Doctor también tiene muchos papeles: papeles de rayas negras, y hay otros blanco cafecito y blanco diente. El Doctor tiene una caja de colores. Mamita le dice al Doctor que somos pobres. Él ha dicho que lo sabe y que hay muchos otros así, que todos los que vienen lo son. Eso es verdad: la mamá del niño blanco también es pobre. Mamita está brava, pero el Doctor aún no lo sabe, el Doctor ha dicho cosas que ponen brava a Mamita. Mamita está cansada y está brava, y no hay que decir nada que moleste a la Mamita.

Mamita no quiere estar brava. El Doctor tiene lápices de colores sobre la mesa: amarillos, grises, verdes, rojos… El Doctor ha dicho que puedo cojerlos y dibujar, y que puedo escuchar todo lo que Mamita y él van a decir. Mamita ha dicho: Escucha al Doctor, ¿lo oyes? El Doctor es bueno. Mamita también quiere que dibuje.

Mamita habla pasito: Hacían cochinadas, Doctor. El Doctor me mira, pero yo dibujo: no hay que decir nada que moleste al Doctor.

El gatico está en el pasto. El gatico negro. La casa se va a caer y el gatico ha salido para que no lo aplaste, pero el gatico está enfermo, no es completo, y no puede correr. Va a llover. Los truenos empiezan a sonar, y el gatico se esconde bien hondo en el pasto.

Lo mataron, dice Mamita, entraron por él hasta la sala de la casa y lo mataron. Él, pobrecito, no lo sabe: no le hemos querido decir. ¿Para qué le vamos a hacer más daño? El Doctor escribe en el papel de rayas y mira mi dibujo.

El gatico está escondido, pero hay cazadores que lo pueden encontrar, cazadores que lo están buscando: están muy lejos, pero lo vienen buscando.

El Doctor me pregunta: ¿Qué es esto? ¿Un animalito? Mamita dice: Él no le entiende, Doctor, él no es completo. El Doctor me pregunta: ¿Es un animalito? Yo lo miro y luego miro a Mamita, por si está brava, pero no lo está, no está brava. Mamita me dice: Contéstale al Doctor. Yo contesto, moviendo la cabeza: sí.

– ¿Esta es la casa del animalito? – pregunta el Doctor. Le digo sí con la cabeza: es la casa del gatico y de su mamá y de su mamita.

Mamita le ha contado lo de la casa de los niños en Rionegro y lo de nuestra casa en Santo Domingo. Mamita le ha dicho que mamá es como yo, que no es completa, y el Doctor le ha hecho preguntas. También me ha preguntado a mí por mi dibujo, y yo le he contestado. Ahora el Doctor ha dicho algo que ha molestado a Mamita, y yo dejo de dibujar. ¡Pero somos pobres, Doctor! Ha dicho Mamita. También los otros, ha dicho él… y son demasiados, así que sólo es posible hacerle una evaluación.

En la calle pisaron todas las flores. Están grises, y Mamita me jala sobre ellas: estripo algunas, y las flores lloran. Mamita dice bajito, sin hablarme, que Dios no lo sabe porque está muy ocupado, que no lo sabe todavía pero que lo sabrá, y creo que Mamita quiere llorar.

El Doctor hoy huele maluco. Un poco a aguardiente, y mucho más a cigarrillo, pero Mamita ya se ha contentado con él. De nuevo Mamita, saca la bolsa ruidosa y las hojas de todos los blancos. El Doctor me ha mostrado unos juguetes, pero yo al comienzo no he sabido muy bien si debo o no cogerlos, así que me he puesto a dibujar.

Esta casa está mejor: le han echado una plancha, y el techo no se va a caer, porque no hay techo. El gatico está entre la nieve amarilla, y no pisa las flores, y las flores están contentas y tienen ganas de cantar, pero las flores no pueden cantar, y el gatico tampoco. Las flores quisieran aprender a cantar, pero el gatico no puede enseñarles. Quizá, el gatico maúlle…

¿Qué has dicho? – pregunta el Doctor.

Nada – dice Mamita -. Son ruidos que hace a veces, pero él nunca aprendió a hablar. La mamá se demoró mucho pero el pobrecito fue que ni siquiera pudo aprender.

– Alaín – ha dicho el médico -. Llámelo por su nombre: Alaín.

A mí me da risa, pero no me río: no hay que decir nada que moleste al Doctor. A mí me da risa: yo soy Alaín y soy Pobrecito.

¿Qué has dicho? – pregunta el Doctor.

Yo lo miro. ¿Qué he dicho? Nada, no hay que decir nada…

Tú puedes decir aquí cualquier cosa que quieras, puedes jugar, dibujar y puedes escuchar.

Miro a Mamita. Ella dice que sí con la cabeza, y dice que debo escuchar al Doctor, y hacerle caso. No digo nada. No muevo la cabeza. Dibujo: creí que era un cazador el que venía, pero no lo es, es un señor que va a arreglar la casa. Dejo el dibujo, me paro a ver por la ventana. ¿Están llorando las flores? Están ahí, sobre la calle, y no tienen a nadie. Una flor está enterita, sola, sobre la calle, entre las otras flores que ya están muertas y no pueden ni llorar. Se la quiero mostrar al Doctor.

¿Qué es? ¿Qué señalas?

Yo le muestro la flor en la calle. Él viene hasta la ventana y mira, pero no la ve.

– ¿Qué es?…

Le cojo la mano: la acaban de pisar: un carro brillante. Pasa veloz la… La flor llora. Miro al Doctor.

– ¿Duele? – pregunta. Yo le digo que sí, que duele. Y pienso en el llanto de la flor, y en el llanto de todas las otras flores.

– ¿Qué te duele, Alaín?

No me duele a mí, no a mí: es a ellas a quienes les duele. Le digo a Mamita, le digo, pero ella no me entiende bien.

– No se le entiende, Doctor. ¿Ve? Son sólo ruiditos, como de bebé… ¡Y yo tanto que le he gastado! Le gasté tanto a él y tanto a su madre… Yo sé que lo del niño es por la droga que fumaba el papá, mire – dice pasito -… Yo no se lo he dicho, porque él no puede ni entenderlo, pero yo creo que al papá lo mataron por lo de la droga.

El Doctor se sienta a escuchar a Mamita, pero creo que está bravo.

Yo me regreso a la ventana. Los carros pasan: las han matado a todas. Sólo quedan las flores que se esconden entre el pasto.

… Entraron por él hasta la sala, Doctor, y le dispararon con esas metralletas pequeñas, que parecen pistolas pero que disparan muchísimas balas. Lo reventaron contra el sofá, el que tuvimos que regalar después, porque la mamá nada más de verlo se ponía a llorar… ¿y para qué?

– ¿Dónde estaba el niño?

– Bajo la cama de la mamá. Ella lo cogió y se metió con él bajo la cama. Le tapó la boca para que no gritara y se quedó con él bajo la cama. Yo sí me quedé afuera, en la sala. A mí no me iban a matar, yo lo sabía… pero es que al comienzo yo tampoco creí que lo fueran a matar a él, y no entendí por qué llegó buscando escondite y diciéndonos que nos voláramos. Alguna maldad muy grande debe haber hecho ese hombre.

Si las flores pudieran volar para arriba, como los pajaritos, no las machacarían contra el piso, y no llorarían, pero como no pueden volar se tienen que esconder en el pasto… y se quedan calladas, y quietas. Y quieren llorar, pero no pueden, porque ya todas las otras lloran tanto, que para qué van a llorar… si lloran, tal vez las encuentren y las maten.

No quiso salir de debajo de la cama. La tuvimos que sacar de ahí a escobazos, con el niño, pobrecito, que ya estaba medio morado por el frío y por los apretujones de la mamá… pobrecito.

Mamita me llama. Mamita huele a pasta azul y a tela suave. Mamita dice pobrecito, y el Doctor dice que ya terminamos por hoy… ¿Terminamos? ¿Qué terminamos?  

El Doctor ha dicho: Hoy es el tercer día, y Mamita se ha puesto brava. Ella le ha dicho que somos muy pobres, y ha sacado la bolsa ruidosa, y la bolsa color de vidrio, y todos los papeles de todos los blancos. Le ha mostrado uno y ha dicho: Mire: cinco mil pesos me costó la cajita, y yo sólo le pude dar una pastilla, porque enseguida se puso a vomitar. El Doctor ha dicho que todos son pobres y que están solos, que son muy pocos. Yo cojo mis dibujos: el gatico no está solo: ahora está con las flores amarillas y el señor que llegó a arreglar la casa. Mamita está cansada, y brava, y yo creo que va a llorar. No hay que decir nada que moleste a la Mamita, pero el Doctor ha dicho que es el tercer día.  

El Doctor tiene casitas entre los juguetes, y tiene pedazos de casas. Mamita le cuenta lo de Rionegro: Me lo manoseaban, ha dicho, esos cochinos. Yo me voy hacia las casas, el Doctor me mira y Mamita sigue hablando. Está brava, Mamita. Nadie nos ha ayudado nunca, le dice Mamita, y le dice: Nadie nos ha ayudado nunca.

El gatico se queda afuera de la casa. Hay que buscar el techo para la casa, porque llegan los truenos y son muchos, y si la casa es fuerte, y si está cerrada, los truenos no van a poder entrar. ¿Dónde está el techo?

Yo lo voy a recomendar para un tratamiento – ha dicho el Doctor, y Mamita no ha contado más cosas de Rionegro, sólo ha preguntado: ¿Cuándo?

No hay un techo. Los techos chiquitos se caen y espachurran al gatico y a las flores, pero no hay flores, todas se han quedado en la calle, esperando. El gatico se ha quedado afuera, entre el pasto. Las flores que no se murieron también se han metido en el pasto.

El Doctor le ha dado un papel blanco a Mamita, otro papel blanco para la bolsa ruidosa y la bolsa que no hace bulla. Mamita le ha dado las gracias, pero creo que no está contenta. El Doctor me mira, y Mamita mira el papel. Nosotros la llamamos, ha dicho el Doctor. Mamita no ha dicho nada. El Doctor me mira, y Mamita me mira también, y luego mira al papel blanco, que dobla en un cuadrito chiquitico, y mete con todos los otros cuadritos de papel, en la bolsa de color de vidrio, y luego en la bolsa negra. No tiene que comprar más pastillas, ha dicho el Doctor.

Creo que el gatico está más contento, pero no puedo encontrar un techo para la casa. No puedo encontrar un techo para la casa, le digo al gatico. El Doctor me mira. ¿Dijiste algo? Pregunta. Yo le digo que sí, y lo llamo. La casa es del Doctor. El Doctor viene hacia mí y se sienta conmigo, en el suelo. Le señalo la casa. Miro a Mamita, que me mira y me sonríe. Que bueno es cuando Mamita sonríe.

– le digo al Doctor, que también me quiere sonreír. Y le señalo la casa, y el gatico. El gatico lo mira. Necesitamos ayuda. Le entrego al Doctor los pedazos del techo y le señalo el gatico. El gatico necesita un techo y una casa. El Doctor me mira y me mira otra vez. Huele a cigarrillo.

– Yo no estoy aquí para jugar contigo – ha dicho pasito el Doctor -. Estoy aquí para hacerte una evaluación, para observarte.

Mamita, pasa veloz la serpiente ¿Y si caen las flores? ¿Y mi gatico?… No llorar, no hay que decir nada que moleste al Doctor.

Julián David Correa.

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One Response to “Un cuento del silencio”

  1. mariana florian dice:

    Es una realidad irremediable, en pocos ambientes los que más hablan son los que más saben o los que más piensan. Una realidad que se refleja ingenuamente, sin embargo Alaín se burla, se burla del doctor de su olor de su mamita, paralelamente admira el gato, admira las flores y los intenta proteger.

    increíble!

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